Posts etiquetados ‘política’

23) Si el ser humano es el animal que siempre cree que es lo que no es, es posible hibridar a Darwin con Platón.

24) “Somos carne, somos aspiración” decía Agustín de Hipona. Podría ser un buen epitafio para la tumba de Nietzsche.

25) El pensamiento medieval se nutre de la tensión entre la insignificancia y la grandiosidad del hombre. Como el actual, entre humanismo y naturalismo.

26) La naturaleza, ese dios en el que reflejamos nuestra coherencia y nuestros prejuicios. Nuestro fenotipo extendido.

27) La naturaleza humana es la cola del supermercado.

28) La naturaleza humana es esperar turno en el banco mientras un señor pide una hipoteca.

29) Toda nación tiene su mitología política. Pero también hay mitos baratos.

30) La palestra política es el escenario de conflicto de los valores sagrados (Scott Atran). El camino que va de la defensa del chamán de la tribu a la defensa de la libertad es cuantitativo, no cualitativo.

31) El pueblo, esa abstracción que se define exactamente por “tipo de gente que me cae bien y que piensa lo mismo que yo”.

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La tesis XI sobre Feuerbach es una de las más populares y conocidas de Marx:

 «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

Pero también es muy dudosa e incierta. Los filósofos anteriores a Marx no se dedicaron exclusivamente a la vida contemplativa ni a generar teorías uránicas, pues muchas de sus afirmaciones estaban imbricadas fuertemente en el tapiz político de su patria y de su época. Si nuestras fuentes son fiables, ya Tales de Mileto propuso a los jónicos una unión federal inteligente para hacer frente al imperio persa y Parménides fue todo un legislador. Las relaciones entre Platón y la política de Siracusa son bien conocidas, si hemos de creer lo que nos cuenta el filósofo en su famosa Carta séptima. Aristóteles, por su parte, fue el tutor de Alejandro Magno y el fundador más serio de la política comparada; un hombre de pensamiento práctico que tuvo influencia enorme entre los tratadistas políticos posteriores. Durante el imperio romano, algunas sectas filosóficas (los cínicos y los estoicos) ejercieron una actividad política potente, sobre todo durante y después de Nerón. Esto nos cuenta el historiador Dión Casio sobre el filósofo Helvidio Prisco:

 «[…] era turbulento, buscaba el favor del pueblo, inculpaba constantemente a la realeza y alababa la democracia; y estando en consonancia sus acciones con sus ideas, había formado un grupo de oposición, como si la tarea de la filosofía fuera insultar a los que ocupan el poder, alborotar a la masa, derribar el régimen establecido e introducir un cambio de situación».

Historia romana, LXV 11, 2.

Para apoyar esta tesis no creo que sea necesario hablar también del compromiso político de Guillermo de Ockham, del olvidado Marsilio de Padua, de Maquiavelo, de Hobbes, de Spinoza, de Rousseau, de Hegel, de Schelling y demás, por mencionar a los más importantes. Los filósofos han estado implicados en la política desde siempre. Y como explica Mark Lilla, a veces con consecuencias imprudentes —especialmente en nuestro tiempo—.

 «Entierros sin cuento rivalizaban por hacerse a la carrera sin comitiva y, enfrentados unos a otros por dar sepultura a la gente de su parentela, regresaban hartos de llorar y lamentarse; de ahí buena parte de ellos con la tristeza entraba en cama. Y no era posible hallar ni uno solo que no se hubiera visto afectado por enfermedad o muerte o duelo en ese tiempo.

Además, ya todo pastor y ganadero, e igualmente el robusto conductor del corvo arado, desfallecían y en lo hondo de su cabaña quedaban postrados sus cuerpos maltrechos por la pobreza y entregados por la enfermedad a la muerte; sobre sus hijos exánimes podías ver exánimes los cuerpos de los progenitores y, al revés, sobre sus padres y madres, rendir sus vidas los hijos. Y en no pequeña parte desde los campos confluyó en la ciudad la dolencia, que allí una masa afectada de campesinos, venidos con la enfermedad de todas partes, fue juntando. Llenaban todos los ensanches y edificios; cuanto más se apretaban entre sus vahos, iba así la mortandad creciendo a montones. Muchos cuerpos había por la calle acostados o cubrían el suelo arrodillados junto a los caños de las fuentes, perdido el resuello ante el dulzor excesivo de las aguas; y acá y allá, por los parajes públicos disponibles y por las calles, verías que muchos cuerpos languidecientes con las carnes ya miedo muertas, costrosos de mugre y cubiertos de andrajos, perecían entre excrementos, con solo la piel sobre los huesos ya casi sepultada bajo llagas asquerosas y podredumbre.

Todos los santuarios venerables de los dioses, en fin, los había llenado de cuerpos sin vida la muerte, acá y allá los templos de los celestiales quedaban todos cargados de cadáveres, pues estos sitios los sacristanes los habían ido llenando de huéspedes. Y ya ni la religión ni el poder de las divinidades pesaban mucho: tan recio abotargamiento regía ya todos <los corazones; a las divinidades>, pues, les ganaba la angustia presente.

Ni en la ciudad se mantenían aquellos usos funerarios que la gente devota solía siembre seguir en los entierros, pues andaba toda ella alterada y temerosa, y cada uno según sus recursos y <el momento> enterraba dolorido a su pariente. Lo repentino <del golpe> y la indigencia invitó a cometer muchas ignominias; porque es que a los allegados, con gran vocerío, los ponían sobre las piras ajenas ya levantadas y metían por debajo las teas, enzarzándose en peleas a menudo de mucha sangre antes que dejar los cuerpos abandonados».

Lucrecio. Final de De rerum natura.

«El temor supersticioso al rayo, ante el que no hay protección, está ampliamente difundido. Los mongoles, dice el monje franciscano Rubruk, que llegó hasta ellos como enviado de San Luis, temen sobre todo al trueno y al rayo. Durante el temporal expulsan de sus yurtas a todos los extranjeros, se envuelven ellos mismos en fieltros negros y se esconden allí hasta que todo haya pasado. Se abstienen (informa el historiador persa Rashid, que estaba a sus servicios) de comer la carne de un animal alcanzado por el rayo, y ni siquiera osan acercársele. Entre los mongoles todo tipo de prohibiciones sirven para obtener el favor del rayo. Ha de evitarse todo lo que pueda atraerlo. El rayo es a menudo el arma principal del dios más poderoso».

Elías Canetti. Masa y poder.

«Pero al pretender mostrar que la naturaleza no hace nada en vano (esto es: no hace nada que no sea útil a los hombres) no han mostrado —parece— otra cosa sino que la naturaleza y los dioses deliran lo mismo que los hombres. […] la naturaleza no tiene fin alguno prefijado, y que todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas […]».

Baruch Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico.

«[…] los hombres se guían más por el ciego deseo que por la razón […] la naturaleza no está encerrada dentro de las leyes de la razón humana, que tan sólo buscan la verdadera utilidad y la conservación de los hombres, sino que se rige por infinitas otras, que se orientan al orden eterno de toda la naturaleza, de la que el hombre es una partícula […]».

Baruch Spinoza. Tratado político.

«Under the pen of Thucydides, the heroic legend thus becomes history, and the very name of the Aegean Sea carries within it the aetiological relationship between the colonial and economic power of Minos over the islands of which the center is Delos and the enthroning of Theseus in Athens as a democratic king following his father’s suicide. Foreshadowed in an early era by Minos’ civilizing activities in the former Cretan Sea, the taking of political and economic control by Athens in the Aegean Sea would be consecrated by the creation of the Delian League just after the Persian Wars, with Delian Apollo’s sanctuary serving as its cultic and administrative center […]».

Claude Calame. “Greek Myth and Greek Religion” en The Cambridge companion to Greek Mythology.

«La filosofía griega en su conjunto tiene un marco mítico. […] El mito no es algo de lo que el hombre se pueda liberar radicalmente, como si tal cosa. […] En nuestros días, se suele calificar como mitos a ciertas representaciones y motivos del pensamiento común, operativos pero acríticamente aceptados, constituidos con fines ideológicos o que irreflexivamente descansan sobre fundamentos ideológicos. En el sentido profundo y radical del término, el mito es otra cosa.

Tal y como yo lo entiendo, el mito es algo sin lo cual el hombre difícilmente podría vivir. No por motivos externos, como en el caso de la ideología, en el que el hombre plantea en cierto modo exigencias ante la realidad. El hombre no puede vivir sin el mito porque el mito es verdadero».

Jan Patočka. Platón y Europa.

«Por un lado, Platón presenta el mito en una clara oposición al logos. Por otro, no se debe ignorar que, aparte de la claridad de la oposición semántica, Platón difumina conscientemente en algunos casos la frontera entre el mito y el logos».

Thomas Szlezák. Leer a Platón.

Desde un punto de vista puramente biológico la respuesta parece obvia: claro que existe. Pero la humanidad biológica de la especie Homo sapiens sapiens no es la Humanidad de la que quiero hablar hoy. Me refiero a la Humanidad de la promoción de la ciudadanía global, del cosmopolitismo y también considerada como una especie de sujeto histórico. La Humanidad hace tal cosa, la Humanidad se encamina hacia tal objetivo, la Humanidad quiere y piensa.

Yo estoy de acuerdo con los autores que afirman que esa Humanidad política no existe y que incluso no sería conveniente que existiera si ello supone el fin absoluto del ἀγών propio de la política. El Estado universal de Kojève del fin de la historia, que conduce a la homogenización de todas las creencias, no creo que sea deseable ni posible sin un grado inmenso de violencia previa pacificadora. Como ya defendí hace unos meses, mi impresión es que lo que tenemos son grupos humanos diversos dentro de naciones políticas particulares, cada una defendiendo (oh, sorpresa) sus propios intereses. Mientras que hay una cierta clase de parecido biológico entre todos los habitantes humanos de la Tierra (genético y fenotípico), a nivel social y político hay múltiples intereses contrapuestos y rivalidades, coexistencias, apoyos y conflictos sin fin. El campo de la política rezuma diferencias e incluso en algunos temas es, por así decirlo, geométricamente imposible el acuerdo: se impone el “o nosotros, o ellos”. El escenario de la dinámica entre Estados es hobbesiano, polémico y muchas veces desalmado. En ese sentido, el hecho de que aparezca la idea de ciudadanía global y de la posibilidad de una Humanidad con valores compartidos recuerda a la esfera de pensamiento del helenismo y el Imperio romano. Ambas épocas comparten la existencia de un Estado hegemónico o al menos una ecúmene cultural y políticamente predominante y también la nuestra, aunque cada día menos. También en ellas aparecieron filósofos que iban más allá de las clásicas reflexiones sobre la naturaleza de la polis y la πολιτεία y proclamaban que lo importante era ser un ciudadano del cosmos. O, como decía Séneca, que su patria era el mundo entero.

No es extraño que un ciudadano de un imperio universal se considere ciudadano del mundo. Al fin y al cabo, el mundo es el imperio, el imperio es la civilización y detrás del limes sólo hay naturaleza agreste y bárbaros.  El imperio es el poder por excelencia y un poder palpable, digno de ser admirado o temido. La ley del imperio, respaldada por su fuerza y potestas, invalidaba automáticamente todas las demás leyes si entraban en conflicto con ella. Cuando el filósofo Plotino le propuso al emperador romano fundar la ciudad de los filósofos, Platonópolis, el emperador (o el Senado) se dio cuenta de que la ciudad justa, la ciudad de la justicia universal supondría una desvaloración de todas las demás leyes, incluidas las del imperio. Y eso es el caos. En tanto que ley universal, la ley del imperio es la ley natural:

Hoy en día quizá suceda algo parecido y por eso está en boga la idea de cosmopolitismo. Cuando se piensa en la ciudadanía global se tiene en mente a los Derechos Humanos, que creo que son un producto característico de eso que denominamos civilización occidental (es decir, no bajaron del cielo) y que tuvieron un papel importante en la posguerra frente a los horrores del nazismo todavía frescos y como denuncia en la Guerra Fría de los regímenes del bloque comunista. Los Derechos Humanos, desde luego, no son propiamente políticos ni legales sino eminentemente éticos. Quizá cuando son respaldados y promocionados fuertemente (institucionalmente) por un Estado cobran una dimensión política. Alguien podría decir que la ONU es una especie de protoestado mundial pero se asemeja más bien a un club de países (democracias, dictaduras y tiranías) con un poder legitimador más bien a nivel formal, algo así como el Papado en el pasado. Por supuesto, la imagen hay que cuidarla y mejor tener legitimidad que no tenerla.

Uno de mis sesgos en política (si es erróneo espero quitármelo pronto) es asumir casi de manera intuitiva el llamado realismo político. Eso no significa que ignore las formas o lo que los politólogos llaman el soft power. Tampoco que me tome siempre muy en serio a analistas que tienden al determinismo geográfico como Kaplan. Significa que en el reino de la política tiendo a pensar a nivel de Estado y que considero que Maquiavelo básicamente tenía razón. Por ejemplo, me parece convincente la idea de que la integración europea y la pax europea debe mucho más al paraguas nuclear norteamericano y a sus soldados que a buenas voluntades, al comercio o a que el Espíritu soplaba en la historia en una determinada dirección. La integración europea actual no empieza en un momento cero tras la Segunda Guerra Mundial, sino que podría ser un proceso heredero justamente de la pacificación de Europa, la neutralización bélica de las tensiones acumuladas y el posterior despliegue de 400.000-350.000 tropas estadounidenses en suelo europeo. Sin esas condiciones a mi entender es muy difícil imaginarla, aunque esto sea un contrafáctico muy discutible. La cuestión sigue abierta.

La perspectiva globalista a veces olvida que Brooklyn no se expande. Pensar en términos cósmicos o apolíticos no nos exime del hecho de que somos ciudadanos de naciones políticas concretas en las que vivimos día a día y en las que estamos socializados. Las fronteras sí que existen pues el Estado tiene el monopolio de la violencia dentro de sus límites (excepto en los Estados fallidos que no pueden controlar parte o todo su territorio, claro). Y creo que pocas cosas hay más reales que el peso del poder y, sobre todo, que los efectos del poder sobre el mundo. ¿No se manifiesta la materialidad del poder político en toda su magnitud cuando se aprueba un test de explosión nuclear? Si Ian Hacking suele decir que la ciencia es transformación del mundo (y esa transformación es real y efectiva, parte de la ciencia), lo mismo ocurre con el poder político. Por todo eso tengo la idea de que la Humanidad está efectivamente separada y se trata de una separación tajante y material. Así pues, es como si no existiera.

PS: Por alguna extraña razón WordPress no me deja insertar enlaces.

En La revolución naturalista se publicó un post que denunciaba, con Victor Davis Hanson, que la guerra sea un tabú y generalmente esté marginada en el debate público. De inmediato aparecen las primeras reacciones que ven la tesis anterior autocumplida: algunos interpretan de una manera simplista que la entrada es un alegato belicista, etcétera. Pero no tiene nada que ver.  Explicar no es justificar. Las cosas simplemente ocurren y hay que estudiarlas con seriedad. Y con mayor razón cuando tienen relevancia y han determinado nuestro presente.

1) Como sugiere el artículo, conceptos como “paz”, “resolución de conflictos” y “diálogo” han venido a anegar y oscurecer este tipo de cuestiones. Conceptos políticos son formalmente sofisticados hasta el punto de que se vuelve difícil distinguir claramente su naturaleza material e históricamente compleja. Habrá quien piense que la democracia ateniense surgió por un genuino amor al diálogo, o porque el pueblo lo decidió por consenso en una asamblea del Pnyx. No obstante, la realidad es que en la génesis de la democracia ateniense podemos encontrar multitud de factores distintos y muy polémicos: un intento de amortiguar la stásis (guerra civil o lucha de clases), endémica de las poleis; o bien la configuración política que integraría en su seno a una mayor porción de los combatientes de la “muralla de madera” de Temístocles tras la batalla naval de Salamina, que fue el auténtico punto de inflexión en las guerras greco-persas. Después de Salamina nada sería igual. Materialmente,  fueron los trirremes los que forjaron el imperio comercial ateniense de la pentecontecia y los que cimentaron la bases de la democracia radical de tipo antiguo de Pericles. Y una armada poderosa es cara y necesita más recursos humanos que un ejército terrestre. El modelo hoplítico y agrario decayó en beneficio de los remeros de clases populares, que hicieron suya la defensa de la polis y empezaron a sentirse tan políticamente cruciales como los mismos eupátridas.

2) Nuestras democracias liberales modernas son diferentes. Y sin embargo, aunque en Europa creemos vivir en una burbuja donde reina la paz perpetua o el reino de la libertad se ha desplegado al fin, las realidades políticas actuales no son tan distintas de las que operaban en el mundo clásico. En nuestro tiempo la hegemonía (supremacía, imperio, poderío, llámese como se quiera)  la tiene EEUU, cuyas flotas patrullan los mares y aseguran el flujo del comercio marítimo internacional. Desde la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental ha permanecido bajo el paraguas nuclear que le otorga mayor grado de paz que en las zonas periféricas a sus fronteras. Gracias a la Pax Americana, las rivalidades bélicas ancestrales entre los países europeos se han contenido relativamente bien. Esto ha ocurrido así y hay que tenerlo en cuenta y analizarlo con la cabeza fría necesaria.

3) Quizá algo importante que revela el estudio de la guerra es la fragilidad de la democracia y de la “paz”. La paz no es el estado de naturaleza. Al contrario, el escenario geopolítico parece hobbesiano y la paz es artificial; debe ser impuesta por las instituciones y el imperio de la ley, respaldadas por la fuerza. Si mañana aboliéramos la policía y los ejércitos en todo el mundo, dudo mucho que el género humano una sus manos y todos cantemos como hermanos. La racionalidad tiene sus límites y el diálogo y la diplomacia  también. Nadie desea la guerra, pero al final se acaba produciendo si todos los demás cauces se desbordan.

4) El tabú de la guerra recuerda al tabú de hablar acerca de la violencia de algunas tribus, que prevalece en algunos antropólogos culturales. Napoleon Chagnon lo cuenta en el prólogo de Yanomamö:

 «Otros antropólogos admiten la existencia de violencia en el mundo tribal, pero piensan que no debemos hablar de ello. Recuerdo a una colega que en sus primeros años de carrera me instó completamente en serio a dejar de escribir sobre la guerra y la violencia que presenciaba diciendo: “Aunque sea así, preferimos que los demás no lo sepan para no causar una mala impresión”. ¿Una mala impresión de qué? Se dice que, al tener conocimiento de la teoría de Darwin, según la cual el hombre descendía del mono, la mujer del obispo exclamó: “¡Buen Dios, esperemos que no sea verdad! ¡Y si lo fuera, esperemos que nadie se entere!».