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La tesis XI sobre Feuerbach es una de las más populares y conocidas de Marx:

 «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

Pero también es muy dudosa e incierta. Los filósofos anteriores a Marx no se dedicaron exclusivamente a la vida contemplativa ni a generar teorías uránicas, pues muchas de sus afirmaciones estaban imbricadas fuertemente en el tapiz político de su patria y de su época. Si nuestras fuentes son fiables, ya Tales de Mileto propuso a los jónicos una unión federal inteligente para hacer frente al imperio persa y Parménides fue todo un legislador. Las relaciones entre Platón y la política de Siracusa son bien conocidas, si hemos de creer lo que nos cuenta el filósofo en su famosa Carta séptima. Aristóteles, por su parte, fue el tutor de Alejandro Magno y el fundador más serio de la política comparada; un hombre de pensamiento práctico que tuvo influencia enorme entre los tratadistas políticos posteriores. Durante el imperio romano, algunas sectas filosóficas (los cínicos y los estoicos) ejercieron una actividad política potente, sobre todo durante y después de Nerón. Esto nos cuenta el historiador Dión Casio sobre el filósofo Helvidio Prisco:

 «[…] era turbulento, buscaba el favor del pueblo, inculpaba constantemente a la realeza y alababa la democracia; y estando en consonancia sus acciones con sus ideas, había formado un grupo de oposición, como si la tarea de la filosofía fuera insultar a los que ocupan el poder, alborotar a la masa, derribar el régimen establecido e introducir un cambio de situación».

Historia romana, LXV 11, 2.

Para apoyar esta tesis no creo que sea necesario hablar también del compromiso político de Guillermo de Ockham, del olvidado Marsilio de Padua, de Maquiavelo, de Hobbes, de Spinoza, de Rousseau, de Hegel, de Schelling y demás, por mencionar a los más importantes. Los filósofos han estado implicados en la política desde siempre. Y como explica Mark Lilla, a veces con consecuencias imprudentes —especialmente en nuestro tiempo—.

 «El descrédito del epicureísmo , efectivamente, fue en vertiginoso aumento, así como el desprecio que inspiraban sus adeptos entre paganos y cristianos. La campaña entablada en el siglo II en su contra fue feroz: astrónomos como Cleomodes, que se quejan amargamente de la tolerancia de las autoridades con la secta, médicos como Galeno y filósofos de las más diversas tendencias le asestaron los golpes más rudos. Sin contar, claro está, la polémica de los cristianos. El tachar de epicúreo solapado a Celso, el autor del Discurso verdadero, es el mayor oprobio que se le puede ocurrir a Orígenes, para desacreditarle incluso ante los mismos paganos, cuando la verdad era que Celso había sido un platónico. Dionisio de Alejandría, Eusebio y Lacancio harán amplias refutaciones de las doctrinas de Epicuro en la segunda mitad del siglo III y a principios del IV. Pero sus golpes caían ya sobre un cuerpo moribundo: Juliano el Apóstata podía, a mediados del siglo IV, expresar su satisfacción por la decadencia de la secta y la desaparición de sus escritos, y a finales del mismo siglo, extender san Agustín definitivamente su partida de defunción»

Luis Gil. Censura en el mundo antiguo.

censura mundo antiguo