Posts etiquetados ‘Atenas’

«Y en general se puede decir que ninguno de cuantos escribieron o enseñaron a finales del siglo V en Atenas se atrevió a emitir con sinceridad el juicio que le merecían los dioses de la tradición; ni el mismo Demócrito, que de hecho los eliminó del gobierno del mundo, ni el propio Pródico, que vino a asimilarlos a los fenómenos de la naturaleza. Tan sólo Critias, el execrado y sanguinario tirano pariente de Platón, se atrevió a proclamar en una obra teatral, quizás representada durante el régimen de los Treinta, que los dioses habían sido el invento de un sabio y antiguo legislador para atemorizar a los hombres y obligarles en todo momento a la observancia de las leyes».

Luis Gil. Censura en el mundo antiguo.

Aphrodite_swan_BM_D2

Lucretius_De_Rerum_Natura_1675_page_1

Como revela mi última entrada, estoy leyendo estos días el De rerum natura de Lucrecio, en concreto la fantástica edición de Gredos a cargo de Francisco Socas. Ya había realizado algunas incursiones a esta gran obra tiempo atrás, pero ninguna había sido tan arriesgada ni prolongada como la presente. Así que voy a escribir aquí mis primeras impresiones:

1) Estamos ante un poema filosófico sobre la totalidad del mundo. Trata de todo lo tratable: desde  los principios generales del movimiento y de la existencia hasta el origen del lenguaje, pasando por el magnetismo, la lluvia, los terremotos, el funcionamiento de la mente, el origen de las especies y mucho más. Por eso podríamos traducir igualmente el título (De rerum natura) por La naturaleza o La realidad. Justamente la pretensión de Lucrecio parece la de mostrarnos la verdad desnuda de las cosas a través del pensamiento de Epicuro, su maestro y dios entre los hombres. Sólo el verdadero conocimiento de la naturaleza (I, 146-148) sirve de φάρμακον frente al miedo a la muerte (o el aferrarse a la vida), los males que aquejan y atemorizan a los hombres, la superstición y la religión.

2) Los antiguos solían poner cierto énfasis en las palabras iniciales de sus escritos. En ellas concentraban en ocasiones el tema principal de toda la trama. La Ilíada comienza con Μῆνιν (cólera) y la Odisea con Ἄνδρα (hombre, varón). Efectivamente, el eje central de la Ilíada es la cólera de Aquiles y sus consecuencias y la Odisea trata de las peripecias de un hombre singular, Odiseo, por regresar a su Ítaca y restaurar el orden natural. De rerum natura empieza con Aeneadum  y  es posible decir algo sobre ello. Por ejemplo, que es una forma específicamente helénica y no latina de referirse a los descendientes o hijos del héroe troyano Eneas. Es decir, los romanos. Lucrecio habla a los romanos, sus lectores objetivos (especialmente un tal Memio), desvelándoles lo que considera lo más granado y oscuro del pensamiento griego en su poema.

3) El proemio es una invocación a la diosa Venus. ¿Cómo es posible esto en un epicúreo, sobre todo si tenemos en cuenta lo que viene después? ¿Es un recurso poético? ¿Es una Venus simbólica? ¿Representa simplemente la generación de las cosas o el deseo en sentido filosófico, lo que en el Banquete de Platón aparece como Ἔρως? ¿Es Venus la fuerza de la alegría y de la sonrisa y, por consiguiente, el símbolo del epicureísmo para Lucrecio? Estamos ante un misterio sobre el que ha corrido mucha tinta, como nos comenta Francisco Socas en una nota a pie de página. Y si tenemos en cuenta que el poema termina con la peste de Atenas estamos todavía más perdidos. Algunos autores han comentado que Lucrecio se disfraza de pre-epicúreo en las primeras partes y que desata su concepción más descarnada de lo real conforme avanzan los versos. Es como si nos dijera una oculta vocecilla “si has llegado hasta aquí, no te contaré milongas”.

4) Porque sí, el final de De rerum natura es una descripción increíblemente gráfica de la peste de Atenas. Se encuentra en el Libro VI, que tiene una estructura muy peculiar. Y es que abre con un elogio a la ciudad de Atenas y de Epicuro (el creador de la doctrina salvadora) y acaba con el colapso de Atenas y de todas sus costumbres morales e instituciones religiosas a causa de la epidemia. ¿Qué es lo que debemos concluir con el libro VI, si es que hay que concluir algo? Si la Πολιτεία de Platón finaliza con un εὖ πράττωμεν, De rerum natura no parece tan claro.

5) ¿Por qué un poema de hexámetros dactílicos y no un tratado al uso? Se ha afirmado que Lucrecio quería “endulzar” con un tono poético una doctrina en principio impersonal y fría, en la que el hombre se ve reducido a muy poca cosa. Él mismo lo asegura en IV, 9-25, cuando compara su empresa poética con darle a un niño un remedio asqueroso de ajenjo untado con licor de miel. Lucrecio parece totalmente consciente de que las tesis de su poema generan repulsión y espanto entre sus contemporáneos y por eso las unta con “la grata miel de las Musas” (IV, 23). No es descabellado entonces afirmar que Lucrecio usó la forma poética para evitar un escándalo o un rechazo absoluto y violento de su poema y de su persona. Una cita interesante:

«En estas cuestiones temo lo siguiente: que acaso creas que te estás iniciando en los rudimentos de una doctrina irreverente o emprendiendo un camino de crímenes». (I, 79-81).

6) Se ha hablado también del tono religioso (¿irónico?) con el que trata a su maestro Epicuro. Lo representa como un Hércules del pensamiento. Entre otras posibles citas:

«[…] un dios, un dios fue aquel, ilustre Memio, que por vez primera halló ese fundamento del vivir que ahora llamamos “filosofía”, y que con artificio hizo venir la vida desde tan grandes tempestades, desde tan grandes tinieblas, hasta una calina tan grande, hasta una luz tan clara». (V, 7-13)

«Así pues, quien sojuzgue todos estos males y los eche fuera del corazón con palabras, no con armas, ¿no convendrá que ese hombre entre por merecimientos en el grupo de los dioses?, sobre todo si tuvo por costumbre transmitir a los propios mortales muchas palabras concertadas y divinas, y con tales palabras desvelar la naturaleza toda de la realidad». (V, 48-54).

7) En I, 62-78, Lucrecio aventura que “un griego” (Epicuro o los primeros filósofos antirreligiosos, no está claro) fue “el primero en romper los apretados cerrojos de la naturaleza” (I, 70) pues “la vívida fuerza de su mente triunfó y avanzó lejos, fuera de los muros llameantes del mundo” (I, 70-72). Al salir del cosmos su mente conoce totalmente la naturaleza de las cosas y la infinitud. Este griego es descrito como si fuera un héroe épico que se enfrenta a fuerzas abismales y atemorizantes, el único humano en hacerles frente con “sus ojos mortales” (I, 65-66). Hay aquí una ecualización de los hombres que aceptan la realidad sin temor con lo más alto.

8) Las traducciones low-cost de muchas obras de Leo Strauss son para salir corriendo:

maiz

Si es posible, hay que leerlo siempre en inglés.

 «Entierros sin cuento rivalizaban por hacerse a la carrera sin comitiva y, enfrentados unos a otros por dar sepultura a la gente de su parentela, regresaban hartos de llorar y lamentarse; de ahí buena parte de ellos con la tristeza entraba en cama. Y no era posible hallar ni uno solo que no se hubiera visto afectado por enfermedad o muerte o duelo en ese tiempo.

Además, ya todo pastor y ganadero, e igualmente el robusto conductor del corvo arado, desfallecían y en lo hondo de su cabaña quedaban postrados sus cuerpos maltrechos por la pobreza y entregados por la enfermedad a la muerte; sobre sus hijos exánimes podías ver exánimes los cuerpos de los progenitores y, al revés, sobre sus padres y madres, rendir sus vidas los hijos. Y en no pequeña parte desde los campos confluyó en la ciudad la dolencia, que allí una masa afectada de campesinos, venidos con la enfermedad de todas partes, fue juntando. Llenaban todos los ensanches y edificios; cuanto más se apretaban entre sus vahos, iba así la mortandad creciendo a montones. Muchos cuerpos había por la calle acostados o cubrían el suelo arrodillados junto a los caños de las fuentes, perdido el resuello ante el dulzor excesivo de las aguas; y acá y allá, por los parajes públicos disponibles y por las calles, verías que muchos cuerpos languidecientes con las carnes ya miedo muertas, costrosos de mugre y cubiertos de andrajos, perecían entre excrementos, con solo la piel sobre los huesos ya casi sepultada bajo llagas asquerosas y podredumbre.

Todos los santuarios venerables de los dioses, en fin, los había llenado de cuerpos sin vida la muerte, acá y allá los templos de los celestiales quedaban todos cargados de cadáveres, pues estos sitios los sacristanes los habían ido llenando de huéspedes. Y ya ni la religión ni el poder de las divinidades pesaban mucho: tan recio abotargamiento regía ya todos <los corazones; a las divinidades>, pues, les ganaba la angustia presente.

Ni en la ciudad se mantenían aquellos usos funerarios que la gente devota solía siembre seguir en los entierros, pues andaba toda ella alterada y temerosa, y cada uno según sus recursos y <el momento> enterraba dolorido a su pariente. Lo repentino <del golpe> y la indigencia invitó a cometer muchas ignominias; porque es que a los allegados, con gran vocerío, los ponían sobre las piras ajenas ya levantadas y metían por debajo las teas, enzarzándose en peleas a menudo de mucha sangre antes que dejar los cuerpos abandonados».

Lucrecio. Final de De rerum natura.

«En los capítulos precedentes de este libro he intentado poner en claro, dentro de una esfera específica de creencias, la lenta formación a través de los siglos y sobre la base del depósito dejado por sucesivos movimientos religiosos, de lo que Gilbert Murray ha llamado, en una conferencia recientemente publicada, “el Conglomerado heredado”. La metáfora geológica es apropiada, porque el crecimiento religioso es geológico: su principio es, en conjunto y salvo excepciones, la aglomeración, no la sustitución. Un nuevo esquema de creencias rara vez borra por completo el esquema anterior: o el antiguo sigue viviendo como un elemento del nuevo —a veces como un elemento inconfesado y semi-inconsciente— o bien los dos persisten yuxtapuestos, lógicamente incompatibles, pero aceptados contemporáneamente por diferentes individuos e incluso por el mismo individuo.

[…]

Heráclito tuvo la temeridad de atacar lo que hasta el día de hoy constituye un rasgo de la creencia popular griega, el culto a las imágenes que era, según él, como hablar a la casa de un hombre en lugar de hablar a su dueño. Si Heráclito hubiera sido ateniense, es casi seguro que habría sido condenado por blasfemia, como dice Wilamowitz.

[…]

“Sé natural” [o “Da rienda suelta a tu naturaleza”], dice la Causa Injusta en Las Nubes; “cocea, riéte del mundo, no te avergüences de nada”. [χρῶ τῇ φύσει, σκίρτα, γέλα, νόμιζε μηδὲν αἰσχρόν].

[…]

Hacia el 432 a. C. o un año o dos después, se declararon [en Atenas] delitos denunciables el no creer en lo sobrenatural y el enseñar astronomía. Los treinta años siguientes, aproximadamente, fueron testigos de una serie de juicios por herejía, únicos en la historia ateniense. Entre sus víctimas se cuenta la mayoría de los jefes de la ideología progresista de Atenas: Anaxágoras, Diágoras, Sócrates, casi seguramente Protágoras también, y posiblemente Eurípides.  En todos estos casos, salvo en el último, triunfó la acusación: Anaxágoras fue probablemente multado y desterrado; Diágoras se salvó con la huida; lo mismo probablemente, hizo Protágoras; Sócrates, que podía haber hecho lo propio, o podía haber pedido una sentencia de destierro, prefirió quedarse y beber la cicuta. Todos éstos eran hombres famosos. No sabemos cuántas personas, más oscuras, sufrieron por sus ideas. […] La Gran Época de la Ilustración griega fue al mismo tiempo […] una época de persecusión, de destierro de estudiosos, de trabas para el pensamiento, e incluso (si podemos creer en la tradición sobre Protágoras) de quema de libros».

E. R. Dodds. Los griegos y lo irracional.