Posts etiquetados ‘materialismo’

 «Faith is a myth and beliefs shift like mists on the shore; thoughts vanish; words, once pronounced, die; and the memory of yesterday is as shadowy as the hope of tomorrow… In this world — as I have known it — we are made to suffer without the shadow of a reason, of a cause or of guilt… There is no morality, no knowledge and no hope; there is only the consciousness of ourselves which drives us about a world that… is always but a vain and floating appearance… A moment, a twinkling of an eye and nothing remains — but a clot of mud, of cold mud, of dead mud cast into black space, rolling around an extinguished sun. Nothing. Neither thought, nor sound, nor soul. Nothing».

Joseph Conrad, Letter to Robert Bontine Cunninghame Graham.

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Desde un punto de vista puramente biológico la respuesta parece obvia: claro que existe. Pero la humanidad biológica de la especie Homo sapiens sapiens no es la Humanidad de la que quiero hablar hoy. Me refiero a la Humanidad de la promoción de la ciudadanía global, del cosmopolitismo y también considerada como una especie de sujeto histórico. La Humanidad hace tal cosa, la Humanidad se encamina hacia tal objetivo, la Humanidad quiere y piensa.

Yo estoy de acuerdo con los autores que afirman que esa Humanidad política no existe y que incluso no sería conveniente que existiera si ello supone el fin absoluto del ἀγών propio de la política. El Estado universal de Kojève del fin de la historia, que conduce a la homogenización de todas las creencias, no creo que sea deseable ni posible sin un grado inmenso de violencia previa pacificadora. Como ya defendí hace unos meses, mi impresión es que lo que tenemos son grupos humanos diversos dentro de naciones políticas particulares, cada una defendiendo (oh, sorpresa) sus propios intereses. Mientras que hay una cierta clase de parecido biológico entre todos los habitantes humanos de la Tierra (genético y fenotípico), a nivel social y político hay múltiples intereses contrapuestos y rivalidades, coexistencias, apoyos y conflictos sin fin. El campo de la política rezuma diferencias e incluso en algunos temas es, por así decirlo, geométricamente imposible el acuerdo: se impone el “o nosotros, o ellos”. El escenario de la dinámica entre Estados es hobbesiano, polémico y muchas veces desalmado. En ese sentido, el hecho de que aparezca la idea de ciudadanía global y de la posibilidad de una Humanidad con valores compartidos recuerda a la esfera de pensamiento del helenismo y el Imperio romano. Ambas épocas comparten la existencia de un Estado hegemónico o al menos una ecúmene cultural y políticamente predominante y también la nuestra, aunque cada día menos. También en ellas aparecieron filósofos que iban más allá de las clásicas reflexiones sobre la naturaleza de la polis y la πολιτεία y proclamaban que lo importante era ser un ciudadano del cosmos. O, como decía Séneca, que su patria era el mundo entero.

No es extraño que un ciudadano de un imperio universal se considere ciudadano del mundo. Al fin y al cabo, el mundo es el imperio, el imperio es la civilización y detrás del limes sólo hay naturaleza agreste y bárbaros.  El imperio es el poder por excelencia y un poder palpable, digno de ser admirado o temido. La ley del imperio, respaldada por su fuerza y potestas, invalidaba automáticamente todas las demás leyes si entraban en conflicto con ella. Cuando el filósofo Plotino le propuso al emperador romano fundar la ciudad de los filósofos, Platonópolis, el emperador (o el Senado) se dio cuenta de que la ciudad justa, la ciudad de la justicia universal supondría una desvaloración de todas las demás leyes, incluidas las del imperio. Y eso es el caos. En tanto que ley universal, la ley del imperio es la ley natural:

Hoy en día quizá suceda algo parecido y por eso está en boga la idea de cosmopolitismo. Cuando se piensa en la ciudadanía global se tiene en mente a los Derechos Humanos, que creo que son un producto característico de eso que denominamos civilización occidental (es decir, no bajaron del cielo) y que tuvieron un papel importante en la posguerra frente a los horrores del nazismo todavía frescos y como denuncia en la Guerra Fría de los regímenes del bloque comunista. Los Derechos Humanos, desde luego, no son propiamente políticos ni legales sino eminentemente éticos. Quizá cuando son respaldados y promocionados fuertemente (institucionalmente) por un Estado cobran una dimensión política. Alguien podría decir que la ONU es una especie de protoestado mundial pero se asemeja más bien a un club de países (democracias, dictaduras y tiranías) con un poder legitimador más bien a nivel formal, algo así como el Papado en el pasado. Por supuesto, la imagen hay que cuidarla y mejor tener legitimidad que no tenerla.

Uno de mis sesgos en política (si es erróneo espero quitármelo pronto) es asumir casi de manera intuitiva el llamado realismo político. Eso no significa que ignore las formas o lo que los politólogos llaman el soft power. Tampoco que me tome siempre muy en serio a analistas que tienden al determinismo geográfico como Kaplan. Significa que en el reino de la política tiendo a pensar a nivel de Estado y que considero que Maquiavelo básicamente tenía razón. Por ejemplo, me parece convincente la idea de que la integración europea y la pax europea debe mucho más al paraguas nuclear norteamericano y a sus soldados que a buenas voluntades, al comercio o a que el Espíritu soplaba en la historia en una determinada dirección. La integración europea actual no empieza en un momento cero tras la Segunda Guerra Mundial, sino que podría ser un proceso heredero justamente de la pacificación de Europa, la neutralización bélica de las tensiones acumuladas y el posterior despliegue de 400.000-350.000 tropas estadounidenses en suelo europeo. Sin esas condiciones a mi entender es muy difícil imaginarla, aunque esto sea un contrafáctico muy discutible. La cuestión sigue abierta.

La perspectiva globalista a veces olvida que Brooklyn no se expande. Pensar en términos cósmicos o apolíticos no nos exime del hecho de que somos ciudadanos de naciones políticas concretas en las que vivimos día a día y en las que estamos socializados. Las fronteras sí que existen pues el Estado tiene el monopolio de la violencia dentro de sus límites (excepto en los Estados fallidos que no pueden controlar parte o todo su territorio, claro). Y creo que pocas cosas hay más reales que el peso del poder y, sobre todo, que los efectos del poder sobre el mundo. ¿No se manifiesta la materialidad del poder político en toda su magnitud cuando se aprueba un test de explosión nuclear? Si Ian Hacking suele decir que la ciencia es transformación del mundo (y esa transformación es real y efectiva, parte de la ciencia), lo mismo ocurre con el poder político. Por todo eso tengo la idea de que la Humanidad está efectivamente separada y se trata de una separación tajante y material. Así pues, es como si no existiera.

PS: Por alguna extraña razón WordPress no me deja insertar enlaces.

Como parece evidente, la mejor manera de ponderar la fuerza de una postura filosófica es leyendo a sus críticos. Aunque a nadie le guste realmente ser refutado,  a veces es mucho más interesante y provechoso leer una crítica tras otra que únicamente artículos autorreferenciales y triunfalistas, masajes ideológicos que abonan un determinado tipo de pensamiento grupal (de cuya tentación, por cierto, nadie está libre y la filosofía no es, ni mucho menos, una salvaguarda sino todo lo contrario. Y no se arregla calificando al concepto de pensamiento grupal como “psicologismo” y muy buenas). De esto me he acordado cuando ayer por la tarde abrí casualmente el último número de la revista de filosofía del CSIC Isegoría, donde podemos toparnos con este artículo del zubiriano Jesús Conill-Sancho en el que presenta una serie de objeciones al “naturalismo”  desde el ínclito Ortega y Gasset. Vista desde la actualidad, la postura historicista y antirrealista de Gasset que hace suya Conill-Sancho tiene demasiados agujeros. En cierto modo, es una versión algo más sofisticada de las críticas románticas y hermenéuticas de hace más de dos siglos: la vida es irreductible; el hombre es sobre todo historia, biografía y narración y no tiene naturaleza; lo humano es algo más que materia; lo mundano frente a la conceptualización; el conocimiento tiene sus límites insalvables y hay un reino del significado impenetrable ante el escrutinio empírico. Pero no es eso lo que me llevó a escribir este post, sino más bien la descripción que Conill-Sancho hace del naturalismo y de su influencia en el ámbito académico al principio del artículo:

«Hoy en día nos encontramos inmersos en un medio intelectual en que predomina cada vez más el naturalismo. Y no sólo en el mundo angloamericano, donde el programa naturalista es invasivo, sino hasta en Europa un  pensador como Jürgen Habermas también ha sido seducido por la terminología de moda, abogando por un «naturalismo blando» […]

Es patente un resurgimiento del naturalismo a partir de los crecientes conocimientos científicos. Todos los conceptos son sometidos a la naturalización, que se convierte en una especie de «programa» general del conocimiento y de la acción. Desde la epistemología hasta la ética impera la objetivación naturalista, que se está convirtiendo en una moda y hasta en una nueva ideología, en la medida en que se sustenta en una «fe cientificista», que más que ciencia es filosofía deficiente («mala filosofía», afirma tajantemente Habermas).

[…]

En nuestro momento el naturalismo arrasa, intentando naturalizar los conceptos filosóficos tradicionales y llegando hasta la naturalización de la normatividad moral. Se recurre a las diversas ciencias naturales, pero en los últimos tiempos, tras el imperio de la Física, ha ido adquiriendo especial relevancia la Biología, primero la Genética y actualmente las Neurociencias. En virtud de todas estas tendencias, la filosofía contemporánea se está decantando hacia posiciones naturalizadas en todos los ámbitos. La animalidad del ser humano ha adquirido de nuevo una relevancia casi espectacular, a pesar de estar viviendo la época más tecnologizada de la historia».

Entre líneas se respira mucho temor y temblor (¡se van a cargar la ética, estos nihilistas!); es incluso una especie de diagnóstico de, por así decirlo, el tema de nuestro tiempo. Desde un punto de vista puramente gremial y sociológico, es comprensible que la llamada “naturalización” (que tiene muchos grados) de las disciplinas filosóficas clásicas despierte un rechazo furibundo. Lo raro sería lo contrario. Cuando algunos sociobiólogos presentaron hace años la ambiciosa propuesta de “biologizar” la ética y resolver more naturalista el principal problema de la filosofía según Camus, mucha gente frunció el ceño en los departamentos de las facultades de filosofía al imaginar que eso traía consigo el dilema de aprender biología evolucionista y etología humana o hacer las maletas. Dejando de lado las críticas académicas aceptables a ese algo tosco intento de naturalización de la ética, ante una situación de competencia gremial, los profesores de ética tenían incentivos racionales claros para oponerse a una socavación radical de la autoridad de su campo. A veces me da la impresión de que el temor a la naturalización de la filosofía se intensifica por una mala comprensión de lo que significa “lo biológico” que viene aparejado a ella. Las contraposiciones entre lo biológico y lo cultural, que dan lugar incluso a largos y sesudos ensayos, ya son casi un tópico. Sin embargo, como ya nos avisa Joseph Henrich, lo cultural es una parte de lo biológico. Puede que nos fuera mejor si comprendemos la expresión “lo biológico” como una esfera más amplia y flexible y no simplemente como un “determinismo genético” que se enfrenta a un independiente reino cultural-histórico (de lo que ya hablamos aquí). El mismo Marvin Harris, al que creo que nadie acusará de sociobiólogo biologicista, veía la cultura como un posible rasgo adaptativo que favorecía en ciertas circunstancias el éxito biológico. El hecho de que asociemos con tozudez “lo biológico” a “lo fijo”, incluso a “lo invariable” es muy problemático.

Como ya dijo Richard Rorty, a la filosofía contemporánea sólo le queda arrimarse o bien a las ciencias naturales o bien a las humanidades más artísticas, subjetivas y literarias (y quizá sea absorbida por alguna de ellas. O no).  Ninguna de las antiguas y pretendidas philosophiae perennes fueron tampoco autónomas ni independientes de forma absoluta de los saberes científicos y técnicos ámbito de su reflexión, pero es otra historia. En ese sentido, las polémicas probablemente aumenten cada día más y el miedo al naturalismo, el terror ante una posición que, efectivamente, va tomando fuerza gracias a su gran impulso en el mundo anglosajón (aunque creo que Conill-Sancho exagera) será cada vez más intenso y fuerte. No creo que se quede en una simple moda, señor Conill-Sancho. Aunque, por supuesto, lo que yo crea sobre un futuro posible es irrelevante.

Hasta hace unos veinte o treinta años, filosofía de la ciencia y filosofía de la física eran una y la misma cosa. Los filósofos de la ciencia más importantes (los neopositivistas, Popper, Kuhn, Lakatos, etc.) habían convertido la reflexión sobre la física en el tema hegemónico. Más allá, la nada. A fin de cuentas, la física se consideraba la ciencia paradigmática y cuasiperfecta. Pero con el tiempo la situación ha ido cambiando. La filosofía de la física actual parece estar cada vez más desgastada y manida; hay además muy pocos visos de que vaya a cambiar. ¿Qué podría ocupar su lugar?

La filosofía de la biología se presenta como una candidata con mucha fuerza y ya ha traído a su campo a ex-filósofos de la física reciclados. Aunque sus teorías no tienen una estructura matemática tan desarrollada como las teorías físicas (incluso se debate si es una “ciencia dura”, con leyes), de la biología contemporánea se derivan unas consecuencias más directas para el Homo sapiens sapiens, su naturaleza y su lugar en el mundo. Entendido de forma amplia, el darwinismo -sé que algunos tienen reparos con ese “-ismo”- tiene una fuerza demoledora y vitriólica sobre la vieja antropología filosófica. El ser humano es algo temporal y convencional, una forma (desde nuestra perspectiva) relativamente estable que adopta un acervo génico determinado. No existimos desde siempre y nuestra existencia no está metafísicamente garantizada en el futuro. A su vez, la singularidad de las teorías biológicas y de sus conceptos abre un entorno interesante donde reflexionar.

En 2007, John Wilkins propuso una serie de libros básicos para adentrarse en el intrincado universo de la filosofía de la biología. Son muy buenos (en especial el de Sober) y no los repetiré aquí. Ahora haré mi propia selección, que tiene una (obvia) impronta personal y arbitraria.

Manuales:

  • Un manual realmente viejuno (publicado en inglés en 1973) es La filosofía de la biología de Michael Ruse. Todo un clásico que no se reduce al tratamiento teórico de la teoría de la evolución, como suele ser habitual. También habla de genética (mendeliana y de poblaciones), de taxonomía, del problema de la teleología y de la relación entre la biología y la física.
  • La vida bajo escrutinio: Una introducción a la filosofía de la biología, de Antonio Diéguez. Lo estoy leyendo ahora y es de 2012. Creo que es el más adecuado para estudiantes y gente que quiere un primer contacto con este tema (además, incluye un glosario muy sencillo con términos científicos). El de Ruse empieza mucho más hardcore. Tiene un capítulo final sobre evolución y naturaleza humana donde toca temas como el de la psicología evolucionista y sus críticas, así como las distintas epistemologías evolucionistas que se han formulado.

Temas:

  • El azar y la necesidad: ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna, del biólogo francés Jacques L. Monod. Indispensable. Una visión materialista y desencantada del universo. Algunos biólogos lo ven como un mero ejercicio periodístico.
  • La peligrosa idea de Darwin, de Dan Dennett. La traducción al español es horrorosa y merece un buen chorro de napalm. En general, se trata de un libro que toca muchos temas relacionados con el darwinismo (quizá demasiados) desde el particular sentido del humor de Dennett. Su tesis principal es que la teoría de la selección natural tiene una naturaleza algorítmica que no se reduce a la biología. Asimismo, Dennett entra en la polémica del panadaptacionismo panglossiano (el error de considerar que todos los rasgos son adaptativos) con Jay Gould y Lewontin. Es mucho más justo con ellos que Steven Pinker, por ejemplo.
  • Evolución para todos de Dylan Evans y Howard Sellina. Probablemente lo más divulgativo que existe sobre evolución. Tiene dibujos y viñetas en cada página y el nivel general es el más básico posible. Trata desde la cladística al altruismo recíproco de Trivers. El tono es claramente favorable al gen egoísta de Dawkins y a la psicología evolucionista.
  • Sociobiología: la nueva síntesis, de Edward O. Wilson. Un libro de 1975 que causó una tremenda polémica y por eso tiene gran interés para nosotros. Es muy caro comprárselo (es una Biblia muy gorda con dos columnas por página) y creo que eso entra dentro del ámbito del frikismo. Pero al menos vale la pena leer alguno de sus capítulos, sobre todo el final, dedicado al ser humano. Muy bonitas ilustraciones.
  • El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta, de Richard Dawkins. Lo conoce todo Dios y es una obra de divulgación fundamental en una estantería. Explica las teorías sobre el altruismo animal que se barajaban en torno a la década de los 70. Las secciones sobre teoría de juegos pueden marear a algunos, pero valen la pena. Es indispensable comprárselo con los comentarios de 1989, algunos muy humorísticos.
  • No está en los genes. Racismo, genética e ideología de Lewontin, Rose y Kamin. Los autores critican lo que llaman “determinismo genético”, que según ellos impregnaría los dos libros anteriores y tantos otros. Pero no se limitan a atacar la sociobiología de su época, sino también cualquier exceso “biologicista” de la biología, también en el pasado. Tiene un toque de denuncia muy pronunciado, a veces derivando hacia posturas extracientíficas, políticas. Lo de la “biología dialéctica” es una trivialidad.
  • The Extended Phenotype, de Richard Dawkins. Aunque parezca increíble, este libro de 1989 no está traducido al español. En algunos aspectos es mucho más importante y controvertido que El gen egoísta. Dawkins se dedica a contestar críticas y a seguir con la polémica.
  • La vida maravillosa. Burgess shale y la naturaleza de la historia, de Stephen Jay Gould. No se trata de la simple descripción del yacimiento de fósiles de Burgess shale (con muchas inexactitudes). Es un ensayo sobre el papel de la contingencia histórica en la evolución y en nuestra propia existencia. Establecer “leyes” parecería imposible o increíblemente complicado.
  • La hormiga y el pavo real: el altruismo y la selección sexual desde Darwin hasta hoy, de la filósofa Helena Cronin.  Otra obra que trata el altruismo y la selección sexual con una buena prosa.
  • Evolutionary Genetics, de John Maynard Smith. No todo va a ser divulgación. Droga dura.
  • La revolución darwinista (La ciencia al rojo vivo), de Michael Ruse. Un recorrido histórico genial por la sociedad británica del siglo XIX. Se habla de Lamarck, de la polémica con la geología de Charles Lyell, de toda la obra de Darwin y su proceso de formación (y su faceta como geólogo autodidacta). Recomendadísimo.
  • El misterio de los misterios, de Michael Ruse. El autor investiga la relación entre las vidas de los principales autores evolucionistas y sus teorías, intentando saber si tenía razón Kuhn o Popper. Curioso y bastantes cotilleos personales.
  • Cualquier obra recopilatoria de los ensayos de Stephen Jay Gould es interesante desde un punto de vista teórico. Tiene un estilo algo barroco y complejo, pero al final acaba enganchando. Espero que te guste el béisbol.
  • The Spandrels of San Marco and the Panglossian Paradigm: A Critique of the Adaptationist Programme de Jay Gould y Lewontin. No es un libro sino un famoso artículo crítico con las narrativas panadaptacionistas en auge. Obviamente los autores no reniegan del adaptacionismo como programa de investigación en biología, sino de su empleo exagerado.
  • Evolución de Andrés Moya. Una perspectiva muy interesante y unitaria entre ciencias y humanidades, donde el darwinismo actúa de espacio común explicativo. El autor sabe muy bien de lo que habla.
  • Vidas sintéticas de Ricard Solé. Un libro divulgativo sobre lo último de lo último en ese ámbito tan impresionante de la biología contemporánea llamado biología sintética. El autor es algo hostil con la filosofía (dice que ahora la ciencia responde las preguntas filosóficas, pero es que la filosofía no pretende responder preguntas científicas), aunque es un libro eminentemente filosófico.

Y eso. Se me han quedado muchos en el tintero y existirán otros mejores que éstos que todavía no conozco. Pero espero que esta guía sea útil.

Cuando un visitante contempla la catedral de León puede quedar realmente asombrado por su elegante diseño. Quizá, incluso, hasta llegaría a plantearse por qué ese edificio está configurado de esa manera concreta y no de cualquier otra: podría estar pintado de azul, tener diez naves en lugar de tres o un mosaico gigante de estilo bizantino en lugar del rosetón principal del pórtico central. Desde luego, es una pregunta de lo más interesante cuya respuesta consistiría en una explicación del arte gótico —el estilo en el que se enmarca el edificio—, del que son típicas estructuras arquitectónicas como los arcos ojivales, las bóvedas de crucería o las enormes vidrieras por las que penetra abundante luz. A su vez, la arquitectura gótica requiere de conceptos como Medievo, cristianismo, burguesía y cultura urbana para ser comprendida. Y así sucesivamente. Este tipo de apelación a causas culturales, religiosas o sociales lo llama el físico teórico David Deutsch explicación de alto nivel. Pero, ¿hay otras posibles explicaciones de por qué fue construida la catedral de León en el siglo XIII justamente así?

Sí, están las hipotéticas explicaciones de nivel inferior o reduccionistas. Si el edificio, como sabemos por la física contemporánea, es una entidad natural compuesta de átomos y éstos siguen las leyes físicas conocidas, ¿no cabe la posibilidad de explicar su existencia como el resultado final de un intrincadísimo movimiento de partículas y moléculas que hoy un día no podemos computar? Así pues, en un futuro próximo o lejano acaso sería posible que diseñemos una especie de super-ordenador (una versión contemporánea del antiguo demonio de Laplace) que sea capaz de, a partir de un estado inicial del universo, determinar y mostrarnos un informe de datos con las trayectorias, los choques y todas las vicisitudes de las partículas del mundo relacionadas con lo que llamamos Edad Media, arte gótico y catedral de León. Muy bien, ¿y entonces qué? Aunque daríamos cuenta con una precisión muy alta de por qué los átomos de la catedral están allí y estructurados de aquella forma específica, no lograríamos explicar nada útil si prescindimos de los conceptos de alto nivel que mencionamos anteriormente. De nada nos sirve mencionar como causa a un conjunto aséptico de vectores sin hablar del contexto socioeconómico del León medieval o del simbolismo de la luminosidad en el gótico. En este sentido, las explicaciones rigurosas y completas deben aunar factores de niveles superiores e inferiores para conseguir un valor explicativo fructífero.

Desde la década de los años treinta del siglo XX, algunos filósofos se han propuesto unificar las ciencias o reducirlas a la física básica. Al fin y al cabo, si todo lo existente en el universo (el universo cognoscible, de los fenómenos) está compuesto de materia y energía, también los presuntos aspectos “elevados” y propiamente humanos como las experiencias estéticas del arte o la religión (y sus derivados, como las catedrales) serían reducibles a quarks o elementos fundamentales de la materia. Esta postura filosófica es conocida como fisicalismo y tiene numerosas variantes. Para comprenderlo debemos tener en cuenta que todo pensamiento estético o religioso, por ejemplo, está en la mente o el cerebro de un individuo. Ese individuo ha evolucionado, como todos los seres vivos, a partir de la selección natural darwiniana. Del mismo modo, los componentes de la vida son elementos de la tabla periódica, algunos cocinados por la alquimia estelar (en expresión de Carl Sagan), y el propio hidrógeno presente ya desde el Big Bang, que juntos conforman, en suma, la base de todo. Además, en un universo cerrado donde sólo hay interacción entre materia y energía no hay mucho lugar para entidades sobrenaturales como dioses o fuerzas místicas. Ni siquiera dentro de la misma catedral de León, que únicamente parece ser un homenaje a la laboriosidad y el buen hacer de los artistas medievales de la Corona de Castilla.

La continuidad sustancial ontológica de la composición de una lechuga, un rascacielos y el Dalai Lama es clara. Todos tienen en común su naturaleza como entidades materiales compuestas de quarks. En ese sentido no hay diferencia en cuanto a su sustancia constitutiva básica, pero sí en cuanto a organización de esos quarks y átomos; por eso tales entidades presentan aspectos distintos y las propiedades particulares que les caracterizan. Tanto la organización atómica como la complejidad decretan el aspecto observable del amasijo de partículas que compone todas las cosas materiales y, en definitiva, son realmente importantes para la ciencia. Y aunque las explicaciones a partir de quarks no posean un valor práctico, no hay razones fuertes para suponer que hay algún tipo de desnivel misterioso e insalvable entre las cosas materiales. A pesar de su inutilidad, las descripciones reduccionistas son posibles gracias a los elementos básicos que todas las cosas del universo tienen en común.
Publicado por primera vez en Hablando de Ciencia.

En estos días de sordidez sacra, estoy leyendo la sugerente obra Positivismos y antipositivismos: la herencia del siglo XX (2009) de Jose María Chamorro, así que dedicaré las primeras entradas de este blog a las impresiones que me cause. Chamorro es un prácticamente desconocido ex-profesor de la facultad de Filosofía de la Universidad de La Laguna que he tenido el placer de descubrir. Es naturalista y materialista, pero no fisicalista, ya que prefiere una posición sistémica y lo que él denomina una «epistemología pragmatista», a la que dedicaré uno o dos post. En el capítulo Rasgos de un positivismo razonable (p. 28), Chamorro describe qué entiende por una persona materialista:

«Así que voy a considerar que es materialista el que cree que toda la realidad está hecha con la misma sustancia y que por tanto el hombre, como producto de la evolución, pertenece a esa realidad, en la que las distintas entidades se diferencian por el tipo y grado de complejidad, no por su composición última. De lo que se sigue que tanto en los grandes sistemas sociales – en la evolución social en general – como en la conducta humana individual funcionan las determinaciones causales propias de lo material (podamos describirlas o no en un momento dado o respecto a un momento dado)».

Como me comentó en Twitter el autor del blog La Revolución Naturalista , la apuesta ontológica por la existencia de una única sustancia como constitutiva última del cosmos es, hoy por hoy, una cuestión científica abierta. ¿Y si resulta que realmente hay más de una o múltiples sustancias e incompatibles entre sí? ¿Falsaría ese descubrimiento al materialismo, del mismo modo que si el hecho de que el universo no estuviese causalmente cerrado echaría por tierra al fisicalismo?  A falta de mejores datos, apostar por una única sustancia es racional según el principio de parsimonia hasta que se demuestre lo contrario. Tampoco creo que la corroboración de un universo plurisustancial conllevase la aniquilación de validez de la ontología materialista, sino más bien de esta definición concreta de materialismo, de carácter monista. El materialismo puede adoptar formulaciones pluralistas, a tenor de lo que entendamos por materia. La idea principal, creo, es que no existe intervención de agentes sobrenaturales como almas o dioses, esto es, de entidades no materiales. Dice el propio Chamorro en una nota que «algunos que no desean pronunciarse sobre la alternativa materialismo-dualismo aducen que no se ha conseguido definir con precisión qué es la materia. Bien, menos precisión se ha conseguido aún a la hora de describir qué es lo no material».

En todo caso, la posibilidad de que la propia ontología materialista pueda ser falsada es un punto positivo popperiano a su favor. Al fin y al cabo, supondría que es una hipótesis científica más, dependiente del avance en las ciencias empíricas. No es, ni mucho menos, una postura propedéutica o una filosofía primera, para decirlo con Quine, sino que formaría parte del corpus de conjeturas científicas.