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Hace unos días quería escribir algo sobre el ensayo-reseña (aquíaquí) del filósofo Massimo Pigliucci del seguramente recomendable (no lo he leído) libro Every Thing Must Gode James Ladyman y Don Ross. Este post de Cives me lo ha recordado, así que intentaré decir algo sobre la posición mantenida en este libro (el realismo estructural óntico) y, en general, sobre la metafísica actual.

La metafísica era la rama de la filosofía que pretendía dilucidar qué hay en el sentido más general posible. ¿Qué ha sido de ella? ¿Ha muerto? Creo que la metafísica (o la ontología) más sofisticada de hoy en día es la que se toma en serio la física y el corpus científico contemporáneo. De lo contrario estaríamos hablando, por decirlo suavemente, sobre lo que unas palabras dicen de otras palabras, algo de lo más interesante en literatura pero poco relevante en el ámbito del conocimiento real e intersubjetivo. Algunos filósofos analíticos han montado también sus propias metafísicas, cargadas de intuiciones y elementos a priori que recuerdan a los viejos vicios neoescolásticos del positivismo lógico. Por eso Ladyman y Ross defienden una metafísica naturalizada, esto es, que esté a la par con la ciencia (como decía Quine) y en el mismo barco.

En general, el realismo estructural está a caballo entre ciertas posturas de la familia de los realismos clásicos y la de los antirrealismos (e instrumentalismos varios). No es, por cierto, una idea absolutamente novedosa, pues ya hay posiciones parecidas en Russell, el primer Wittgenstein o incluso en Poincaré (y si nos ponemos laxos, hasta en Platón y Pitágoras). Según sus defensores, esta singularidad la dota de las ventajas de ambas, lo mejor de ambos mundos. Así se evitarían de forma elegante los eternos problemas derivados de la dicotomía y la fricción entre realismos y antirrealismos. Por un lado, se toma del realismo la idea de que las teorías científicas refieren o describen algo que efectivamente existe o que tiene dimensión ontológica y verdadera. De otro modo, el éxito predictivo de la ciencia parecería un milagro completo y sería inexplicable. Del antirrealismo, el realismo estructural tiene en cuenta (según la formulación clásica de Larry Laudan de la meta-inducción pesimista) que las teorías consideradas empíricamente verdaderas y útiles han sido sustituidas constantemente en la historia y, de hecho, sus términos o entidades teóricas no concuerdan con los de nuestras teorías actualmente aceptadas. De ahí se sigue que nuestras modernas teorías exitosas no tienen por qué ser diferentes de esas teorías desacreditadas. Conceptos como el de aproximación progresiva a la verdad o el de referencia exitosa entre los términos de las teorías (aceptadas y desacreditadas) se cuestionan fuertemente porque no serían necesarios para explicar el éxito predictivo de una teoría científica.

El punto central del realismo estructural, tal y como lo sostuvo en un principio John Worrall, es que lo que explica el éxito predictivo de la ciencia es la continuidad estructural (matemática) entre las teorías científicas y no la de sus términos concretos o su ontología: ni  las entidades o cosas a las que la teoría refiere. Las relaciones (y las ecuaciones) son lo real, no las cosas o la ontología individual que contiene una teoría. En especial, Ladyman, Ross y French sostienen la naturaleza ontológica de las estructuras matemáticas, mientras que Worrall mantiene un realismo estructural de carácter más epistémico, enfocado en las teorías, y no se mete demasiado en berenjenales ontológicos. La cuestión es que, además, las estructuras matemáticas que describe el realismo estructural óntico serían compatibles con diversas ontologías, incluso muy diferentes entre sí. Asimismo, si ya no hay cosas ni entidades individuales ontológicas, conceptos clave como el de causalidad dejan de tener sentido en física fundamental, aunque sigan siendo temporalmente operativos en otras disciplinas.

Las críticas al realismo estructural (en su vertiente epistémica u óntica) son importantes. Parece una posición metafísica demasiado centrada en la física. En lo que Ladyman y Ross llaman “ciencias especiales”, como la biología, no hay tantas estructuras matemáticas como en las ciencias físicas. Como recuerda Pugliucci, en biología evolutiva el nivel matemático es todavía -comparativamente- pequeño. También la relativa originalidad de esta postura colisiona con quizá demasiadas objeciones, incluyendo las del realismo clásico, que pone en duda los puntos antirrealistas que hace suyos el realismo estructural. Por ejemplo, conocidos autores realistas critican la meta-inducción pesimista de Laudan que formulamos arriba: consideran que los ejemplos tomados por Laudan no son propios de una ciencia madura y que las teorías actuales son metodológicamente más fuertes; se amplía el concepto de referencia;  se pone en duda la efectividad predictiva de esas presuntas teorías exitosas desechadas y demás. A su vez, hay contrarréplicas y este asunto no está zanjado para nada. De hecho, las publicaciones a favor o en contra de la meta-inducción pesimista se siguen llevando a cabo ahora mismo y es un tema muy relevante en filosofía de la ciencia.

Para terminar, ¿qué cabe destacar de todo esto? Pues que el realismo estructural aporta frescura a un debate larguísimo y a veces sencillamente estancado. Es una síntesis curiosa que hay que apoyar o refutar, según sea el caso. Pero no se puede permanecer indiferente.

Esta entrada es una respuesta a este interesante post de La Máquina de Von Neumann. Aunque podría contestar en su caja de comentarios (y de hecho lo hice) creo que conviene fomentar el debate e incluso la polémica entre los cuatro o cinco gatos que tenemos un blog en español sobre filosofía y, en concreto, sobre filosofía de la ciencia básicamente.

Partiendo de una imagen del siempre magnífico Escher, Santiago sostiene principalmente que la realidad es un puro fluir y que los modelos matemáticos que generamos para explicarla son presa de una intrínseca rigidez geométrica. Así, la imagen científica sostenida por esos modelos y teorías jamás daría cuenta de la auténtica complejidad de las cosas, que se escaparía a la pretensión de medición y formalización como el agua del mar entre las manos. Esa tensión irresoluble es la tragedia del conocimiento humano y un reflejo de sus propios límites. Me recuerda al Nietzsche de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, que señalaba el papel limitado de la cognición y el conocimiento humano respecto a la pluralidad inabarcable del cosmos teniendo en cuenta el darwinismo.  Santiago entiende que nuestros modelos matemáticos quieren ser isomorfos respecto a las cosas que explican. Es decir, que quieren representarlas de una manera fiel, en una correspondencia de uno-a-uno. Pero ese ideal estaría constreñido por la inmensa complejidad de lo real, que a veces no responde a regularidades ni a figuras geométricas concretas, claras y distintas.

Yo no estoy de acuerdo con la concepción de la realidad de Santiago, ni tampoco con su idea de qué es un modelo matemático explicativo. Empezamos por el segundo punto. Como se ha sugerido también en los comentarios, los modelos no buscan exactamente simular la realidad ni siquiera ser completamente isomorfos respecto a ella.  Un modelo teórico no pretende agotar la parcela de realidad en la que se basa ni tampoco ser una representación especular de ella. No es su objetivo. A mi entender, es mejor tomar el criterio de la potencia explicativa: un modelo será adecuado y eficiente cuando de él se extrae un gran número de predicciones o retrodicciones (reconstrucciones del pasado)  o simplemente un buen nivel de explicaciones. No es necesario, por tanto, que el modelo contenga en sí toda la información del fenómeno que modela o que lo simule en toda su magnitud de variables posibles. El poder de la explicación reside en su enorme (¿infinita?) potencialidad, incluso para usos prácticos inimaginables por su primer teorizador. Newton no podía haber pensado en las sondas especiales ni Maxwell en la radio o en la televisión. En ese sentido, los modelos matemáticos explicativos no es que sean simplemente “imperfectos” (no isomorfos) respecto a la realidad, es que tienen que serlo si quieren ser modelos explicativos. Desde luego, el tema de la explicación es muchísimo más complejo y es central en filosofía de la ciencia. Han corrido ya ríos de tinta sobre él desde hace muchísimo tiempo. En un post no lo vamos a abarcar ni resolver.

Por último, el tema de la realidad. Como plantea Santiago en los comentarios, en la realidad existen las suficientes semejanzas, regularidades y repeticiones como para que el conocimiento sea posible. Si la realidad fuera el Caos, con el que comienza la Teogonía de Hesíodo, sería imposible dar cuenta del mundo científicamente. No habría cosmos ni orden, ni posibilidad de leyes universales y necesarias. No habría matemáticas, el lenguaje de la ciencia según Galileo. En definitiva, no habría ciencia como tal. Sería todo muy parecido al País de las Maravillas, sin lógica posible. Por tanto, nuestro universo, en cierto sentido, es racional o computable. Yo aventuro o apuesto que esas regularidades responden a la estructura misma del universo y no son simples “presupuestos antrópicos” (elementos que ponemos nosotros en el universo para entenderlo y manejarlo, a la manera de paralelos y meridianos) sino que además tienen un trasfondo ontológico. O sea, que aunque no veamos en la realidad fenoménica figuras geométricas exactas o ideales, la geometría euclídea y la geometría de Riemann tienen un contenido de verdad ontológico. Pero esto es demasiado arriesgado. Como he comentado antes, no es más que una apuesta porque quizá no se pueda dirimir jamás empíricamente.

Adenda: Es muy popular la observación de que las matemáticas son como un corsé, una especie de camisa de fuerza de la razón. Las críticas hacia la matematización de la realidad, según algunos irreductible, tienen un fondo de incomprensión muy fuerte sobre qué son las matemáticas y qué hacen los matemáticos (y los físicos) hoy en día. Las matemáticas son mucho más. Los modelos matemáticos de la meteorología o los que nos parecen más “irracionales” o “caóticos” son también parte de nuestras matemáticas y están cada vez mejor desarrollados. La estadística y la teoría de la probabilidad también demuestran que las matemáticas contemporáneas son más sofisticadas que lo que hace entender la caricatura extendida sobre ellas.

«Roger Penrose y yo trabajamos juntos en la estructura a gran escala del espacio y del tiempo, incluyendo singularidades y agujeros negros. Coincidimos bastante en la teoría clásica de la relatividad general pero los desacuerdos empezaron a surgir cuando entramos en la gravedad cuántica. Ahora tenemos enfoques muy diferentes con respecto al mundo, físico y mental. Básicamente, él es un platónico que cree que existe un único mundo de ideas que describe una única realidad física. Yo, por el contrario, soy un positivista que cree que las teorías físicas son simplemente modelos matemáticos que nosotros construimos, y que es absurdo preguntarse si se corresponden con la realidad; sólo hay que cuestionarse si predicen o no observaciones».

Stephen Hawking. “Las objeciones de un reduccionista descarado” en Lo grande, lo pequeño y la mente humana.

La matemática es una ciencia formal. Eso significa que está vacía de contenido empírico y su esfera de estudio son las estructuras y el razonamiento lógico, según axiomas, reglas y teoremas. Probablemente la primera ciencia completa de la Antigüedad fue la geometría (una rama de la matemática),  sistematizada en los Elementos de Euclides. El método axiomático de la matemática inspiró las obras más importantes de Descartes y Spinoza y, en general, la matemática se ha considerado siempre una de las ciencias más sólidas y seguras, con los fundamentos bien anclados en la coherencia y demostrados. Galileo decía que el libro abierto de la naturaleza estaba escrito en lenguaje matemático, en triángulos, en círculos. ¿Pero en qué se sustenta esta correspondencia tan sorprendente entre las figuras matemáticas perfectas y el mundo físico imperfecto?  ¿Dónde residen los objetos matemáticos? ¿Qué insufla el fuego a las ecuaciones?

La sencilla distinción de Hawking del párrafo inicial revela a grandes rasgos las dos posturas más comunes entre los científicos y filósofos sobre la naturaleza ontológica de la matemática. Por un lado tenemos el realismo o platonismo matemático, que postula la existencia real de las entidades matemáticas, similar a la de los objetos de la física. En palabras de Gödel (“What is a Cantor’s Continuum Problem?”): «[…] los objetos matemáticos existen independientemente de nuestras construcciones y de que tengamos individualmente una intuición de ellos». Por tanto, conformarían una suerte de kósmos noetós (mundo inteligible) como elementos atemporales, atópicos y consistentes.  Hoy por hoy, muchos realistas matemáticos consideran que el denominado universo conjuntista podría ser el candidato más adecuado de mundo platónico. El universo de conjuntos encierra todos los conjuntos posibles (funciones, sistemas, estructuras y entidades matemáticas) ya sean imaginables o inimaginables.  Así pues, las verdades matemáticas serían descubiertas racionalmente de la misma manera que con herramientas empíricas descubrimos entidades físicas como exoplanetas, nuevas especies biológicas y demás. Los matemáticos explorarían, subidos en la barca de su mente, las tupidas y exuberantes junglas y los manglares del universo conjuntista. Pero el realismo matemático tiene mil caras y versiones más fuertes y débiles con mil detalles diversos, y aquí únicamente esbozamos pinceladas generales compartidas.

Por otro lado están los que consideran que la matemática representa una serie de abstracciones e idealizaciones, un constructo humano. Stuart Mill, por ejemplo, creía que las matemáticas surgían directamente de la experiencia. La idea es simple: observamos los objetos físicos, abstraemos y tenemos las ficciones operativas que serían las entidades matemáticas. S. Shapiro y M. Resnik han abogado por el estructuralismo matemático, postura que postula que los elementos matemáticos son posiciones en relación con otras posiciones de una estructura, sin que deba existir ninguna entidad matemática concreta. La reciente aproximación de Penelope Maddy a la filosofía de las matemáticas desde el naturalismo post-quineano (antes defendió posiciones realistas) es bastante interesante. También desde las ciencias cognitivas sería posible entender cómo nuestro cerebro opera matemáticamente (en módulos o determinadas redes neuronales) y, además, la ontogenia del pensamiento matemático en el individuo.

El descubrimiento de los cuasicristales demostró que los teselados de Penrose existen en la naturaleza. ¿Cuántas más elucubraciones e incluso aparentes pasatiempos formales tendrán de hecho una correspondencia física? ¿Acaso no podía ser de otra manera?

El mes pasado se produjo un debate intelectualmente interesante en torno a la naturaleza del naturalismo. Siendo el naturalismo tan popular y estando tan en boga actualmente en ámbitos como la filosofía de la mente, la filosofía del lenguaje y la epistemología (a veces planteado para escapar de callejones sin salida filosóficos), este tipo de discusiones son muy pertinentes. El profesor de lógica de Oxford Tymothy Williamson escribió un artículo para la sección Opinionator del New York Times posicionándose en contra de algunos postulados del naturalismo. A continuación, Alex Rosenberg contestó directamente los argumentos de Williamson haciendo una defensa de la postura naturalista. Esta contienda filosófica ha sido seguida por el biólogo Jerry Coyne, que comparte la crítica de Rosenberg, y por el filósofo de la biología John Wilkins, que le dedica un sendo post. Gracias a Coyne he podido conocer el magnífico paper de Barbara Forrest Methodological Naturalism and Philosophical Naturalism: Clarifying the Connection, donde explica qué es y qué no es eso del naturalismo en su vertiente metodológica (o epistemológica) y filosófica (o metafísica, ontológica).

El naturalismo metodológico está implícito en el núcleo epistemológico de las ciencias. Un ejemplo de ello es el episodio que se cuenta de Laplace con Napoleón, cuando el científico aseguró al emperador de los franceses que la hipótesis de Dios no era necesaria en su tratado determinista y materialista sobre mecánica celeste. En ciencia se buscan causas naturales (físicas, químicas, biológicas, sociales) y se prescinde de cualquier explicación mágica, animista o sobrenatural. Aunque a veces se han supuesto causas naturales ficticias (el flogisto, el éter, el calórico), han acabado siendo descartadas y arrojadas al basurero de la historia. Forrest considera que el éxito del naturalismo metodológico es apabullante en comparación con la falta de resultados en la búsqueda de un método de estudio de lo sobrenatural, hasta el punto de que la existencia de lo sobrenatural es severamente cuestionada y negada. Bajo los fuertes cimientos del naturalismo metodológico (cristalizados en resultados prácticos y en el aumento corroborado de conocimientos cognitivos) se sustenta el naturalismo filosófico.

El naturalismo filosófico no se puede definir como un sistema específico o una doctrina, sino más bien como una suerte de actitud operativa o un programa abierto que toma como marco ontológico la cosmovisión que nos proporcionan las mejores teorías científicas disponibles. Aunque no hay formulaciones claras y distintas de qué es el naturalismo, muchos autores están de acuerdo en que se opone principalmente al supernaturalismo. Así pues, los filósofos naturalistas apuestan a que todas las entidades que existen en la realidad son naturales y, por consiguiente, están sometidas necesariamente a causas y leyes físicas o naturales. Desde las coordenadas naturalistas no habría lugar para la actuación de causas sobrenaturales o de agentes trascendentes como dioses, ángeles, energías místicas o voluntades cósmicas. Además y como punto importante, el naturalismo asume que el ser humano es un ser natural y examinable (él, sus fenómenos y sus productos) a la luz del escrutinio empírico y no es, en cambio, alguna clase de esencia misteriosa, eterna e indescifrable de carácter divino, sagrado o simplemente impenetrable.

He leído muchos de los comentarios que ha generado el debate al que hacía alusión anteriormente. Mi intención era buscar las críticas más habituales al naturalismo e intentar aquí bosquejar una repuesta.

Una crítica muy repetida por los comentaristas al artículo de Alex Rosenberg es que el naturalismo como tal es tautológico porque declara que lo único que existe es lo que nos permite conocer el método científico, y estamos seguro de ello porque el método científico nos lo dice. Pero realmente esta objeción se derrumba cuando tenemos en cuenta que el naturalismo filosófico no es una filosofía primera que esté más allá de las ciencias naturales. Tampoco es una consecuencia lógica. Es más bien, en el sentido de W. O. Quine, un continuo con la ciencia. El naturalismo no es una metafísica a priori sino una hipótesis confrontada con la realidad. Si se llegara a descubrir científicamente que no hay cierre causal físico (à la Papineau) o que hay causas no-naturales, el naturalismo quedaría falsado. Eso podría ocurrir si nos quedásemos estancados en la investigación de la conciencia humana, llegando a cierto punto en el que no podamos indagar más con métodos empíricos por alguna razón sobrenatural. El naturalismo no tiene una coraza fundacionalista que le proteja y, por tanto, es una posición sumamente modesta y vulnerable ante la refutación. Ahora bien, dentro de lo plétora de cosmovisiones u ontologías disponibles en la plaza filosófica, la naturalista es una de las menos “dogmáticas” en el sentido en el que la critica Williamson. Como señala Forrest en su trabajo, el naturalismo filosófico no es una preferencia arbitraria; es más bien la única conclusión metafísica razonable en el terreno de lo empírico y lo lógicamente coherente.

La segunda crítica común se refiere a que la experiencia humana, el mundo de la vida (Lebenswelt) husserliano, es inabarcable por las estrechas herramientas de los científicos, y que la vida biográfica de los individuos, rica en eventos subjetivos, no puede ser reducida ontológicamente. Pero de la real complejidad del comportamiento humano y de la mecánica de sus sociedades no se sigue que el mundo humano es irreductible, cerrado a un estudio y abordaje empírico. La climatología también tiene como objeto el análisis de un sistema altamente complejo, hace predicciones probabilísticas y es una ciencia empírica reconocida sin problemas. En este sentido, se puede considerar que las denominadas “ciencias sociales” que incorporan una metodología empirista son científicas aunque su capacidad predictiva no sea exacta. La capacidad predictiva es importante pero no la veo razonable como único criterio de demarcación.

Otro habitual juicio negativo al naturalismo filosófico es que conduce inevitablemente a la “desintegración sociocultural”. Es el viejo adagio de que el desencantamiento secular desemboca en un nihilismo atroz ya que, como decía el personaje Iván Karamazov,  “si Dios no existe todo está permitido.” Sin embargo, algunos estudios apuntan a que ocurre justo lo contrario y que hay cierta relación entre mayor salud pública y mayor grado de secularismo en una sociedad. Los países escandinavos, Países Bajos e Islandia son sociedades en buena parte seculares y gozan de importantes índices de bienestar. Sus sociedades no parecen desintegrarse en el caos y la violencia nihilista que debería caracterizar, según Dostoyevski, a la sociedades seculares modernas.

Por último, también se cuestiona el artículo de Rosenberg porque éste cree que exclusivamente la ciencia nos proporciona conocimientos nuevos y que otras disciplinas (sobre todo los saberes exclusivamente humanísticos y no-empíricos) solo entretienen. Creo que en este punto Rosenberg tiene razón. La única manera de acceder a un conocimiento contrastado, fiable y serio sobre el mundo es el empleo del método científico y sus estándares y filtros. La literatura no nos aporta conocimientos nuevos, sino que cuenta relatos, historias o refleja el estado de ánimo del autor. Pero entretener o transmitir información no es poca cosa.  La divulgación científica misma conecta en ocasiones la ciencia con la literatura usando numerosas metáforas y trucos retóricos. En todo caso, a veces se dice que la literatura le da sentido al mundo (Rorty ve un valor de formación moral en la literatura) y que la ciencia no debe ni puede proporcionar ningún sentido ni cosmovisión última. No creo que sea justo que únicamente las religiones o la formación humanística tengan el monopolio legítimo del suministro de sentido del mundo (y esto nos remite a los non-overlapping magisteria). También la cosmovisión naturalista puede dotar de sentido a las cosas.

Tengo un amigo artista que suele adoptar una postura con la que yo no estoy muy de acuerdo. Él sostiene una flor y dice: «Mira qué bonita es», y en eso coincidimos. Pero sigue diciendo: «Ves, yo, como artista, puedo ver lo bello que es esto, pero tú, como científico, lo desmontas todo y lo conviertes en algo anodino».

Y entonces pienso que él está diciendo tonterías. Para empezar, la belleza que él ve también es accesible para mí y para otras personas, creo yo. Quizá yo no tenga su refinamiento estético, pero puedo apreciar la belleza de una flor.

Pero al mismo tiempo, yo veo mucho más en la flor que lo que ve él. Puedo imaginar las células que hay en ella, las complicadas acciones que tienen lugar en su interior y que también tienen su belleza. Lo que quiero decir es que no sólo hay belleza en la dimensión que capta la vista, sino que se puede ir mas allá, hacia la estructura interior.

También los procesos, por ejemplo, el hecho de que los colores hayan evolucionado para atraer a los insectos significa que los insectos pueden apreciar el color. Y entonces se crea la pregunta: ¿El sentido de la estética también lo tienen las formas de vida menores de la naturaleza? ¿Por qué razón les resulta estético?

Toda clase de interesantes cuestiones de la ciencia que no hacen sino sumarle misterio e interés a la impresión que deja una simple flor, no entiendo cómo podría restárselo.

R. Feynman. 1981.

Cuando un visitante contempla la catedral de León puede quedar realmente asombrado por su elegante diseño. Quizá, incluso, hasta llegaría a plantearse por qué ese edificio está configurado de esa manera concreta y no de cualquier otra: podría estar pintado de azul, tener diez naves en lugar de tres o un mosaico gigante de estilo bizantino en lugar del rosetón principal del pórtico central. Desde luego, es una pregunta de lo más interesante cuya respuesta consistiría en una explicación del arte gótico —el estilo en el que se enmarca el edificio—, del que son típicas estructuras arquitectónicas como los arcos ojivales, las bóvedas de crucería o las enormes vidrieras por las que penetra abundante luz. A su vez, la arquitectura gótica requiere de conceptos como Medievo, cristianismo, burguesía y cultura urbana para ser comprendida. Y así sucesivamente. Este tipo de apelación a causas culturales, religiosas o sociales lo llama el físico teórico David Deutsch explicación de alto nivel. Pero, ¿hay otras posibles explicaciones de por qué fue construida la catedral de León en el siglo XIII justamente así?

Sí, están las hipotéticas explicaciones de nivel inferior o reduccionistas. Si el edificio, como sabemos por la física contemporánea, es una entidad natural compuesta de átomos y éstos siguen las leyes físicas conocidas, ¿no cabe la posibilidad de explicar su existencia como el resultado final de un intrincadísimo movimiento de partículas y moléculas que hoy un día no podemos computar? Así pues, en un futuro próximo o lejano acaso sería posible que diseñemos una especie de super-ordenador (una versión contemporánea del antiguo demonio de Laplace) que sea capaz de, a partir de un estado inicial del universo, determinar y mostrarnos un informe de datos con las trayectorias, los choques y todas las vicisitudes de las partículas del mundo relacionadas con lo que llamamos Edad Media, arte gótico y catedral de León. Muy bien, ¿y entonces qué? Aunque daríamos cuenta con una precisión muy alta de por qué los átomos de la catedral están allí y estructurados de aquella forma específica, no lograríamos explicar nada útil si prescindimos de los conceptos de alto nivel que mencionamos anteriormente. De nada nos sirve mencionar como causa a un conjunto aséptico de vectores sin hablar del contexto socioeconómico del León medieval o del simbolismo de la luminosidad en el gótico. En este sentido, las explicaciones rigurosas y completas deben aunar factores de niveles superiores e inferiores para conseguir un valor explicativo fructífero.

Desde la década de los años treinta del siglo XX, algunos filósofos se han propuesto unificar las ciencias o reducirlas a la física básica. Al fin y al cabo, si todo lo existente en el universo (el universo cognoscible, de los fenómenos) está compuesto de materia y energía, también los presuntos aspectos “elevados” y propiamente humanos como las experiencias estéticas del arte o la religión (y sus derivados, como las catedrales) serían reducibles a quarks o elementos fundamentales de la materia. Esta postura filosófica es conocida como fisicalismo y tiene numerosas variantes. Para comprenderlo debemos tener en cuenta que todo pensamiento estético o religioso, por ejemplo, está en la mente o el cerebro de un individuo. Ese individuo ha evolucionado, como todos los seres vivos, a partir de la selección natural darwiniana. Del mismo modo, los componentes de la vida son elementos de la tabla periódica, algunos cocinados por la alquimia estelar (en expresión de Carl Sagan), y el propio hidrógeno presente ya desde el Big Bang, que juntos conforman, en suma, la base de todo. Además, en un universo cerrado donde sólo hay interacción entre materia y energía no hay mucho lugar para entidades sobrenaturales como dioses o fuerzas místicas. Ni siquiera dentro de la misma catedral de León, que únicamente parece ser un homenaje a la laboriosidad y el buen hacer de los artistas medievales de la Corona de Castilla.

La continuidad sustancial ontológica de la composición de una lechuga, un rascacielos y el Dalai Lama es clara. Todos tienen en común su naturaleza como entidades materiales compuestas de quarks. En ese sentido no hay diferencia en cuanto a su sustancia constitutiva básica, pero sí en cuanto a organización de esos quarks y átomos; por eso tales entidades presentan aspectos distintos y las propiedades particulares que les caracterizan. Tanto la organización atómica como la complejidad decretan el aspecto observable del amasijo de partículas que compone todas las cosas materiales y, en definitiva, son realmente importantes para la ciencia. Y aunque las explicaciones a partir de quarks no posean un valor práctico, no hay razones fuertes para suponer que hay algún tipo de desnivel misterioso e insalvable entre las cosas materiales. A pesar de su inutilidad, las descripciones reduccionistas son posibles gracias a los elementos básicos que todas las cosas del universo tienen en común.
Publicado por primera vez en Hablando de Ciencia.

En estos días de sordidez sacra, estoy leyendo la sugerente obra Positivismos y antipositivismos: la herencia del siglo XX (2009) de Jose María Chamorro, así que dedicaré las primeras entradas de este blog a las impresiones que me cause. Chamorro es un prácticamente desconocido ex-profesor de la facultad de Filosofía de la Universidad de La Laguna que he tenido el placer de descubrir. Es naturalista y materialista, pero no fisicalista, ya que prefiere una posición sistémica y lo que él denomina una «epistemología pragmatista», a la que dedicaré uno o dos post. En el capítulo Rasgos de un positivismo razonable (p. 28), Chamorro describe qué entiende por una persona materialista:

«Así que voy a considerar que es materialista el que cree que toda la realidad está hecha con la misma sustancia y que por tanto el hombre, como producto de la evolución, pertenece a esa realidad, en la que las distintas entidades se diferencian por el tipo y grado de complejidad, no por su composición última. De lo que se sigue que tanto en los grandes sistemas sociales – en la evolución social en general – como en la conducta humana individual funcionan las determinaciones causales propias de lo material (podamos describirlas o no en un momento dado o respecto a un momento dado)».

Como me comentó en Twitter el autor del blog La Revolución Naturalista , la apuesta ontológica por la existencia de una única sustancia como constitutiva última del cosmos es, hoy por hoy, una cuestión científica abierta. ¿Y si resulta que realmente hay más de una o múltiples sustancias e incompatibles entre sí? ¿Falsaría ese descubrimiento al materialismo, del mismo modo que si el hecho de que el universo no estuviese causalmente cerrado echaría por tierra al fisicalismo?  A falta de mejores datos, apostar por una única sustancia es racional según el principio de parsimonia hasta que se demuestre lo contrario. Tampoco creo que la corroboración de un universo plurisustancial conllevase la aniquilación de validez de la ontología materialista, sino más bien de esta definición concreta de materialismo, de carácter monista. El materialismo puede adoptar formulaciones pluralistas, a tenor de lo que entendamos por materia. La idea principal, creo, es que no existe intervención de agentes sobrenaturales como almas o dioses, esto es, de entidades no materiales. Dice el propio Chamorro en una nota que «algunos que no desean pronunciarse sobre la alternativa materialismo-dualismo aducen que no se ha conseguido definir con precisión qué es la materia. Bien, menos precisión se ha conseguido aún a la hora de describir qué es lo no material».

En todo caso, la posibilidad de que la propia ontología materialista pueda ser falsada es un punto positivo popperiano a su favor. Al fin y al cabo, supondría que es una hipótesis científica más, dependiente del avance en las ciencias empíricas. No es, ni mucho menos, una postura propedéutica o una filosofía primera, para decirlo con Quine, sino que formaría parte del corpus de conjeturas científicas.