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Con todo el berenjenal de la LOMCE y la situación problemática de la filosofía en la educación, he tenido la oportunidad de leer apologías del papel de la asignatura muy buenas, regulares y, por desgracia, también bastante malas. Una idea que aparece mucho es la siguiente: los alumnos de educación media jamás aprenderán nada de filosofía (en la vida, se supone) si no tienen la asignatura en el plan de estudios. ¿Eso es cierto? Probablemente sí. O no. Sin datos estadísticos es complicado hablar alegremente sobre el tema, pero una intuición a partir de mi experiencia personal me dice que algunos alumnos sí tienen un primer contacto positivo con la disciplina, otros (¿muchos?) la odian y el resto, como el cosmos insondable, permanece indiferente.

Mi primera vez con la filosofía no fue en el instituto, ni leyendo las obras completas de Bertrand Russell, ni viendo películas independientes de cinco horas. Fue en los foros de Internet. En mi adolescencia temprana pasé por una fase de obsesión con la cuestión de la existencia de Dios, que me parecía la pregunta más importante del mundo. De hecho, no encontraba otro debate con unas consecuencias (metafísicas, epistemológicas, éticas, políticas) tan tremebundas como ése. Como a muy pocos (o a nadie) les parecía tan interesante como a mí, busqué refugio en los foros de Internet. Gracias a los dioses olímpicos, en Internet las aguas son anchas como el vinoso ponto y hay p0rn de todo, incluso grandes foros como Creencias, Ateos/Teístas y un par más. Y ahí gasté las horas muertas. Horas y horas. Aparecían conceptos como la navaja de Occam, la teoría de la evolución (que me habían explicado en secundaria del modo más desastroso posible), el argumento ontológico de san Anselmo o el cosmológico de santo Tomás,  filosofía de la ciencia más o menos pop, falacias lógicas de todo pelaje, la tetera de Russell, el libre albedrío y el determinismo y en fin. Un aluvión de entidades y hechos particulares que tenía que digerir y rápido. Porque si no articulaba con detalle y precisión de relojero un mensaje en el foro, pues bien,  discreparían conmigo los contertulios más educados y sería absolutamente linchado por los trolls. Los trolls. A eso iba.

troll

Los trolls eran especiales. Todos los que encontraba eran inmunes a los poderosos ataques de la artillería de la lógica clásica, pero conocían de memoria toda la lista de falacias existente e incluso habían añadido un par nuevas. Si entre dos contertulios educados, no-trolls, al final se llegaba a un punto muerto y de manera ilustrada se abandonaba el debate, una discusión con un troll se alargaba con total seguridad hasta la muerte térmica del universo. Pero esos debates de besugos, cíclicos y nominalistas las más de las veces, requerían un gasto ingente de ATP para contestar con tino cada objeción, por larga o absurda que fuese. Porque cuando uno es un niño y comienza en esto de los foros siente que la racionalidad misma está en peligro si pierde la discusión, si te acaban colando el argumento ontológico hasta las trancas aunque le sacaras en su momento, con gesto victorioso, la crítica de Kant. Del mismo modo que antes la mili templaba el carácter, el enfrentamiento con un troll potencia la capacidad discursiva y convierte a un usuario medio de Internet, a un mindundi, en un señor, preparado y dispuesto a cualquier cosa; una máquina de refutar sedienta de sofismas. El interés general por tener la razón y demostrar su voluntad de poder movía a todos los foreros, en cierto modo, a emprender una carrera armamentista de argumentos para no quedar en un completo ridículo, de dimensiones incluso ontológicas, delante de centenares de personas. En esa época, los trolls de Internet representaron el motor que me condujo, de manera inexorable e irreversible, al gran debate. Luego, cuando uno crece, debe prescindir de ellos.

Cambios y traslaciones

Publicado: abril 8, 2012 en Metablog
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Como habrán podido notar, aquí aparece material nuevo más o menos una vez cada eón. Quizá se deba a que soy obsesivamente enfermizo a la hora de publicar una entrada y le doy vueltas y vueltas, la modifico, le quito la imagen, le pongo otra, incluyo una línea, la borro y demás hasta que veo que vale la pena o me pierde el agotamiento. Por no decir que escribir una línea me cuesta cien latigazos. Así pues, creo que para aumentar el ritmo de publicación incluiré más informalidad en los posts. Eso no significa que a partir de ahora esto será un eterno carnaval y me olvidaré del imperio de la ley. Más bien supone que usaré un 20% más de palabras llanas, acortaré un tanto las entradas, meteré más listas (a todo el mundo le gusta las listas) y más comentarios a vuelapluma, sin tanto ronroneo ni ínfulas. Reformas, vaya.

También han cambiado más cosas. Por ejemplo, mis intereses se han desarrollado (¿y ampliado?) bastante desde que abrí este blog. Ahora me interesan mucho más las ciencias sociales y las tengo más en cuenta, incluso más que la filosofía de la física, que era mi interés número uno al escribir la primera entrada. Como es natural, por aquel entonces contemplaba a las ciencias sociales con cierta curiosidad pero mis preferencias epistemológicas me hacían mirarlas un tanto por encima del hombro. Ahora tengo una concepción de la ciencia más abierta y tras leer un par de cosas sobre el tema, les otorgo la importancia que merecen, que es grande.

Por lo demás, sólo me queda lamentar el cierre del estupendo blog A bordo del Otto Neurath, que era el único de los pocos activos en español. Aprendí mucho con sus entradas y, sobre todo, con los comentarios y las discusiones kilométricas que seguía en silencio. Espero que todo marche bien.