Posts etiquetados ‘filosofía de la cultura’

«—¿Por qué quieres arrebatarle el poder a las Moiras?

—¿Es que ahora tienes dudas? —Una chispa peligrosa brilló en los ojos de Tubilok. Por un instante, los tres globos rojos destellaron en su rostro como fantasmas del pasado.

—Las dudas son una consecuencia inevitable de la inteligencia.

—¿Y por qué deben gobernar las Moiras inmutables el Onkos? —preguntó Tubilok en tono irritado.

—Nunca ha sido de otra forma. Entre las syfrõnes se cree que las Moiras son el origen de toda la realidad y que preexisten antes que todos los universos.

—¿Que algo haya sido siempre de una forma en el pasado significa que deba seguir siéndolo en el futuro?

—Futuro y pasado son lo mismo para las Moiras.

—¡Pues van a dejar de serlo! ¿Sabes por qué quiero derrocarlas?

—La verdad es que no —reconoció Mikhon Tiq.

—¡Porque la realidad debe evolucionar!

—Ya lo hace. Las Moiras han creado y crean todo tipo de universos.

Tubilok sacudió la cabeza.

—Está bien. Te diré la verdad, pero tú no se la repetirás a nadie, ni siquiera a ti mismo.

—No lo haré.

—Quiero derrocarlas porque soy un hombre. Porque en mi naturaleza está levantar la mirada a las estrellas y estirar la mano para tocarlas. Pero si un hombre, un hombre de verdad, descubre que detrás de las estrellas hay otras estrellas, querrá alcanzarlas. Y si se entera de que hay algo que supera a las estrellas en brillo y belleza querrá alcanzarlo. Y si descubre que detrás del horizonte hay otro horizonte, y uno más al otro lado, y que hay infinitos horizontes querrá llegar a todos ellos y asomarse para ver qué hay más allá. Saber es poseer y poseer es saber, y un hombre de verdad no puede vivir siendo consciente de que en algún lugar de algún universo hay algo que ignora y que por tanto no posee.».

Javier Negrete. El corazón de Tramórea.

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«Hoy en día [1970] resulta imprudente, por parte de un hombre de ciencia, emplear la palabra “filosofía”, aun siendo “natural”, en el título (o incluso en el subtítulo) de una obra. Se tiene la seguridad de que será acogida con desconfianza por los científicos y, a lo mejor, con condescendencia por los filósofos. Sólo tengo una excusa, pero la creo legítima: el deber que se impone, hoy más que nunca, a los hombres de ciencia de considerar a su disciplina dentro del conjunto de la cultura moderna, para enriquecerla no sólo con conocimientos técnicos importantes, sino también con las ideas salidas de su ciencia, que puedan considerarse humanamente significativas. La ingenuidad misma de una visión nueva (la de la ciencia siempre lo es) puede a veces iluminar con nueva luz antiguos problemas.

Desde luego, hay que evitar toda confusión entre las ideas sugeridas por la ciencia y la ciencia misma; pero también hay que llevar sin titubeos hasta sus límites las conclusiones que la ciencia autoriza, a fin de revelar su plena significación».

Jacques Monod. El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna.

Leyendo la última entrada de Pablo Cáceres sobre relativismo moral y la inexistencia de universales éticos, recordé un pasaje de la novela gráfica Watchmen  de Alan Moore. Se trata del fragmento final del relato que cuenta Walter Kovacs al psicólogo del centro penitenciario donde lo han recluido, para justificar su conversión en el siniestro personaje Rorschach:

 «Vivimos nuestras vidas, puesto que no tenemos nada mejor que hacer. Más adelante, ya les buscaremos un sentido. Venimos de la nada; tenemos hijos, que se encuentran atados a este infierno al igual que nosotros, y volvemos a la nada. No hay nada más. La existencia es algo fortuito. No hay ningún patrón salvo el que imaginamos cuando nos quedamos mirando fijamente durante mucho tiempo. No tiene ningún sentido, salvo el que decidimos imponer. Este mundo que vaga a la deriva no está moldeado por vagas fuerzas metafísicas. No es Dios quien mata a los niños. Ni es el destino el que los despedaza, ni es la casualidad la que se los da de comer a los perros. Somos nosotros. Sólo nosotros. Las calles hedían a fuego. El vacío respiraba con fuerza en mi corazón, convirtiendo sus ilusiones en hielo, haciéndolas añicos. Entonces renací, libre de garabatear mi propio diseño sobre el lienzo en blanco, en cuestiones morales, que es este mundo. Era Rorschach».

Es un tanto paradójico que una vez con el lienzo del campo moral disponible a su voluntad, Rorschach adoptara una visión totalmente absolutista del Bien y del Mal, sin mácula. Pero esa es otra historia. Lo que me llamó la atención de esto fue su brillante ilustración (que, lo sé, ya está en otros autores anteriores y académicamente desarrollada) de la contingencia de nuestros valores morales. Estoy totalmente de acuerdo con Pablo, pues, en que nuestros sistemas éticos son contingentes y no pueden sustentarse realmente en entidades extramundanas. El gran sofista Protágoras ya decía que el hombre era la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son, y eso incluye desde luego a ese espectro sociocultural que llamamos “las costumbres”. Aunque las creencias morales estuviesen a la sombra del paraguas sacro de la religión o de la política (o la teología política) no dejan de ser productos históricos propios de sociedades humanas determinadas. Tan históricos, por lo demás, como las propias ideas religiosas, políticas, muchas de las cuales (la democracia liberal, el capitalismo, la representatividad política, el secularismo, el Estado-nación moderno) no habitaban desde el principio de los tiempos en un  kósmos noetós, ni están aseguradas en nuestra naturaleza humana per se, sino que se han desarrollado históricamente. Y por tanto, no están garantizadas por ningún principio metafísico ni por el avance hegeliano, sin freno y sin demora, del Espíritu hacia la libertad. Son frágiles y hay que estudiarlas, entenderlas y, según el caso, protegerlas y mejorarlas. La contingencia parece la única constante.  Y sin embargo, contingencia no es sinónimo de falta de importancia o irrelevancia.

Las investigaciones en neurociencias, primatología, teoría de juegos e incluso en economía sobre la naturaleza de la moral y la racionalidad moral nos proporcionan datos interesantes. Compartimos con el resto de primates, mamíferos y criaturas determinado cableado bioquímico, genético o epigenético que supone constraints naturales a lo que podemos hacer o no en el campo moral, así como el mismo marco natural de nuestra moralidad. Pero no parecen existir respuestas claras y distintas a nuestros problemas morales ocultos en nuestra naturaleza, y mucho menos recetas para obtener un código ético objetivo y cristalino, tan universal como el teorema de Pitágoras. En cualquier caso, si por algo destaca la naturaleza humana es por su enorme versatilidad y adaptación cultural.  Incluso el mismo E. O. Wilson, promotor de la sociobiología, llegó a decir que hay una fuerte evidencia de que casi todas, pero probablemente no todas, las diferencias entre culturas tienen su base en el aprendizaje y en la socialización más que en los genes (1977, “Biology and the Social Sciences”). Meternos en qué es o qué no es cultura es un interesante berenjenal. La palabra ha sido tan usada en contextos de discurso un tanto vulgares y ambiguos que algunos al oír la palabra cultura casi que comenzamos a sacar la pistola, como quien dice.  Pero es funcional para estos debates, sobre todo si se entiende en términos de información o incluso de memes. 

Tenemos a la Humanidad dividida en un número de grupos culturales tremendamente heterogéneos. Lo que se suele denominar la cultura occidental incluye en su composición elementos muy diferentes, una gran vocación de apertura en el círculo inclusivo moral y preocupación por los derechos individuales, las democracias liberales y los Derechos Humanos. Pero es una reivindicación que no se hace desde un punto de vista objetivo, sino el del ciudadano occidental o influido por valores de la comunidad occidental. Aunque sospecho que la misma idea de Occidente y de occidentales es confusa, en este nuevo tiempo de globalización (la penúltima fue en el siglo XIX, gracias al Imperio británico) las instituciones que han hecho a Occidente exitoso ya no son patrimonio de los occidentales. Y más allá, parece poco probable trazar fronteras claras entre los bloques culturales.

Para concluir, creo que es comprensible que bastantes antropólogos culturales hayan adoptado el relativismo cultural fuerte y la idea de que todas las costumbres son respetables como principio metodológico en relación a la cosmovisión étnica de los grupos. Es una situación análoga a la del biólogo o al naturalista (como vocación) que defiende la biodiversidad: entre otras cosas, es una manera racional de preservar los materiales concretos de su investigación.