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Como revela mi última entrada, estoy leyendo estos días el De rerum natura de Lucrecio, en concreto la fantástica edición de Gredos a cargo de Francisco Socas. Ya había realizado algunas incursiones a esta gran obra tiempo atrás, pero ninguna había sido tan arriesgada ni prolongada como la presente. Así que voy a escribir aquí mis primeras impresiones:

1) Estamos ante un poema filosófico sobre la totalidad del mundo. Trata de todo lo tratable: desde  los principios generales del movimiento y de la existencia hasta el origen del lenguaje, pasando por el magnetismo, la lluvia, los terremotos, el funcionamiento de la mente, el origen de las especies y mucho más. Por eso podríamos traducir igualmente el título (De rerum natura) por La naturaleza o La realidad. Justamente la pretensión de Lucrecio parece la de mostrarnos la verdad desnuda de las cosas a través del pensamiento de Epicuro, su maestro y dios entre los hombres. Sólo el verdadero conocimiento de la naturaleza (I, 146-148) sirve de φάρμακον frente al miedo a la muerte (o el aferrarse a la vida), los males que aquejan y atemorizan a los hombres, la superstición y la religión.

2) Los antiguos solían poner cierto énfasis en las palabras iniciales de sus escritos. En ellas concentraban en ocasiones el tema principal de toda la trama. La Ilíada comienza con Μῆνιν (cólera) y la Odisea con Ἄνδρα (hombre, varón). Efectivamente, el eje central de la Ilíada es la cólera de Aquiles y sus consecuencias y la Odisea trata de las peripecias de un hombre singular, Odiseo, por regresar a su Ítaca y restaurar el orden natural. De rerum natura empieza con Aeneadum  y  es posible decir algo sobre ello. Por ejemplo, que es una forma específicamente helénica y no latina de referirse a los descendientes o hijos del héroe troyano Eneas. Es decir, los romanos. Lucrecio habla a los romanos, sus lectores objetivos (especialmente un tal Memio), desvelándoles lo que considera lo más granado y oscuro del pensamiento griego en su poema.

3) El proemio es una invocación a la diosa Venus. ¿Cómo es posible esto en un epicúreo, sobre todo si tenemos en cuenta lo que viene después? ¿Es un recurso poético? ¿Es una Venus simbólica? ¿Representa simplemente la generación de las cosas o el deseo en sentido filosófico, lo que en el Banquete de Platón aparece como Ἔρως? ¿Es Venus la fuerza de la alegría y de la sonrisa y, por consiguiente, el símbolo del epicureísmo para Lucrecio? Estamos ante un misterio sobre el que ha corrido mucha tinta, como nos comenta Francisco Socas en una nota a pie de página. Y si tenemos en cuenta que el poema termina con la peste de Atenas estamos todavía más perdidos. Algunos autores han comentado que Lucrecio se disfraza de pre-epicúreo en las primeras partes y que desata su concepción más descarnada de lo real conforme avanzan los versos. Es como si nos dijera una oculta vocecilla “si has llegado hasta aquí, no te contaré milongas”.

4) Porque sí, el final de De rerum natura es una descripción increíblemente gráfica de la peste de Atenas. Se encuentra en el Libro VI, que tiene una estructura muy peculiar. Y es que abre con un elogio a la ciudad de Atenas y de Epicuro (el creador de la doctrina salvadora) y acaba con el colapso de Atenas y de todas sus costumbres morales e instituciones religiosas a causa de la epidemia. ¿Qué es lo que debemos concluir con el libro VI, si es que hay que concluir algo? Si la Πολιτεία de Platón finaliza con un εὖ πράττωμεν, De rerum natura no parece tan claro.

5) ¿Por qué un poema de hexámetros dactílicos y no un tratado al uso? Se ha afirmado que Lucrecio quería “endulzar” con un tono poético una doctrina en principio impersonal y fría, en la que el hombre se ve reducido a muy poca cosa. Él mismo lo asegura en IV, 9-25, cuando compara su empresa poética con darle a un niño un remedio asqueroso de ajenjo untado con licor de miel. Lucrecio parece totalmente consciente de que las tesis de su poema generan repulsión y espanto entre sus contemporáneos y por eso las unta con “la grata miel de las Musas” (IV, 23). No es descabellado entonces afirmar que Lucrecio usó la forma poética para evitar un escándalo o un rechazo absoluto y violento de su poema y de su persona. Una cita interesante:

«En estas cuestiones temo lo siguiente: que acaso creas que te estás iniciando en los rudimentos de una doctrina irreverente o emprendiendo un camino de crímenes». (I, 79-81).

6) Se ha hablado también del tono religioso (¿irónico?) con el que trata a su maestro Epicuro. Lo representa como un Hércules del pensamiento. Entre otras posibles citas:

«[…] un dios, un dios fue aquel, ilustre Memio, que por vez primera halló ese fundamento del vivir que ahora llamamos “filosofía”, y que con artificio hizo venir la vida desde tan grandes tempestades, desde tan grandes tinieblas, hasta una calina tan grande, hasta una luz tan clara». (V, 7-13)

«Así pues, quien sojuzgue todos estos males y los eche fuera del corazón con palabras, no con armas, ¿no convendrá que ese hombre entre por merecimientos en el grupo de los dioses?, sobre todo si tuvo por costumbre transmitir a los propios mortales muchas palabras concertadas y divinas, y con tales palabras desvelar la naturaleza toda de la realidad». (V, 48-54).

7) En I, 62-78, Lucrecio aventura que “un griego” (Epicuro o los primeros filósofos antirreligiosos, no está claro) fue “el primero en romper los apretados cerrojos de la naturaleza” (I, 70) pues “la vívida fuerza de su mente triunfó y avanzó lejos, fuera de los muros llameantes del mundo” (I, 70-72). Al salir del cosmos su mente conoce totalmente la naturaleza de las cosas y la infinitud. Este griego es descrito como si fuera un héroe épico que se enfrenta a fuerzas abismales y atemorizantes, el único humano en hacerles frente con “sus ojos mortales” (I, 65-66). Hay aquí una ecualización de los hombres que aceptan la realidad sin temor con lo más alto.

8) Las traducciones low-cost de muchas obras de Leo Strauss son para salir corriendo:

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Si es posible, hay que leerlo siempre en inglés.

«Puedo muy bien presumir, santo padre, que algunos, al saber que en este libro mío De revolutionibus orbium caelestium adjudico algunos movimientos a la Tierra, exclamarán que, ya que sostengo tales puntos de vista, deberían sacarme a silbidos del escenario […] Por ello he dudado durante largo tiempo en publicar estas reflexiones escritas para demostrar el movimiento de la Tierra, pues pensaba que tal vez fuera mejor seguir el ejemplo de los pitagóricos y otros, que se limitaron a impartir sus misterios filosóficos sólo a sus íntimos y amigos, sin escribirlo, transmitiéndolos de boca en boca, como atestigua la carta de Lisis a Hiparco. […] Al considerar este asunto, el miedo a las burlas que mi nueva y aparentemente absurda opinión arrojaría sobre mí casi me persuadió de abandonar el proyecto».

Nicolás Copérnico. Dedicatoria al papa Pablo III de su obra Sobre las revoluciones de los orbes celestes.

«[…] ningún problema ha dado lugar a más nobles y bellas especulaciones […] que el de saber si el uso de las matemáticas en la física […] es oportuno o no […]. Es bien sabido que Platón creía que las matemáticas son particularmente apropiadas a las investigaciones de la física, por eso él mismo acudió en varias ocasiones a ellas para explicar los misterios físicos. Pero Aristóteles mantenía un punto de vista muy diferente y explicaba los errores de Platón por su excesiva adhesión a las matemáticas».

Jacopo Mazzoni. Citado en A. Koyré, “Galileo y Platón”.

«Y en medio de todo permanece el Sol. Pues, ¿quién en ese bellísimo templo pondría esa lámpara en otro lugar mejor, desde el que se pudiera iluminar todo? Y no sin razón le llaman lámpara del mundo […]».

Nicolás Copérnico. Sobre las revoluciones de los orbes celestes.

«La Geometría es una y eterna,  y resplandece en la mente divina, siendo la participación en ella concedida a los hombres una de las causas de que éste sea imagen de Dios.

[…]

En verdad, el Sol está en el centro del mundo, es el corazón del mundo, la fuente del calor, el origen de la vida y del movimiento mundanal. Y parece que el hombre debe renunciar con ecuanimidad a ese trono regio. El cielo es para el Señor celestial, el Sol de la justicias, si bien otorgó la Tierra a los hijos de los hombres. Pues si bien Dios no tiene cuerpo ni precisa de un habitáculo, con todo, más poder con que gobernar el mundo se manifestará en el Sol (en el cielo, como se dice en varios lugares de las Escrituras) que en todos los demás globos».

Johannes Kepler. Conversación con el mensajero sideral.

Empieza una nueva sección en este blog, parcialmente inspirada en Lo mejor de la semana de Hablando de Ciencia. En lugar de noticias, por aquí colgaré citas que me hayan parecido interesantes a lo largo de una semana. Debo recalcar, eso sí, lo de interesantes: el hecho de que una cita esté expuesta en esta sección no significa que yo comparta su contenido o que esté de acuerdo (ni en desacuerdo). Las valoraciones en los comentarios. Como se suele decir por TwitterRT ≠ endorsement.

«Cambiar la vieja imagen del mundo no fue algo que se hizo con facilidad y sin rodeos. Por ejemplo, para nosotros, los fósiles son una muestra clara de la antigüedad de la Tierra. Pero eso está tan claro únicamente porque consideramos que los fósiles son restos de organismos que dejaron de existir hace mucho tiempo. Pero para un pensador neoplatónico del Renacimiento era mucho más natural pensar que los fósiles son manifestaciones de las Ideas platónicas plasmadas en el mundo de la materia inerte, del mismo modo que los organismos serían manifestaciones de dichas Ideas plasmadas en el mundo de la materia animada […] Esa interpretación no establece una relación biunívoca entre fósiles y seres vivos extinguidos, relación a la que sólo se llegó después de años de intensas deliberaciones».

Michael Ruse. La revolución darwinista (La ciencia al rojo vivo).

«Los seres organizados se distribuyen según una organización arbórea con ramificaciones irregulares […] el árbol de la vida se debería llamar quizá el coral de la vida, en donde las ramas soportes están muertas, por lo que las comunicaciones intermedias no son visibles».

Charles Darwin. Cuaderno de notas sobre las especies B.

«En efecto, biologizar al hombre hasta en sus resquicios más recónditos es el penosísimo proceso de mostrar nuestra vulnerabilidad total ante lo que se nos antoja un cosmos completamente ajeno a lo que se puede denominar nuestra problemática existencial, por mucho que se intente promocionar un “principio antrópico” o similares que nos siguen dejando donde estamos, ilusiones aparte».

Carlos Castrodeza. La darwinización del mundo.

«Ningún lector de la revista Science se conformaría con la explicación de que la razón por la que buscamos las causas que gobiernan el universo no tiene otra base que la de ayudar a los animales humanos a alimentarse y reproducirse. Más bien insistirá en que lo único que le da sentido a su perpetuación es el desarrollo de las ideas racionales y el avance de la racionalización en el entendimiento de lo que existe».

Charles S. Peirce. “Definición y función de una universidad”.

En un discurso de 1894, el físico y futuro premio Nobel (1907) Albert Abraham Michelson dijo lo siguiente:

«Las leyes fundamentales y los hechos más importantes de la ciencia física ya han sido descubiertos, y actualmente están tan firmemente establecidos que la posibilidad de que sean alguna vez suplantados como consecuencia de nuevos descubrimientos es sumamente remota. […] Nuestros futuros descubrimientos habrá que buscarlos en la sexta posición de la coma decimal».

Lo curioso es muy pocos años más tarde, gracias a sus experimentos sobre la velocidad de la luz con Edward Morley, el propio Michelson contribuyó a colocar los fundamentos de la relatividad especial de Albert Einstein. Una teoría novedosa que rompía con el modelo del universo newtoniano que tanta seguridad y certeza le daba a Michelson en 1894. La física ya no estaba completa y acabada, como la cosmología de Aristóteles. Quedaba todavía mucho por hacer.