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[…] yo considero a ciertas corrientes de la filosofía más como una forma de actividad estética que como una forma de actividad científica (en el sentido de pretender encontrar por medios racionales la respuesta objetiva a una pregunta bien definida). La filosofía, en ese aspecto, no contribuye al bienestar de la humanidad encontrando leyes naturales, regularidades empíricas, ni teoremas lógico-matemáticos, sino más bien construyendo (y deconstruyendo) cosmovisiones, concepciones del mundo y de nuestro lugar en él, de un modo como lo hacen también la literatura, el arte, o la religión, pero al menos desde la perspectiva del diálogo constante, no de la mera libertad de contenido (como el arte) o desde el dogma que se intenta imponer sobre toda la forma de vida (religión), y por eso tiene un sitio institucional distinto al de la práctica del arte o al de la práctica de la religión, a saber, dentro de la Academia.
Y, naturalmente, es necesario el positivismo para dejar claro que la filosofía ampliamente entendida no consiste en una búsqueda de la verdad en el sentido en que lo son las matemáticas o la geología.

Vía @jzamorabonilla

La tesis XI sobre Feuerbach es una de las más populares y conocidas de Marx:

 «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

Pero también es muy dudosa e incierta. Los filósofos anteriores a Marx no se dedicaron exclusivamente a la vida contemplativa ni a generar teorías uránicas, pues muchas de sus afirmaciones estaban imbricadas fuertemente en el tapiz político de su patria y de su época. Si nuestras fuentes son fiables, ya Tales de Mileto propuso a los jónicos una unión federal inteligente para hacer frente al imperio persa y Parménides fue todo un legislador. Las relaciones entre Platón y la política de Siracusa son bien conocidas, si hemos de creer lo que nos cuenta el filósofo en su famosa Carta séptima. Aristóteles, por su parte, fue el tutor de Alejandro Magno y el fundador más serio de la política comparada; un hombre de pensamiento práctico que tuvo influencia enorme entre los tratadistas políticos posteriores. Durante el imperio romano, algunas sectas filosóficas (los cínicos y los estoicos) ejercieron una actividad política potente, sobre todo durante y después de Nerón. Esto nos cuenta el historiador Dión Casio sobre el filósofo Helvidio Prisco:

 «[…] era turbulento, buscaba el favor del pueblo, inculpaba constantemente a la realeza y alababa la democracia; y estando en consonancia sus acciones con sus ideas, había formado un grupo de oposición, como si la tarea de la filosofía fuera insultar a los que ocupan el poder, alborotar a la masa, derribar el régimen establecido e introducir un cambio de situación».

Historia romana, LXV 11, 2.

Para apoyar esta tesis no creo que sea necesario hablar también del compromiso político de Guillermo de Ockham, del olvidado Marsilio de Padua, de Maquiavelo, de Hobbes, de Spinoza, de Rousseau, de Hegel, de Schelling y demás, por mencionar a los más importantes. Los filósofos han estado implicados en la política desde siempre. Y como explica Mark Lilla, a veces con consecuencias imprudentes —especialmente en nuestro tiempo—.

A causa del anteproyecto de la nueva ley educativa [en PDF] hay noticias de interés para los profesores de filosofía de instituto —actuales y potenciales—. Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato pasaría a ser una asignatura optativa más. Un par de comentarios a vuelapluma:

1) Vamos a ser claros: la filosofía en general es una disciplina difícil y controvertida. Me parece que negar esto es mentir o pecar de desconocimiento.  Se puede simplificar con fines pedagógicos a Platón, a Nietzsche o a Descartes pero eso no representa ni a Platón, ni a Nietzsche ni a Descartes, sino más bien a una papilla convenientemente triturada de un par de filosofemas de los manuales de filosofía al uso. La caverna de Platón, el dualismo cartesiano o la voluntad de poder. Y poco más. Que unos pobres alumnos de bachillerato comprendan la importancia del pensamiento occidental es pedir mucho. Lo más probable es que uno o dos de treinta (siendo muy optimista) lo entiendan o al menos lo intuyan. Y con eso basta. Los más saldrán de clase con cierta indiferencia o aburrimiento o bien con prejuicios enormes hacia lo que ellos consideran que es “la filosofía” y su “profesor loco”. Como evidencia no muy relevante aunque orientativa, no hay más que buscar “filosofía” en Twitter. Pero esto es normal (Teeteto 174 a-b).

2) Las clases de Ética, tal como se imparten, siempre me han recordado a una especie de sacerdocio laico. Hay una serie de dogmas edificantes que se enseñan pero que jamás se someten a crítica ni se analizan sus fundamentos. Y eso es ideología, no filosofía. Se puede entender que la administración de estos ensalmos tenga una función pragmática. De hecho, se podría argumentar que su misión consiste en decir cosas bonitas que los muchachos deberían creer para que no estén drogándose por ahí o delinquiendo; una especie de catecismo low-cost adaptado a la generación Menéame. Pues muy bien (habría que comprobar su utilidad, eso sí), pero eso no es filosofía.

3) Yo no sé si la filosofía “sirve” para algo o no, y tampoco es una pregunta que me quite el sueño. Sospecho en general que no sirve para nada porque el mundo sigue su curso y la gente quiere ser feliz y no filosofar. Además, ya todos tienen sus “ideas propias” e incluso algunos morirían por ellas. Y por eso me parece tan interesante la filosofía.

4) Un gobierno conservador debería defender la Historia de la Filosofía, que no es más que la historia de grandes fracasos (y victorias parciales). Pero soy infinitamente pesimista respecto a su posible enseñanza.

Hay dos grandes corrientes más o menos reconocidas internacionalmente en el ámbito de la filosofía, al menos a nivel sociológico. Se trata de la filosofía analítica y la filosofía continental. Según la definición convencional, la filosofía analítica está más conectada con la lógica formal, las ciencias naturales y la aversión por los grandes sistemas filosóficos “totalizadores”. Por contra, la filosofía continental se relacionaría más con las artes, la literatura y la disciplina histórica, con las Geisteswissenschaften según la clásica noción de Dilthey. El problema es que dentro de tales tendencias, en la actualidad, hay demasiados autores que no representan las supuestas directrices generales donde se enmarcan teóricamente. Así se entiende que al decir que me atrae “la filosofía analítica” en el grupo no-oficial de mi facultad se me llame la atención sobre la pertinencia o la legitimidad filosófica de la distinción analíticos/continentales.

David Cáceres ha presentado una serie de objeciones muy interesantes. Considera que estamos tratando con un criterio demarcador de la filosofía de origen anglosajón y que parte de la ignorancia de la historia del pensamiento.  Además, cree que se suele asociar la filosofía continental con la hermenéutica y eso es un gran error: la filosofía continental no se agota en la hermenéutica. La tesis principal de David es que lo importante es tener en cuenta los argumentos, no las escuelas o las corrientes, pues prestar demasiada atención a estas últimas o “enmarcarse” en ellas revelaría infantilismo y pensamiento tribal.

Amparo Romero ha recalcado que la distinción analíticos/continentales se usa operativamente, especialmente en los congresos analíticos. En ese sentido, todos los contertulios estamos de acuerdo en que este criterio tiene cierta operatividad o utilidad, aunque David matiza en que es una operatividad muy básica y simplona, sin rigor filosófico. No encuentra ningún tipo de unidad o criterio unificador entre, por ejemplo, la totalidad de los denominados “filósofos continentales”.

En primer lugar, estoy de acuerdo en que estamos hablando de un criterio difuso. Especialmente la etiqueta “filosofía continental”, donde cabe desde Lukács hasta Heidegger, pasando por Nietzsche, Hegel y Foucault. Tenemos un grupo lleno de gente muy diversa e incluso enfrentada polémicamente entre sí. Una clase heterogénea con mucho barullo y fracturas internas. ¿Sirve entonces la etiqueta para aclarar algo? En realidad, esta etiqueta la he visto empleada sobre todo desde los filósofos analíticos pero nunca desde los filósofos continentales. Un filósofo continental no se concibe como filósofo continental sino como marxista [de tal tipo], marxiano, hermeneuta, fenomenólogo y demás. No hay congresos de filosofía continental con ese nombre.

En cambio, sí hay congresos de filosofía analítica, libros sobre filosofía analítica realizados por filósofos analíticos que se enmarcan fuertemente como analíticos y demás. Creo que hay una unidad más consciente entre los analíticos aunque sea entendiendo a la filosofía analítica como un biotopo donde luego los autores se enfrentan y “devoran” filosóficamente entre sí. Que reconocer la existencia de la unidad, aunque sea como biotopo, de la filosofía analítica sea bueno, malo, legítimo o ilegítimo filosóficamente dependerá en última instancia de qué consideremos filosofía. A fin de cuentas, si nos ponemos estrictos, todas las etiquetas son convencionales en sentido fundamental. Por lo demás, sí veo que la conexión con la lógica formal y con el principio de no contradicción sigue siendo bastante más fuerte en la filosofía analítica que en el marxismo, la hermenéutica, la fenomenología en sus diversas modalidades y demás. Aquí se podría hablar mucho y buscar excepciones, pero creo que es una tónica general.

En segundo lugar, no creo que sea posible tomar los argumentos independientemente de su procedencia como aboga David Cáceres. No defiendo caer en ad hominem, sino que considero que todos los argumentos están más o menos arraigados en un marco teórico hasta el punto de que es imposible cotejar o recibir ciertos argumentos si el marco teórico en el que se insertan es incompatible con el que sostenemos o del que partimos. No  recibimos o damos argumentos desde una posición sub specie aeternitatis sino con unas ciertas coordenadas ontológicas, epistemológicas, gnoseológicas, etc. de partida. Incluso el marco teórico puede acabar determinando los argumentos, como apunta Amparo Romero. Creo que hacer un collage pintoresco o una macedonia de ideas tomando argumentos por aquí y por allá independientemente de donde provengan acabará reflejando una posición endeble en sus fundamentos básicos o en la propia estructura de esos argumentos (los argumentos no pueden ser mónadas).

En conclusión, los que estudiamos esto de la filosofía somos muy testarudos y los debates (a veces puramente semánticos) se pueden alargar hasta que al adversario le explote la cabeza y acabemos ganando. Pero parece que hemos extraído aquí una serie de consideraciones de las que es posible tirar de la madeja hasta que salga algo.