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A veces he comentado que H. P. Lovecraft es uno de mis metafísicos favoritos. Esto es algo que requiere de cierta explicación. A fin de cuentas, ¿no fue Lovecraft un afamado escritor de relatos de terror? Ciertamente, creo que a nadie le dan miedo ya los relatos lovecraftianos de terror cósmico, aunque siempre queda algún rezagado. Mientras las generaciones que vivieron a principios del siglo XX apenas se habían empezado a asomar seriamente al firmamento, nosotros ya estamos mapeando las infinitas negruras del cielo que tanta ansiedad le producían a Pascal.  Y sin embargo, aunque tuviésemos una representación exacta del mundo probablemente no cesarían algunas preguntas propias de la naturaleza humana sobre las auténticas dimensiones de ese mundo representado.

Pero, ¿qué tendrá que ver la metafísica con la literatura de ficción? ¿No supone eso degradar la excelsa metafísica? Aquí voy a asumir, animus iocandi y parafraseando a Borges, que la metafísica es la rama más noble de la literatura de ficción o incluso de la ciencia ficción. A mi entender, esa definición da en el clavo y no necesariamente implica un juicio peyorativo contra la metafísica, sino más bien la revaloración de su importancia y dignidad como el reino de las apuestas. Porque hacer metafísica es en sentido último apostar.  Algunos apuestan a que todo tiene causas naturales o que la φύσις se reduce a la materia (sea lo que sea) y la energía. Otros apuestan a que detrás del telón de lo aparente hay alguna entidad racional. Para todos, hacer metafísica es apostar por un punto de salida, por una cosmovisión más o menos coherente de la que sea posible partir para edificar un mundo. Hay tanto metafísica positiva (hay X) como metafísica negativa (no hay X). Hay posturas metafísicas que se definen como negación de otras. Pero en cualquier caso, toda apuesta supone un riesgo: la posibilidad de que estemos fatalmente equivocados. Nuestras posturas metafísicas siempre hay que entenderlas como mitos que creamos sobre la posible naturaleza del Todo.

La cuestión que pone Lovecraft (aunque no es suya) sobre la mesa es que el Todo, la realidad, el noúmeno, la φύσις o como queramos llamar a la totalidad de lo existente podría ser incomprensible para un ser racional. Hasta el punto de que si alguien llegara a entenderla perdería inmediatamente todo atisbo de cordura, se volvería loco. La realidad podría ser como un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia que nada significa, como leemos en el Macbeth de Shakespeare. Y eso va mucho más allá de la popular idea de absurdo de Camus y otros porque el sinsentido lovecraftiano (personificado por sus fuerzas extraterrenas ancestrales y balbuceantes) supera nuestra frágil capacidad cognitiva. Si el absurdo se puede llegar a asumir e incluso Camus nos deja claro en El mito de Sísifo que se puede integrar en nuestro proyecto vital, la mera intuición del sinsentido supondría la total aniquilación de la integridad mental del sujeto.

Que la búsqueda de patrones en un posible trasfondo ontológico caótico parezca un capricho cognitivo de los animales superiores es muy compatible con el darwinismo. De hecho, podría ser profundamente antidarwinista lo contrario: creer que hay algo así como una conexión intrínseca entre la mente de nuestra especie y la auténtica realidad del mundo, si es que la hay. Por supuesto, también por comodidad podemos hacer una poda y creer que no tiene la mayor importancia si el Todo tiene un sentido o no, que sería como preguntarnos por qué el sistema solar tiene precisamente ocho planetas y no tres o siete. O que suponer un sentido a la φύσις es creer que tiene una especie de esencia y eso es imposible o no vale la pena hablar de ello. Pero la pregunta sigue ahí y me parece que ninguno de nosotros tiene la más mínima idea, ni hay horizonte a la vista de respuesta. Si es que pudiera haber respuesta, claro.

A mí me parece que el nihilismo está muy bien para escribir entradas en blogs, libros y artículos para revistas especializadas de filosofía. Incluso podríamos presentárselo a las visitas. Pero tampoco creo que sea muy sano salir con él puesto demasiado tiempo. Los nihilistas nunca viven según los principios del nihilismo, porque una sociedad nihilista es un imposible.

PD: En breve contestaré a todos los comentarios de estos últimos días, que se me han ido acumulando. En otro orden de cosas, he pensado en montar otro blog (no supone la destrucción de El demonio de Laplace) enfocado más bien a temas de filosofía en general, literatura y teoría/filosofía política. Otra opción sería hacer reformas en este e incluir todos los temas juntos, pero no sé si podría haber incompatibilidad de gustos por parte del público asiduo a este blog, que tiene la mirada puesta más bien en la epistemología y en la filosofía de la ciencia.

Cambios y traslaciones

Publicado: abril 8, 2012 en Metablog
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Como habrán podido notar, aquí aparece material nuevo más o menos una vez cada eón. Quizá se deba a que soy obsesivamente enfermizo a la hora de publicar una entrada y le doy vueltas y vueltas, la modifico, le quito la imagen, le pongo otra, incluyo una línea, la borro y demás hasta que veo que vale la pena o me pierde el agotamiento. Por no decir que escribir una línea me cuesta cien latigazos. Así pues, creo que para aumentar el ritmo de publicación incluiré más informalidad en los posts. Eso no significa que a partir de ahora esto será un eterno carnaval y me olvidaré del imperio de la ley. Más bien supone que usaré un 20% más de palabras llanas, acortaré un tanto las entradas, meteré más listas (a todo el mundo le gusta las listas) y más comentarios a vuelapluma, sin tanto ronroneo ni ínfulas. Reformas, vaya.

También han cambiado más cosas. Por ejemplo, mis intereses se han desarrollado (¿y ampliado?) bastante desde que abrí este blog. Ahora me interesan mucho más las ciencias sociales y las tengo más en cuenta, incluso más que la filosofía de la física, que era mi interés número uno al escribir la primera entrada. Como es natural, por aquel entonces contemplaba a las ciencias sociales con cierta curiosidad pero mis preferencias epistemológicas me hacían mirarlas un tanto por encima del hombro. Ahora tengo una concepción de la ciencia más abierta y tras leer un par de cosas sobre el tema, les otorgo la importancia que merecen, que es grande.

Por lo demás, sólo me queda lamentar el cierre del estupendo blog A bordo del Otto Neurath, que era el único de los pocos activos en español. Aprendí mucho con sus entradas y, sobre todo, con los comentarios y las discusiones kilométricas que seguía en silencio. Espero que todo marche bien.