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«Y en general se puede decir que ninguno de cuantos escribieron o enseñaron a finales del siglo V en Atenas se atrevió a emitir con sinceridad el juicio que le merecían los dioses de la tradición; ni el mismo Demócrito, que de hecho los eliminó del gobierno del mundo, ni el propio Pródico, que vino a asimilarlos a los fenómenos de la naturaleza. Tan sólo Critias, el execrado y sanguinario tirano pariente de Platón, se atrevió a proclamar en una obra teatral, quizás representada durante el régimen de los Treinta, que los dioses habían sido el invento de un sabio y antiguo legislador para atemorizar a los hombres y obligarles en todo momento a la observancia de las leyes».

Luis Gil. Censura en el mundo antiguo.

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«En los capítulos precedentes de este libro he intentado poner en claro, dentro de una esfera específica de creencias, la lenta formación a través de los siglos y sobre la base del depósito dejado por sucesivos movimientos religiosos, de lo que Gilbert Murray ha llamado, en una conferencia recientemente publicada, “el Conglomerado heredado”. La metáfora geológica es apropiada, porque el crecimiento religioso es geológico: su principio es, en conjunto y salvo excepciones, la aglomeración, no la sustitución. Un nuevo esquema de creencias rara vez borra por completo el esquema anterior: o el antiguo sigue viviendo como un elemento del nuevo —a veces como un elemento inconfesado y semi-inconsciente— o bien los dos persisten yuxtapuestos, lógicamente incompatibles, pero aceptados contemporáneamente por diferentes individuos e incluso por el mismo individuo.

[…]

Heráclito tuvo la temeridad de atacar lo que hasta el día de hoy constituye un rasgo de la creencia popular griega, el culto a las imágenes que era, según él, como hablar a la casa de un hombre en lugar de hablar a su dueño. Si Heráclito hubiera sido ateniense, es casi seguro que habría sido condenado por blasfemia, como dice Wilamowitz.

[…]

“Sé natural” [o “Da rienda suelta a tu naturaleza”], dice la Causa Injusta en Las Nubes; “cocea, riéte del mundo, no te avergüences de nada”. [χρῶ τῇ φύσει, σκίρτα, γέλα, νόμιζε μηδὲν αἰσχρόν].

[…]

Hacia el 432 a. C. o un año o dos después, se declararon [en Atenas] delitos denunciables el no creer en lo sobrenatural y el enseñar astronomía. Los treinta años siguientes, aproximadamente, fueron testigos de una serie de juicios por herejía, únicos en la historia ateniense. Entre sus víctimas se cuenta la mayoría de los jefes de la ideología progresista de Atenas: Anaxágoras, Diágoras, Sócrates, casi seguramente Protágoras también, y posiblemente Eurípides.  En todos estos casos, salvo en el último, triunfó la acusación: Anaxágoras fue probablemente multado y desterrado; Diágoras se salvó con la huida; lo mismo probablemente, hizo Protágoras; Sócrates, que podía haber hecho lo propio, o podía haber pedido una sentencia de destierro, prefirió quedarse y beber la cicuta. Todos éstos eran hombres famosos. No sabemos cuántas personas, más oscuras, sufrieron por sus ideas. […] La Gran Época de la Ilustración griega fue al mismo tiempo […] una época de persecusión, de destierro de estudiosos, de trabas para el pensamiento, e incluso (si podemos creer en la tradición sobre Protágoras) de quema de libros».

E. R. Dodds. Los griegos y lo irracional.

«Es conocida la respuesta de un personaje de Oscar Wilde a la exigencia de una “verdad pura y simple”: “La verdad raramente es pura, y nunca es simple”. Popper (“conjetura y refutación”) y Feyerabend (“todo vale”) tienen el encanto de la simplicidad, si no el de la pureza. Pero la verdad acerca de la naturaleza de la ciencia no es simple, y los científicos no son puramente racionales ni puramente no racionales. Si se quiere un slogan, helo aquí: el realismo es la verdad; el racionalismo moderado, el camino».

W. H. Newton-Smith. La racionalidad de la ciencia.

«[…] mirando con ojos de filósofo las acciones y las empresas de los hombres no veo en ellas casi ninguna que no me parezca vana e inútil […]».

René Descartes. Discurso del método.

«[…] tan pronto como se establezca algún sistema para volar [al espacio], no faltarán colonos de nuestra especie humana. ¿Quién creería antaño que la navegación por el vastísimo océano sería más tranquila y segura que por el angostísimo golfo del Adriático, por el mar Báltico o por el estrecho inglés? Supón que haya naves o velas adecuadas a los vientos celestes y habrá quienes no teman ni siquiera a esa inmensidad».

Johannes Kepler. Dissertatio cum Nuncio Sidereo.

 «La falacia naturalista tiene un reverso: la falacia antinaturalista. Algunos tienen una visión exaltada de lo que significa ser humano. Según una de estas concepciones, los seres humanos “naturales” viven de acuerdo con la naturaleza, coexistiendo pacíficamente con las plantas, los animales y entre sí. La guerra, la agresión y la competencia son consideradas manifestaciones corrompidas de esta naturaleza humana esencialmente pacífica provocadas por condiciones como el patriarcado y el capitalismo. A pesar de las pruebas en contra, la gente se sigue aferrando a tales ilusiones. […] La falacia antinaturalista tiene lugar cuando nos contemplamos a través de las lentes de la visión utópica de cómo querríamos ser».

David Buss. La evolución del deseo. Estrategias de emparejamiento humano.

En un discurso de 1894, el físico y futuro premio Nobel (1907) Albert Abraham Michelson dijo lo siguiente:

«Las leyes fundamentales y los hechos más importantes de la ciencia física ya han sido descubiertos, y actualmente están tan firmemente establecidos que la posibilidad de que sean alguna vez suplantados como consecuencia de nuevos descubrimientos es sumamente remota. […] Nuestros futuros descubrimientos habrá que buscarlos en la sexta posición de la coma decimal».

Lo curioso es muy pocos años más tarde, gracias a sus experimentos sobre la velocidad de la luz con Edward Morley, el propio Michelson contribuyó a colocar los fundamentos de la relatividad especial de Albert Einstein. Una teoría novedosa que rompía con el modelo del universo newtoniano que tanta seguridad y certeza le daba a Michelson en 1894. La física ya no estaba completa y acabada, como la cosmología de Aristóteles. Quedaba todavía mucho por hacer.

Debates en L’Orient

Publicado: febrero 29, 2012 en Historia
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«Cada mañana Napoleón decidía el tema a discutir durante la velada de ese día entre él, los sabios principales y los generales que viajaban a bordo de L’Orient. Sentados alrededor de una mesa, sus rostros escasamente iluminados por unas linternas, esta colección de soldados jóvenes y ambiciosos, y de mentes brillantes discutían el tema elegido por su líder. Entre ellos se incluían: “¿Existe vida en otros planetas?”, “¿Cómo terminará el mundo?” y “¿Qué edad tiene la Tierra?”»

Paul Strathern. Napoleón en Egipto.