Posts etiquetados ‘debates’

Esta entrada es una respuesta a este interesante post de La Máquina de Von Neumann. Aunque podría contestar en su caja de comentarios (y de hecho lo hice) creo que conviene fomentar el debate e incluso la polémica entre los cuatro o cinco gatos que tenemos un blog en español sobre filosofía y, en concreto, sobre filosofía de la ciencia básicamente.

Partiendo de una imagen del siempre magnífico Escher, Santiago sostiene principalmente que la realidad es un puro fluir y que los modelos matemáticos que generamos para explicarla son presa de una intrínseca rigidez geométrica. Así, la imagen científica sostenida por esos modelos y teorías jamás daría cuenta de la auténtica complejidad de las cosas, que se escaparía a la pretensión de medición y formalización como el agua del mar entre las manos. Esa tensión irresoluble es la tragedia del conocimiento humano y un reflejo de sus propios límites. Me recuerda al Nietzsche de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, que señalaba el papel limitado de la cognición y el conocimiento humano respecto a la pluralidad inabarcable del cosmos teniendo en cuenta el darwinismo.  Santiago entiende que nuestros modelos matemáticos quieren ser isomorfos respecto a las cosas que explican. Es decir, que quieren representarlas de una manera fiel, en una correspondencia de uno-a-uno. Pero ese ideal estaría constreñido por la inmensa complejidad de lo real, que a veces no responde a regularidades ni a figuras geométricas concretas, claras y distintas.

Yo no estoy de acuerdo con la concepción de la realidad de Santiago, ni tampoco con su idea de qué es un modelo matemático explicativo. Empezamos por el segundo punto. Como se ha sugerido también en los comentarios, los modelos no buscan exactamente simular la realidad ni siquiera ser completamente isomorfos respecto a ella.  Un modelo teórico no pretende agotar la parcela de realidad en la que se basa ni tampoco ser una representación especular de ella. No es su objetivo. A mi entender, es mejor tomar el criterio de la potencia explicativa: un modelo será adecuado y eficiente cuando de él se extrae un gran número de predicciones o retrodicciones (reconstrucciones del pasado)  o simplemente un buen nivel de explicaciones. No es necesario, por tanto, que el modelo contenga en sí toda la información del fenómeno que modela o que lo simule en toda su magnitud de variables posibles. El poder de la explicación reside en su enorme (¿infinita?) potencialidad, incluso para usos prácticos inimaginables por su primer teorizador. Newton no podía haber pensado en las sondas especiales ni Maxwell en la radio o en la televisión. En ese sentido, los modelos matemáticos explicativos no es que sean simplemente “imperfectos” (no isomorfos) respecto a la realidad, es que tienen que serlo si quieren ser modelos explicativos. Desde luego, el tema de la explicación es muchísimo más complejo y es central en filosofía de la ciencia. Han corrido ya ríos de tinta sobre él desde hace muchísimo tiempo. En un post no lo vamos a abarcar ni resolver.

Por último, el tema de la realidad. Como plantea Santiago en los comentarios, en la realidad existen las suficientes semejanzas, regularidades y repeticiones como para que el conocimiento sea posible. Si la realidad fuera el Caos, con el que comienza la Teogonía de Hesíodo, sería imposible dar cuenta del mundo científicamente. No habría cosmos ni orden, ni posibilidad de leyes universales y necesarias. No habría matemáticas, el lenguaje de la ciencia según Galileo. En definitiva, no habría ciencia como tal. Sería todo muy parecido al País de las Maravillas, sin lógica posible. Por tanto, nuestro universo, en cierto sentido, es racional o computable. Yo aventuro o apuesto que esas regularidades responden a la estructura misma del universo y no son simples “presupuestos antrópicos” (elementos que ponemos nosotros en el universo para entenderlo y manejarlo, a la manera de paralelos y meridianos) sino que además tienen un trasfondo ontológico. O sea, que aunque no veamos en la realidad fenoménica figuras geométricas exactas o ideales, la geometría euclídea y la geometría de Riemann tienen un contenido de verdad ontológico. Pero esto es demasiado arriesgado. Como he comentado antes, no es más que una apuesta porque quizá no se pueda dirimir jamás empíricamente.

Adenda: Es muy popular la observación de que las matemáticas son como un corsé, una especie de camisa de fuerza de la razón. Las críticas hacia la matematización de la realidad, según algunos irreductible, tienen un fondo de incomprensión muy fuerte sobre qué son las matemáticas y qué hacen los matemáticos (y los físicos) hoy en día. Las matemáticas son mucho más. Los modelos matemáticos de la meteorología o los que nos parecen más “irracionales” o “caóticos” son también parte de nuestras matemáticas y están cada vez mejor desarrollados. La estadística y la teoría de la probabilidad también demuestran que las matemáticas contemporáneas son más sofisticadas que lo que hace entender la caricatura extendida sobre ellas.

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Hay dos grandes corrientes más o menos reconocidas internacionalmente en el ámbito de la filosofía, al menos a nivel sociológico. Se trata de la filosofía analítica y la filosofía continental. Según la definición convencional, la filosofía analítica está más conectada con la lógica formal, las ciencias naturales y la aversión por los grandes sistemas filosóficos “totalizadores”. Por contra, la filosofía continental se relacionaría más con las artes, la literatura y la disciplina histórica, con las Geisteswissenschaften según la clásica noción de Dilthey. El problema es que dentro de tales tendencias, en la actualidad, hay demasiados autores que no representan las supuestas directrices generales donde se enmarcan teóricamente. Así se entiende que al decir que me atrae “la filosofía analítica” en el grupo no-oficial de mi facultad se me llame la atención sobre la pertinencia o la legitimidad filosófica de la distinción analíticos/continentales.

David Cáceres ha presentado una serie de objeciones muy interesantes. Considera que estamos tratando con un criterio demarcador de la filosofía de origen anglosajón y que parte de la ignorancia de la historia del pensamiento.  Además, cree que se suele asociar la filosofía continental con la hermenéutica y eso es un gran error: la filosofía continental no se agota en la hermenéutica. La tesis principal de David es que lo importante es tener en cuenta los argumentos, no las escuelas o las corrientes, pues prestar demasiada atención a estas últimas o “enmarcarse” en ellas revelaría infantilismo y pensamiento tribal.

Amparo Romero ha recalcado que la distinción analíticos/continentales se usa operativamente, especialmente en los congresos analíticos. En ese sentido, todos los contertulios estamos de acuerdo en que este criterio tiene cierta operatividad o utilidad, aunque David matiza en que es una operatividad muy básica y simplona, sin rigor filosófico. No encuentra ningún tipo de unidad o criterio unificador entre, por ejemplo, la totalidad de los denominados “filósofos continentales”.

En primer lugar, estoy de acuerdo en que estamos hablando de un criterio difuso. Especialmente la etiqueta “filosofía continental”, donde cabe desde Lukács hasta Heidegger, pasando por Nietzsche, Hegel y Foucault. Tenemos un grupo lleno de gente muy diversa e incluso enfrentada polémicamente entre sí. Una clase heterogénea con mucho barullo y fracturas internas. ¿Sirve entonces la etiqueta para aclarar algo? En realidad, esta etiqueta la he visto empleada sobre todo desde los filósofos analíticos pero nunca desde los filósofos continentales. Un filósofo continental no se concibe como filósofo continental sino como marxista [de tal tipo], marxiano, hermeneuta, fenomenólogo y demás. No hay congresos de filosofía continental con ese nombre.

En cambio, sí hay congresos de filosofía analítica, libros sobre filosofía analítica realizados por filósofos analíticos que se enmarcan fuertemente como analíticos y demás. Creo que hay una unidad más consciente entre los analíticos aunque sea entendiendo a la filosofía analítica como un biotopo donde luego los autores se enfrentan y “devoran” filosóficamente entre sí. Que reconocer la existencia de la unidad, aunque sea como biotopo, de la filosofía analítica sea bueno, malo, legítimo o ilegítimo filosóficamente dependerá en última instancia de qué consideremos filosofía. A fin de cuentas, si nos ponemos estrictos, todas las etiquetas son convencionales en sentido fundamental. Por lo demás, sí veo que la conexión con la lógica formal y con el principio de no contradicción sigue siendo bastante más fuerte en la filosofía analítica que en el marxismo, la hermenéutica, la fenomenología en sus diversas modalidades y demás. Aquí se podría hablar mucho y buscar excepciones, pero creo que es una tónica general.

En segundo lugar, no creo que sea posible tomar los argumentos independientemente de su procedencia como aboga David Cáceres. No defiendo caer en ad hominem, sino que considero que todos los argumentos están más o menos arraigados en un marco teórico hasta el punto de que es imposible cotejar o recibir ciertos argumentos si el marco teórico en el que se insertan es incompatible con el que sostenemos o del que partimos. No  recibimos o damos argumentos desde una posición sub specie aeternitatis sino con unas ciertas coordenadas ontológicas, epistemológicas, gnoseológicas, etc. de partida. Incluso el marco teórico puede acabar determinando los argumentos, como apunta Amparo Romero. Creo que hacer un collage pintoresco o una macedonia de ideas tomando argumentos por aquí y por allá independientemente de donde provengan acabará reflejando una posición endeble en sus fundamentos básicos o en la propia estructura de esos argumentos (los argumentos no pueden ser mónadas).

En conclusión, los que estudiamos esto de la filosofía somos muy testarudos y los debates (a veces puramente semánticos) se pueden alargar hasta que al adversario le explote la cabeza y acabemos ganando. Pero parece que hemos extraído aquí una serie de consideraciones de las que es posible tirar de la madeja hasta que salga algo.