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Definiciones tentativas

Publicado: marzo 7, 2015 en Antropología
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1) El hombre es el animal que adora al Pueblo, pero odia al vecino. Aunque el Pueblo sea un conjunto compuesto por subconjuntos de ásperos vecinos. La conclusión es que el hombre aprecia al Pueblo si y sólo si el Pueblo es un conjunto vacío, o una abstracción lo bastante etérea para dejarse amar.

2) El hombre es el animal que ama la democracia e incluso quiere más democracia. Pero las asambleas de vecinos le parecen un coñazo.

3) El hombre es esa criatura que defiende el pensamiento crítico porque lo dice Fulano, y Fulano siempre tiene razón.

23) Si el ser humano es el animal que siempre cree que es lo que no es, es posible hibridar a Darwin con Platón.

24) “Somos carne, somos aspiración” decía Agustín de Hipona. Podría ser un buen epitafio para la tumba de Nietzsche.

25) El pensamiento medieval se nutre de la tensión entre la insignificancia y la grandiosidad del hombre. Como el actual, entre humanismo y naturalismo.

26) La naturaleza, ese dios en el que reflejamos nuestra coherencia y nuestros prejuicios. Nuestro fenotipo extendido.

27) La naturaleza humana es la cola del supermercado.

28) La naturaleza humana es esperar turno en el banco mientras un señor pide una hipoteca.

29) Toda nación tiene su mitología política. Pero también hay mitos baratos.

30) La palestra política es el escenario de conflicto de los valores sagrados (Scott Atran). El camino que va de la defensa del chamán de la tribu a la defensa de la libertad es cuantitativo, no cualitativo.

31) El pueblo, esa abstracción que se define exactamente por “tipo de gente que me cae bien y que piensa lo mismo que yo”.

«—¿Por qué quieres arrebatarle el poder a las Moiras?

—¿Es que ahora tienes dudas? —Una chispa peligrosa brilló en los ojos de Tubilok. Por un instante, los tres globos rojos destellaron en su rostro como fantasmas del pasado.

—Las dudas son una consecuencia inevitable de la inteligencia.

—¿Y por qué deben gobernar las Moiras inmutables el Onkos? —preguntó Tubilok en tono irritado.

—Nunca ha sido de otra forma. Entre las syfrõnes se cree que las Moiras son el origen de toda la realidad y que preexisten antes que todos los universos.

—¿Que algo haya sido siempre de una forma en el pasado significa que deba seguir siéndolo en el futuro?

—Futuro y pasado son lo mismo para las Moiras.

—¡Pues van a dejar de serlo! ¿Sabes por qué quiero derrocarlas?

—La verdad es que no —reconoció Mikhon Tiq.

—¡Porque la realidad debe evolucionar!

—Ya lo hace. Las Moiras han creado y crean todo tipo de universos.

Tubilok sacudió la cabeza.

—Está bien. Te diré la verdad, pero tú no se la repetirás a nadie, ni siquiera a ti mismo.

—No lo haré.

—Quiero derrocarlas porque soy un hombre. Porque en mi naturaleza está levantar la mirada a las estrellas y estirar la mano para tocarlas. Pero si un hombre, un hombre de verdad, descubre que detrás de las estrellas hay otras estrellas, querrá alcanzarlas. Y si se entera de que hay algo que supera a las estrellas en brillo y belleza querrá alcanzarlo. Y si descubre que detrás del horizonte hay otro horizonte, y uno más al otro lado, y que hay infinitos horizontes querrá llegar a todos ellos y asomarse para ver qué hay más allá. Saber es poseer y poseer es saber, y un hombre de verdad no puede vivir siendo consciente de que en algún lugar de algún universo hay algo que ignora y que por tanto no posee.».

Javier Negrete. El corazón de Tramórea.

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 «Entierros sin cuento rivalizaban por hacerse a la carrera sin comitiva y, enfrentados unos a otros por dar sepultura a la gente de su parentela, regresaban hartos de llorar y lamentarse; de ahí buena parte de ellos con la tristeza entraba en cama. Y no era posible hallar ni uno solo que no se hubiera visto afectado por enfermedad o muerte o duelo en ese tiempo.

Además, ya todo pastor y ganadero, e igualmente el robusto conductor del corvo arado, desfallecían y en lo hondo de su cabaña quedaban postrados sus cuerpos maltrechos por la pobreza y entregados por la enfermedad a la muerte; sobre sus hijos exánimes podías ver exánimes los cuerpos de los progenitores y, al revés, sobre sus padres y madres, rendir sus vidas los hijos. Y en no pequeña parte desde los campos confluyó en la ciudad la dolencia, que allí una masa afectada de campesinos, venidos con la enfermedad de todas partes, fue juntando. Llenaban todos los ensanches y edificios; cuanto más se apretaban entre sus vahos, iba así la mortandad creciendo a montones. Muchos cuerpos había por la calle acostados o cubrían el suelo arrodillados junto a los caños de las fuentes, perdido el resuello ante el dulzor excesivo de las aguas; y acá y allá, por los parajes públicos disponibles y por las calles, verías que muchos cuerpos languidecientes con las carnes ya miedo muertas, costrosos de mugre y cubiertos de andrajos, perecían entre excrementos, con solo la piel sobre los huesos ya casi sepultada bajo llagas asquerosas y podredumbre.

Todos los santuarios venerables de los dioses, en fin, los había llenado de cuerpos sin vida la muerte, acá y allá los templos de los celestiales quedaban todos cargados de cadáveres, pues estos sitios los sacristanes los habían ido llenando de huéspedes. Y ya ni la religión ni el poder de las divinidades pesaban mucho: tan recio abotargamiento regía ya todos <los corazones; a las divinidades>, pues, les ganaba la angustia presente.

Ni en la ciudad se mantenían aquellos usos funerarios que la gente devota solía siembre seguir en los entierros, pues andaba toda ella alterada y temerosa, y cada uno según sus recursos y <el momento> enterraba dolorido a su pariente. Lo repentino <del golpe> y la indigencia invitó a cometer muchas ignominias; porque es que a los allegados, con gran vocerío, los ponían sobre las piras ajenas ya levantadas y metían por debajo las teas, enzarzándose en peleas a menudo de mucha sangre antes que dejar los cuerpos abandonados».

Lucrecio. Final de De rerum natura.

«El temor supersticioso al rayo, ante el que no hay protección, está ampliamente difundido. Los mongoles, dice el monje franciscano Rubruk, que llegó hasta ellos como enviado de San Luis, temen sobre todo al trueno y al rayo. Durante el temporal expulsan de sus yurtas a todos los extranjeros, se envuelven ellos mismos en fieltros negros y se esconden allí hasta que todo haya pasado. Se abstienen (informa el historiador persa Rashid, que estaba a sus servicios) de comer la carne de un animal alcanzado por el rayo, y ni siquiera osan acercársele. Entre los mongoles todo tipo de prohibiciones sirven para obtener el favor del rayo. Ha de evitarse todo lo que pueda atraerlo. El rayo es a menudo el arma principal del dios más poderoso».

Elías Canetti. Masa y poder.

«Pero al pretender mostrar que la naturaleza no hace nada en vano (esto es: no hace nada que no sea útil a los hombres) no han mostrado —parece— otra cosa sino que la naturaleza y los dioses deliran lo mismo que los hombres. […] la naturaleza no tiene fin alguno prefijado, y que todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas […]».

Baruch Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico.

«[…] los hombres se guían más por el ciego deseo que por la razón […] la naturaleza no está encerrada dentro de las leyes de la razón humana, que tan sólo buscan la verdadera utilidad y la conservación de los hombres, sino que se rige por infinitas otras, que se orientan al orden eterno de toda la naturaleza, de la que el hombre es una partícula […]».

Baruch Spinoza. Tratado político.

«Under the pen of Thucydides, the heroic legend thus becomes history, and the very name of the Aegean Sea carries within it the aetiological relationship between the colonial and economic power of Minos over the islands of which the center is Delos and the enthroning of Theseus in Athens as a democratic king following his father’s suicide. Foreshadowed in an early era by Minos’ civilizing activities in the former Cretan Sea, the taking of political and economic control by Athens in the Aegean Sea would be consecrated by the creation of the Delian League just after the Persian Wars, with Delian Apollo’s sanctuary serving as its cultic and administrative center […]».

Claude Calame. “Greek Myth and Greek Religion” en The Cambridge companion to Greek Mythology.

«La filosofía griega en su conjunto tiene un marco mítico. […] El mito no es algo de lo que el hombre se pueda liberar radicalmente, como si tal cosa. […] En nuestros días, se suele calificar como mitos a ciertas representaciones y motivos del pensamiento común, operativos pero acríticamente aceptados, constituidos con fines ideológicos o que irreflexivamente descansan sobre fundamentos ideológicos. En el sentido profundo y radical del término, el mito es otra cosa.

Tal y como yo lo entiendo, el mito es algo sin lo cual el hombre difícilmente podría vivir. No por motivos externos, como en el caso de la ideología, en el que el hombre plantea en cierto modo exigencias ante la realidad. El hombre no puede vivir sin el mito porque el mito es verdadero».

Jan Patočka. Platón y Europa.

«Por un lado, Platón presenta el mito en una clara oposición al logos. Por otro, no se debe ignorar que, aparte de la claridad de la oposición semántica, Platón difumina conscientemente en algunos casos la frontera entre el mito y el logos».

Thomas Szlezák. Leer a Platón.

Como parece evidente, la mejor manera de ponderar la fuerza de una postura filosófica es leyendo a sus críticos. Aunque a nadie le guste realmente ser refutado,  a veces es mucho más interesante y provechoso leer una crítica tras otra que únicamente artículos autorreferenciales y triunfalistas, masajes ideológicos que abonan un determinado tipo de pensamiento grupal (de cuya tentación, por cierto, nadie está libre y la filosofía no es, ni mucho menos, una salvaguarda sino todo lo contrario. Y no se arregla calificando al concepto de pensamiento grupal como “psicologismo” y muy buenas). De esto me he acordado cuando ayer por la tarde abrí casualmente el último número de la revista de filosofía del CSIC Isegoría, donde podemos toparnos con este artículo del zubiriano Jesús Conill-Sancho en el que presenta una serie de objeciones al “naturalismo”  desde el ínclito Ortega y Gasset. Vista desde la actualidad, la postura historicista y antirrealista de Gasset que hace suya Conill-Sancho tiene demasiados agujeros. En cierto modo, es una versión algo más sofisticada de las críticas románticas y hermenéuticas de hace más de dos siglos: la vida es irreductible; el hombre es sobre todo historia, biografía y narración y no tiene naturaleza; lo humano es algo más que materia; lo mundano frente a la conceptualización; el conocimiento tiene sus límites insalvables y hay un reino del significado impenetrable ante el escrutinio empírico. Pero no es eso lo que me llevó a escribir este post, sino más bien la descripción que Conill-Sancho hace del naturalismo y de su influencia en el ámbito académico al principio del artículo:

«Hoy en día nos encontramos inmersos en un medio intelectual en que predomina cada vez más el naturalismo. Y no sólo en el mundo angloamericano, donde el programa naturalista es invasivo, sino hasta en Europa un  pensador como Jürgen Habermas también ha sido seducido por la terminología de moda, abogando por un «naturalismo blando» […]

Es patente un resurgimiento del naturalismo a partir de los crecientes conocimientos científicos. Todos los conceptos son sometidos a la naturalización, que se convierte en una especie de «programa» general del conocimiento y de la acción. Desde la epistemología hasta la ética impera la objetivación naturalista, que se está convirtiendo en una moda y hasta en una nueva ideología, en la medida en que se sustenta en una «fe cientificista», que más que ciencia es filosofía deficiente («mala filosofía», afirma tajantemente Habermas).

[…]

En nuestro momento el naturalismo arrasa, intentando naturalizar los conceptos filosóficos tradicionales y llegando hasta la naturalización de la normatividad moral. Se recurre a las diversas ciencias naturales, pero en los últimos tiempos, tras el imperio de la Física, ha ido adquiriendo especial relevancia la Biología, primero la Genética y actualmente las Neurociencias. En virtud de todas estas tendencias, la filosofía contemporánea se está decantando hacia posiciones naturalizadas en todos los ámbitos. La animalidad del ser humano ha adquirido de nuevo una relevancia casi espectacular, a pesar de estar viviendo la época más tecnologizada de la historia».

Entre líneas se respira mucho temor y temblor (¡se van a cargar la ética, estos nihilistas!); es incluso una especie de diagnóstico de, por así decirlo, el tema de nuestro tiempo. Desde un punto de vista puramente gremial y sociológico, es comprensible que la llamada “naturalización” (que tiene muchos grados) de las disciplinas filosóficas clásicas despierte un rechazo furibundo. Lo raro sería lo contrario. Cuando algunos sociobiólogos presentaron hace años la ambiciosa propuesta de “biologizar” la ética y resolver more naturalista el principal problema de la filosofía según Camus, mucha gente frunció el ceño en los departamentos de las facultades de filosofía al imaginar que eso traía consigo el dilema de aprender biología evolucionista y etología humana o hacer las maletas. Dejando de lado las críticas académicas aceptables a ese algo tosco intento de naturalización de la ética, ante una situación de competencia gremial, los profesores de ética tenían incentivos racionales claros para oponerse a una socavación radical de la autoridad de su campo. A veces me da la impresión de que el temor a la naturalización de la filosofía se intensifica por una mala comprensión de lo que significa “lo biológico” que viene aparejado a ella. Las contraposiciones entre lo biológico y lo cultural, que dan lugar incluso a largos y sesudos ensayos, ya son casi un tópico. Sin embargo, como ya nos avisa Joseph Henrich, lo cultural es una parte de lo biológico. Puede que nos fuera mejor si comprendemos la expresión “lo biológico” como una esfera más amplia y flexible y no simplemente como un “determinismo genético” que se enfrenta a un independiente reino cultural-histórico (de lo que ya hablamos aquí). El mismo Marvin Harris, al que creo que nadie acusará de sociobiólogo biologicista, veía la cultura como un posible rasgo adaptativo que favorecía en ciertas circunstancias el éxito biológico. El hecho de que asociemos con tozudez “lo biológico” a “lo fijo”, incluso a “lo invariable” es muy problemático.

Como ya dijo Richard Rorty, a la filosofía contemporánea sólo le queda arrimarse o bien a las ciencias naturales o bien a las humanidades más artísticas, subjetivas y literarias (y quizá sea absorbida por alguna de ellas. O no).  Ninguna de las antiguas y pretendidas philosophiae perennes fueron tampoco autónomas ni independientes de forma absoluta de los saberes científicos y técnicos ámbito de su reflexión, pero es otra historia. En ese sentido, las polémicas probablemente aumenten cada día más y el miedo al naturalismo, el terror ante una posición que, efectivamente, va tomando fuerza gracias a su gran impulso en el mundo anglosajón (aunque creo que Conill-Sancho exagera) será cada vez más intenso y fuerte. No creo que se quede en una simple moda, señor Conill-Sancho. Aunque, por supuesto, lo que yo crea sobre un futuro posible es irrelevante.

Hasta hace unos veinte o treinta años, filosofía de la ciencia y filosofía de la física eran una y la misma cosa. Los filósofos de la ciencia más importantes (los neopositivistas, Popper, Kuhn, Lakatos, etc.) habían convertido la reflexión sobre la física en el tema hegemónico. Más allá, la nada. A fin de cuentas, la física se consideraba la ciencia paradigmática y cuasiperfecta. Pero con el tiempo la situación ha ido cambiando. La filosofía de la física actual parece estar cada vez más desgastada y manida; hay además muy pocos visos de que vaya a cambiar. ¿Qué podría ocupar su lugar?

La filosofía de la biología se presenta como una candidata con mucha fuerza y ya ha traído a su campo a ex-filósofos de la física reciclados. Aunque sus teorías no tienen una estructura matemática tan desarrollada como las teorías físicas (incluso se debate si es una “ciencia dura”, con leyes), de la biología contemporánea se derivan unas consecuencias más directas para el Homo sapiens sapiens, su naturaleza y su lugar en el mundo. Entendido de forma amplia, el darwinismo -sé que algunos tienen reparos con ese “-ismo”- tiene una fuerza demoledora y vitriólica sobre la vieja antropología filosófica. El ser humano es algo temporal y convencional, una forma (desde nuestra perspectiva) relativamente estable que adopta un acervo génico determinado. No existimos desde siempre y nuestra existencia no está metafísicamente garantizada en el futuro. A su vez, la singularidad de las teorías biológicas y de sus conceptos abre un entorno interesante donde reflexionar.

En 2007, John Wilkins propuso una serie de libros básicos para adentrarse en el intrincado universo de la filosofía de la biología. Son muy buenos (en especial el de Sober) y no los repetiré aquí. Ahora haré mi propia selección, que tiene una (obvia) impronta personal y arbitraria.

Manuales:

  • Un manual realmente viejuno (publicado en inglés en 1973) es La filosofía de la biología de Michael Ruse. Todo un clásico que no se reduce al tratamiento teórico de la teoría de la evolución, como suele ser habitual. También habla de genética (mendeliana y de poblaciones), de taxonomía, del problema de la teleología y de la relación entre la biología y la física.
  • La vida bajo escrutinio: Una introducción a la filosofía de la biología, de Antonio Diéguez. Lo estoy leyendo ahora y es de 2012. Creo que es el más adecuado para estudiantes y gente que quiere un primer contacto con este tema (además, incluye un glosario muy sencillo con términos científicos). El de Ruse empieza mucho más hardcore. Tiene un capítulo final sobre evolución y naturaleza humana donde toca temas como el de la psicología evolucionista y sus críticas, así como las distintas epistemologías evolucionistas que se han formulado.

Temas:

  • El azar y la necesidad: ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna, del biólogo francés Jacques L. Monod. Indispensable. Una visión materialista y desencantada del universo. Algunos biólogos lo ven como un mero ejercicio periodístico.
  • La peligrosa idea de Darwin, de Dan Dennett. La traducción al español es horrorosa y merece un buen chorro de napalm. En general, se trata de un libro que toca muchos temas relacionados con el darwinismo (quizá demasiados) desde el particular sentido del humor de Dennett. Su tesis principal es que la teoría de la selección natural tiene una naturaleza algorítmica que no se reduce a la biología. Asimismo, Dennett entra en la polémica del panadaptacionismo panglossiano (el error de considerar que todos los rasgos son adaptativos) con Jay Gould y Lewontin. Es mucho más justo con ellos que Steven Pinker, por ejemplo.
  • Evolución para todos de Dylan Evans y Howard Sellina. Probablemente lo más divulgativo que existe sobre evolución. Tiene dibujos y viñetas en cada página y el nivel general es el más básico posible. Trata desde la cladística al altruismo recíproco de Trivers. El tono es claramente favorable al gen egoísta de Dawkins y a la psicología evolucionista.
  • Sociobiología: la nueva síntesis, de Edward O. Wilson. Un libro de 1975 que causó una tremenda polémica y por eso tiene gran interés para nosotros. Es muy caro comprárselo (es una Biblia muy gorda con dos columnas por página) y creo que eso entra dentro del ámbito del frikismo. Pero al menos vale la pena leer alguno de sus capítulos, sobre todo el final, dedicado al ser humano. Muy bonitas ilustraciones.
  • El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta, de Richard Dawkins. Lo conoce todo Dios y es una obra de divulgación fundamental en una estantería. Explica las teorías sobre el altruismo animal que se barajaban en torno a la década de los 70. Las secciones sobre teoría de juegos pueden marear a algunos, pero valen la pena. Es indispensable comprárselo con los comentarios de 1989, algunos muy humorísticos.
  • No está en los genes. Racismo, genética e ideología de Lewontin, Rose y Kamin. Los autores critican lo que llaman “determinismo genético”, que según ellos impregnaría los dos libros anteriores y tantos otros. Pero no se limitan a atacar la sociobiología de su época, sino también cualquier exceso “biologicista” de la biología, también en el pasado. Tiene un toque de denuncia muy pronunciado, a veces derivando hacia posturas extracientíficas, políticas. Lo de la “biología dialéctica” es una trivialidad.
  • The Extended Phenotype, de Richard Dawkins. Aunque parezca increíble, este libro de 1989 no está traducido al español. En algunos aspectos es mucho más importante y controvertido que El gen egoísta. Dawkins se dedica a contestar críticas y a seguir con la polémica.
  • La vida maravillosa. Burgess shale y la naturaleza de la historia, de Stephen Jay Gould. No se trata de la simple descripción del yacimiento de fósiles de Burgess shale (con muchas inexactitudes). Es un ensayo sobre el papel de la contingencia histórica en la evolución y en nuestra propia existencia. Establecer “leyes” parecería imposible o increíblemente complicado.
  • La hormiga y el pavo real: el altruismo y la selección sexual desde Darwin hasta hoy, de la filósofa Helena Cronin.  Otra obra que trata el altruismo y la selección sexual con una buena prosa.
  • Evolutionary Genetics, de John Maynard Smith. No todo va a ser divulgación. Droga dura.
  • La revolución darwinista (La ciencia al rojo vivo), de Michael Ruse. Un recorrido histórico genial por la sociedad británica del siglo XIX. Se habla de Lamarck, de la polémica con la geología de Charles Lyell, de toda la obra de Darwin y su proceso de formación (y su faceta como geólogo autodidacta). Recomendadísimo.
  • El misterio de los misterios, de Michael Ruse. El autor investiga la relación entre las vidas de los principales autores evolucionistas y sus teorías, intentando saber si tenía razón Kuhn o Popper. Curioso y bastantes cotilleos personales.
  • Cualquier obra recopilatoria de los ensayos de Stephen Jay Gould es interesante desde un punto de vista teórico. Tiene un estilo algo barroco y complejo, pero al final acaba enganchando. Espero que te guste el béisbol.
  • The Spandrels of San Marco and the Panglossian Paradigm: A Critique of the Adaptationist Programme de Jay Gould y Lewontin. No es un libro sino un famoso artículo crítico con las narrativas panadaptacionistas en auge. Obviamente los autores no reniegan del adaptacionismo como programa de investigación en biología, sino de su empleo exagerado.
  • Evolución de Andrés Moya. Una perspectiva muy interesante y unitaria entre ciencias y humanidades, donde el darwinismo actúa de espacio común explicativo. El autor sabe muy bien de lo que habla.
  • Vidas sintéticas de Ricard Solé. Un libro divulgativo sobre lo último de lo último en ese ámbito tan impresionante de la biología contemporánea llamado biología sintética. El autor es algo hostil con la filosofía (dice que ahora la ciencia responde las preguntas filosóficas, pero es que la filosofía no pretende responder preguntas científicas), aunque es un libro eminentemente filosófico.

Y eso. Se me han quedado muchos en el tintero y existirán otros mejores que éstos que todavía no conozco. Pero espero que esta guía sea útil.