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«Y en general se puede decir que ninguno de cuantos escribieron o enseñaron a finales del siglo V en Atenas se atrevió a emitir con sinceridad el juicio que le merecían los dioses de la tradición; ni el mismo Demócrito, que de hecho los eliminó del gobierno del mundo, ni el propio Pródico, que vino a asimilarlos a los fenómenos de la naturaleza. Tan sólo Critias, el execrado y sanguinario tirano pariente de Platón, se atrevió a proclamar en una obra teatral, quizás representada durante el régimen de los Treinta, que los dioses habían sido el invento de un sabio y antiguo legislador para atemorizar a los hombres y obligarles en todo momento a la observancia de las leyes».

Luis Gil. Censura en el mundo antiguo.

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La tesis XI sobre Feuerbach es una de las más populares y conocidas de Marx:

 «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

Pero también es muy dudosa e incierta. Los filósofos anteriores a Marx no se dedicaron exclusivamente a la vida contemplativa ni a generar teorías uránicas, pues muchas de sus afirmaciones estaban imbricadas fuertemente en el tapiz político de su patria y de su época. Si nuestras fuentes son fiables, ya Tales de Mileto propuso a los jónicos una unión federal inteligente para hacer frente al imperio persa y Parménides fue todo un legislador. Las relaciones entre Platón y la política de Siracusa son bien conocidas, si hemos de creer lo que nos cuenta el filósofo en su famosa Carta séptima. Aristóteles, por su parte, fue el tutor de Alejandro Magno y el fundador más serio de la política comparada; un hombre de pensamiento práctico que tuvo influencia enorme entre los tratadistas políticos posteriores. Durante el imperio romano, algunas sectas filosóficas (los cínicos y los estoicos) ejercieron una actividad política potente, sobre todo durante y después de Nerón. Esto nos cuenta el historiador Dión Casio sobre el filósofo Helvidio Prisco:

 «[…] era turbulento, buscaba el favor del pueblo, inculpaba constantemente a la realeza y alababa la democracia; y estando en consonancia sus acciones con sus ideas, había formado un grupo de oposición, como si la tarea de la filosofía fuera insultar a los que ocupan el poder, alborotar a la masa, derribar el régimen establecido e introducir un cambio de situación».

Historia romana, LXV 11, 2.

Para apoyar esta tesis no creo que sea necesario hablar también del compromiso político de Guillermo de Ockham, del olvidado Marsilio de Padua, de Maquiavelo, de Hobbes, de Spinoza, de Rousseau, de Hegel, de Schelling y demás, por mencionar a los más importantes. Los filósofos han estado implicados en la política desde siempre. Y como explica Mark Lilla, a veces con consecuencias imprudentes —especialmente en nuestro tiempo—.

 «El descrédito del epicureísmo , efectivamente, fue en vertiginoso aumento, así como el desprecio que inspiraban sus adeptos entre paganos y cristianos. La campaña entablada en el siglo II en su contra fue feroz: astrónomos como Cleomodes, que se quejan amargamente de la tolerancia de las autoridades con la secta, médicos como Galeno y filósofos de las más diversas tendencias le asestaron los golpes más rudos. Sin contar, claro está, la polémica de los cristianos. El tachar de epicúreo solapado a Celso, el autor del Discurso verdadero, es el mayor oprobio que se le puede ocurrir a Orígenes, para desacreditarle incluso ante los mismos paganos, cuando la verdad era que Celso había sido un platónico. Dionisio de Alejandría, Eusebio y Lacancio harán amplias refutaciones de las doctrinas de Epicuro en la segunda mitad del siglo III y a principios del IV. Pero sus golpes caían ya sobre un cuerpo moribundo: Juliano el Apóstata podía, a mediados del siglo IV, expresar su satisfacción por la decadencia de la secta y la desaparición de sus escritos, y a finales del mismo siglo, extender san Agustín definitivamente su partida de defunción»

Luis Gil. Censura en el mundo antiguo.

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«El temor supersticioso al rayo, ante el que no hay protección, está ampliamente difundido. Los mongoles, dice el monje franciscano Rubruk, que llegó hasta ellos como enviado de San Luis, temen sobre todo al trueno y al rayo. Durante el temporal expulsan de sus yurtas a todos los extranjeros, se envuelven ellos mismos en fieltros negros y se esconden allí hasta que todo haya pasado. Se abstienen (informa el historiador persa Rashid, que estaba a sus servicios) de comer la carne de un animal alcanzado por el rayo, y ni siquiera osan acercársele. Entre los mongoles todo tipo de prohibiciones sirven para obtener el favor del rayo. Ha de evitarse todo lo que pueda atraerlo. El rayo es a menudo el arma principal del dios más poderoso».

Elías Canetti. Masa y poder.

«Pero al pretender mostrar que la naturaleza no hace nada en vano (esto es: no hace nada que no sea útil a los hombres) no han mostrado —parece— otra cosa sino que la naturaleza y los dioses deliran lo mismo que los hombres. […] la naturaleza no tiene fin alguno prefijado, y que todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas […]».

Baruch Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico.

«[…] los hombres se guían más por el ciego deseo que por la razón […] la naturaleza no está encerrada dentro de las leyes de la razón humana, que tan sólo buscan la verdadera utilidad y la conservación de los hombres, sino que se rige por infinitas otras, que se orientan al orden eterno de toda la naturaleza, de la que el hombre es una partícula […]».

Baruch Spinoza. Tratado político.

«Under the pen of Thucydides, the heroic legend thus becomes history, and the very name of the Aegean Sea carries within it the aetiological relationship between the colonial and economic power of Minos over the islands of which the center is Delos and the enthroning of Theseus in Athens as a democratic king following his father’s suicide. Foreshadowed in an early era by Minos’ civilizing activities in the former Cretan Sea, the taking of political and economic control by Athens in the Aegean Sea would be consecrated by the creation of the Delian League just after the Persian Wars, with Delian Apollo’s sanctuary serving as its cultic and administrative center […]».

Claude Calame. “Greek Myth and Greek Religion” en The Cambridge companion to Greek Mythology.

«La filosofía griega en su conjunto tiene un marco mítico. […] El mito no es algo de lo que el hombre se pueda liberar radicalmente, como si tal cosa. […] En nuestros días, se suele calificar como mitos a ciertas representaciones y motivos del pensamiento común, operativos pero acríticamente aceptados, constituidos con fines ideológicos o que irreflexivamente descansan sobre fundamentos ideológicos. En el sentido profundo y radical del término, el mito es otra cosa.

Tal y como yo lo entiendo, el mito es algo sin lo cual el hombre difícilmente podría vivir. No por motivos externos, como en el caso de la ideología, en el que el hombre plantea en cierto modo exigencias ante la realidad. El hombre no puede vivir sin el mito porque el mito es verdadero».

Jan Patočka. Platón y Europa.

«Por un lado, Platón presenta el mito en una clara oposición al logos. Por otro, no se debe ignorar que, aparte de la claridad de la oposición semántica, Platón difumina conscientemente en algunos casos la frontera entre el mito y el logos».

Thomas Szlezák. Leer a Platón.

1) Por lo visto, todos somos críticos y nadie es una oveja de nadie. Es muy difícil que alguien se describa sinceramente como un sujeto bovino aunque lo sea, pues todos nos queremos mucho a nosotros mismos y tenemos algo de pudor. La expresión “pensamiento crítico” la emplean y abanderan marxistas que critican al capitalismo, antisistemas anarquistas, posmodernos, liberales que critican al marxismo, críticos de la demagogia habitual en las redes sociales, los mismos demagogos criticados y demás. A “pensamiento crítico” le pasa hoy como a “democracia”, “pueblo” o “librepensador”: significan de todo o cualquier cosa. Para un quinceemista o un asambleísta nuestras democracias representativas no son auténticas democracias y para un defensor de la democracia representativa (entre los que me encuentro) la única democracia real ya es la democracia realmente existente y terrenal que parece probadamente superior, que se sepa, al resto de sistemas como mecanismo de agregación de preferencias, de legitimación política y eficacia técnica. La democracia participativa y pura del reino de los cielos aunque suena bien y todos los que apoyamos el Bien y estamos en contra del Mal parece que deberíamos estar a favor, arrastra una serie de problemas bien conocidos. Recapitulando, cuando observamos que una expresión se arroja con un sentido y con su contrario (como el insulto “fascista”) desde múltiples coordenadas ideológicas es que estamos ante una idea confusa, desgastada y ambigua que pide a gritos ser analizada.

2) Quizá consideremos como lo más deseable filosóficamente la existencia de un pensamiento crítico que sea fuertemente crítico con sus propios fundamentos. Eso implica un pensamiento crítico coherente consigo mismo, un pensamiento descreído. Pero generalmente de lo que somos testigos es de un pensamiento crítico ejercido desde algún tipo de fundamento muy sólido o cuasi axiomático. Es una postura frecuente en el terreno político y el ideológico y no tiene por qué ser irracional a priori en términos políticos. La contumacia de un apostolado puede servir de mucho, sobre todo si está sostenida institucionalmente. Yo tampoco estoy seguro de si podemos “escapar” a todos nuestros sesgos ni tampoco de si todos son realmente “malos”. Sin darle muchas vueltas, se me ocurren algunos que pueden ser heurísticamente muy útiles y racionales frente a la imposible asimilación, gestión y criba racional de cantidades inmensas de información.

3) Un pensamiento crítico descreído y consciente de la debilidad de sus presupuestos lleva aparejado unos costes cognitivos y sociales altísimos. Saber esto nos lleva a preguntar: ¿es posible una sociedad política democrática con una amplia mayoría de ciudadanos con pensamiento crítico descreído? Aunque algunas creencias mitológicas (en el peor sentido) se pasen de moda, ¿no nacerán eternamente otras? Es decir, ¿no estaremos siempre en el mismo punto de partida? O  dicho de otra manera: ¿es todavía posible el sueño ilustrado? ¿Hay respuesta a esto? Yo no tengo la menor idea.

4) La mejor manera personal que he encontrado para comprobar qué crítico es el (denominado) pensamiento crítico de una persona es enterándome de sus ideas políticas. He notado una especie de corte entre opiniones racionalistas en general y posturas políticas racionales. Y por lo visto la maquinaria sigue funcionando sin problemas, sin que exploten cabezas ni  se salpique nada de sesos como en Pulp Fiction. ¿Será que los costes cognitivos y sociales de un pensamiento crítico descreído en temas políticos son superiores al coste cognitivo y social del rechazo a la homeopatía?

5) A lo mejor la secularización total de la política es imposible aunque vivamos a la sombra del desencantamiento weberiano. En ocasiones parece que nos encanta vestir a las cifras con bonitos relatos, que las historias épicas mueven más pasiones que la aburrida contabilidad o la estadística.  Parece una eterna tensión con la que hay que lidiar y que, sobre todo, hay que comprender. Tampoco veo solución en el horizonte.

«Spinoza, en cambio [a diferencia de Hobbes], concibe a los individuos como representantes, desde el punto de vista humano, de la articulación del orden eterno en una jerarquía de partes y todos. Por tanto, puede aceptar las diferencias naturales (y no las convencionales) en los hombres como políticamente fundamentales. El carácter inexpugnable de estas diferencias naturales impondrá siempre una variedad de tipos y funciones entre los hombres en sociedad, y por tanto, de opiniones que no pueden ser destruidas en la unidad del poder gobernante, salvo al precio de destruir el propio orden social. Por consiguiente, Spinoza es un defensor de la democracia en que, por el bien de la filosofía (que salvaguarda los intereses de todos) debe permitirse la libertad de expresión para reflejar y satisfacer las diferencias naturales que hay en los hombres. En la medida en que la democracia es la encarnación de la enseñanza filosófica adecuada, regulará las opiniones de los hombres por medio de instituciones religiosas, sociales y políticas, pero no insistirá en una uniformidad de opinión.

[…]

Pero, para conservar la filosofía, el filósofo debe apoyar la democracia (que es en realidad la manifestación de su enseñanza política). De otro modo, cuando la opinión es tiranizada, la filosofía queda destruida por el dogma y la superstición. A la inversa, para conservar la democracia, debe apoyar la libertad de la filosofía. Los intereses de la filosofía y de la democracia coinciden, cuando unos y otros son debidamente definidos».

Stanley Rosen, “Baruch de Spinoza”, en Historia de la filosofía política.