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Al parecer, se ha extendido el rumor, basado en la primera frase de un informe interno, de que la sección ATLAS de colaboración del Gran Colisionador de Hadrones del CERN ha observado el famoso bosón de Higgs. Hay que recalcar que es una información dudosa y que, en el caso de que fuese cierta, habría que esperar a que ese informe sea sometido a una rigurosa y seguramente larga revisión por pares que confirme o niegue esa tesis. A posibles descubrimientos extraordinarios les corresponden comprobaciones extraordinarias. Lo importante de esta noticia es que nos permite reflexionar acerca de la íntima vinculación que existe entre la predicción científica y el avance tecnológico.

En primer lugar, podríamos decir que una característica típica de las teorías de las ciencias empíricas es que permiten a los seres humanos predecir hechos futuros. Como dice Jose María Chamorro en su Positivismos y antipositivismos (p. 38), aunque la predicción no sea aplicable a algunas subdisciplinas como la cosmología o la paleontología (que serían, usando su expresión, ciencias históricas), sí lo es en cuanto al núcleo de teorías o hipótesis de sus correspondientes ciencias. Desde luego, tanto la magia como las supersticiones, organizadas o no, pretenden poseer capacidad predictiva, pero en ese caso no viene aunada con el concepto de objetividad. Sin objetividad, esto es, el «grado comprobable en que una afirmación se acomode a los hechos» (p. 33), el posible acierto del método de alguna superstición en una predicción dada es sólo ruido aleatorio, no conocimiento científico.

La eficacia en la predicción es tan potente como criterio epistemológico, de hecho, que incluso puede coronar a una hipótesis y darle el rango de teoría científica. Así, la teoría de la relatividad general de Albert Einstein fue una hipótesis matemática más hasta que el astrónomo Sir Arthur Eddington contempló el eclipse total de sol del 29 de mayo de 1919. Tal y como predecía el modelo físico de Einstein, la luz se curvaba debido al efecto del campo gravitatorio solar en el espacio-tiempo, y a partir de entonces la mera hipótesis matemática se convirtió con derecho propio en teoría física empírica, después de la confirmación objetiva de tal predicción, a la par con la mecánica newtoniana.

En segundo lugar y en relación con la búsqueda del bosón de Higgs, parece que la tecnología tiene un papel cada vez más explícito en la ratificación de las teorías científicas. La certeza íntegra del modelo estándar depende de la existencia empírica de la partícula y el mecanismo de Higgs sobre los que ha teorizado, pues sin ellos aquél dejaría excesivos cabos sueltos. Chamorro comenta este asunto (p. 36):

«[…] el modelo estándar de la física de partículas aún no es seguro porque no se han podido comprobar algunas de sus predicciones, como la existencia de los quark top [ya comprobada] o del mecanismo de Higgs. Pero precisamente no se ha podido comprobar el mecanismo de Higgs porque nuestros aceleradores de partículas no son los suficientemente potentes como para generar las energías que podrían transformarse en las partículas aún no detectadas. Hay toda una serie de nuevas teorías (de gran unificación, supersimetría, supercuerdas, etc) más avanzadas que el modelo estándar, incompatibles entre sí aunque compatibles con los datos disponibles, pero entras las que no podemos deicidir racionalmente. Y no podemos decidir racionalmente precisamente porque sus predicciones sólo discrepan en dominios de energía superiores a los alcanzables en nuestros actuales [el libro se publicó en 2009] aceleradores de partículas. De momento se puede decir, y así se dice, que son mera metafísica matemática, no física empírica. Pero esto es lo mismo que decir que lo que puede convertir en física empírica una mera metafísica matemática es el éxito predictivo inserto en procesos tecnológicos».

Por tanto, los dispositivos tecnológicos no pueden verse únicamente como una derivación o excrecencia de la ciencia básica, un subproducto o simple ciencia aplicada a la práctica, sino que más coherentemente son «el criterio implícito en la propia lógica de la investigación». Sólo mediante los recursos tecnológicos que ofrece el LHC a la física de altas energías podremos saber si el modelo estándar está o no en lo cierto en sus predicciones. Si lo está, como la teoría de la relatividad general en su momento, acabará formando parte del conocimiento científico consolidado de la física empírica. En todo caso, si no existiera el bosón ni el mecanismo de Higgs nos veríamos obligados a modificar o derrumbar nuestro actual modelo estándar, ya que requiere de un mecanismo que dote a las partículas de masa. En otro orden de cosas, ¿cabe la posibilidad de que necesitemos construir aceleradores cada vez mayores para comprobar la existencia de nuevas partículas, que a su vez hayan sido teorizadas por las hipótesis que han surgido a partir de éxitos (o fracasos) predictivos en el LHC? Es un bucle muy interesante al que nos puede conducir el desarrollo mismo de la física teórica contemporánea.

En suma, la tecnología nos da la oportunidad de realizar predicciones activas, donde los propios científicos determinan el medio experimental técnico que demostrará los hechos que predicen su conjetura. Esto no es una muestra de circularidad porque la objetividad de la experimentación conlleva su universalidad y capacidad de replicación.