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Desde un punto de vista puramente biológico la respuesta parece obvia: claro que existe. Pero la humanidad biológica de la especie Homo sapiens sapiens no es la Humanidad de la que quiero hablar hoy. Me refiero a la Humanidad de la promoción de la ciudadanía global, del cosmopolitismo y también considerada como una especie de sujeto histórico. La Humanidad hace tal cosa, la Humanidad se encamina hacia tal objetivo, la Humanidad quiere y piensa.

Yo estoy de acuerdo con los autores que afirman que esa Humanidad política no existe y que incluso no sería conveniente que existiera si ello supone el fin absoluto del ἀγών propio de la política. El Estado universal de Kojève del fin de la historia, que conduce a la homogenización de todas las creencias, no creo que sea deseable ni posible sin un grado inmenso de violencia previa pacificadora. Como ya defendí hace unos meses, mi impresión es que lo que tenemos son grupos humanos diversos dentro de naciones políticas particulares, cada una defendiendo (oh, sorpresa) sus propios intereses. Mientras que hay una cierta clase de parecido biológico entre todos los habitantes humanos de la Tierra (genético y fenotípico), a nivel social y político hay múltiples intereses contrapuestos y rivalidades, coexistencias, apoyos y conflictos sin fin. El campo de la política rezuma diferencias e incluso en algunos temas es, por así decirlo, geométricamente imposible el acuerdo: se impone el “o nosotros, o ellos”. El escenario de la dinámica entre Estados es hobbesiano, polémico y muchas veces desalmado. En ese sentido, el hecho de que aparezca la idea de ciudadanía global y de la posibilidad de una Humanidad con valores compartidos recuerda a la esfera de pensamiento del helenismo y el Imperio romano. Ambas épocas comparten la existencia de un Estado hegemónico o al menos una ecúmene cultural y políticamente predominante y también la nuestra, aunque cada día menos. También en ellas aparecieron filósofos que iban más allá de las clásicas reflexiones sobre la naturaleza de la polis y la πολιτεία y proclamaban que lo importante era ser un ciudadano del cosmos. O, como decía Séneca, que su patria era el mundo entero.

No es extraño que un ciudadano de un imperio universal se considere ciudadano del mundo. Al fin y al cabo, el mundo es el imperio, el imperio es la civilización y detrás del limes sólo hay naturaleza agreste y bárbaros.  El imperio es el poder por excelencia y un poder palpable, digno de ser admirado o temido. La ley del imperio, respaldada por su fuerza y potestas, invalidaba automáticamente todas las demás leyes si entraban en conflicto con ella. Cuando el filósofo Plotino le propuso al emperador romano fundar la ciudad de los filósofos, Platonópolis, el emperador (o el Senado) se dio cuenta de que la ciudad justa, la ciudad de la justicia universal supondría una desvaloración de todas las demás leyes, incluidas las del imperio. Y eso es el caos. En tanto que ley universal, la ley del imperio es la ley natural:

Hoy en día quizá suceda algo parecido y por eso está en boga la idea de cosmopolitismo. Cuando se piensa en la ciudadanía global se tiene en mente a los Derechos Humanos, que creo que son un producto característico de eso que denominamos civilización occidental (es decir, no bajaron del cielo) y que tuvieron un papel importante en la posguerra frente a los horrores del nazismo todavía frescos y como denuncia en la Guerra Fría de los regímenes del bloque comunista. Los Derechos Humanos, desde luego, no son propiamente políticos ni legales sino eminentemente éticos. Quizá cuando son respaldados y promocionados fuertemente (institucionalmente) por un Estado cobran una dimensión política. Alguien podría decir que la ONU es una especie de protoestado mundial pero se asemeja más bien a un club de países (democracias, dictaduras y tiranías) con un poder legitimador más bien a nivel formal, algo así como el Papado en el pasado. Por supuesto, la imagen hay que cuidarla y mejor tener legitimidad que no tenerla.

Uno de mis sesgos en política (si es erróneo espero quitármelo pronto) es asumir casi de manera intuitiva el llamado realismo político. Eso no significa que ignore las formas o lo que los politólogos llaman el soft power. Tampoco que me tome siempre muy en serio a analistas que tienden al determinismo geográfico como Kaplan. Significa que en el reino de la política tiendo a pensar a nivel de Estado y que considero que Maquiavelo básicamente tenía razón. Por ejemplo, me parece convincente la idea de que la integración europea y la pax europea debe mucho más al paraguas nuclear norteamericano y a sus soldados que a buenas voluntades, al comercio o a que el Espíritu soplaba en la historia en una determinada dirección. La integración europea actual no empieza en un momento cero tras la Segunda Guerra Mundial, sino que podría ser un proceso heredero justamente de la pacificación de Europa, la neutralización bélica de las tensiones acumuladas y el posterior despliegue de 400.000-350.000 tropas estadounidenses en suelo europeo. Sin esas condiciones a mi entender es muy difícil imaginarla, aunque esto sea un contrafáctico muy discutible. La cuestión sigue abierta.

La perspectiva globalista a veces olvida que Brooklyn no se expande. Pensar en términos cósmicos o apolíticos no nos exime del hecho de que somos ciudadanos de naciones políticas concretas en las que vivimos día a día y en las que estamos socializados. Las fronteras sí que existen pues el Estado tiene el monopolio de la violencia dentro de sus límites (excepto en los Estados fallidos que no pueden controlar parte o todo su territorio, claro). Y creo que pocas cosas hay más reales que el peso del poder y, sobre todo, que los efectos del poder sobre el mundo. ¿No se manifiesta la materialidad del poder político en toda su magnitud cuando se aprueba un test de explosión nuclear? Si Ian Hacking suele decir que la ciencia es transformación del mundo (y esa transformación es real y efectiva, parte de la ciencia), lo mismo ocurre con el poder político. Por todo eso tengo la idea de que la Humanidad está efectivamente separada y se trata de una separación tajante y material. Así pues, es como si no existiera.

PS: Por alguna extraña razón WordPress no me deja insertar enlaces.

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