Archivos de la categoría ‘Filosofía política’

Neil deGrasse Tyson in Cosmos

«Las efímeras generaciones de los hombres surgen y desaparecen en veloz sucesión, mientras que los individuos van danzando hacia la muerte entre angustias, necesidades y dolores. Incesantemente se preguntan qué será de ellos y qué significa toda esa farsa tragicómica, e invocan al cielo pidiendo respuesta. Pero el cielo permanece mudo».

Arthur Schopenhauer. Parerga y paralipómena.

La popular serie de documentales Cosmos vuelve, y la frase de gran sentido poético “somos polvo de estrellas” toma un nuevo impulso como meme. El problema es que es posible una lectura teórica alternativa de los mismos datos, a la manera de la infradeterminación de Duhem-Quine. Todos somos polvo de estrellas, muy bien, pero prácticamente cualquier cosa en nuestro planeta también lo es. El vecino que pone la música alta a las tres de la mañana  también es polvo de estrellas, así como un chicle recién masticado que hemos dejado en la papelera de la esquina. Este aserto tan pegadizo, que estimula nuestro sistema límbico, nos revela una banalidad: que todas las cosas físicas en algún sentido somos iguales. Ésta es precisamente la proclama del naturalismo filosófico, que reniega de abismos ontológicos y aboga por la clausura causal del mundo físico. Esto no tiene que ser algo bonito ni hermoso. Bien podría tratarse de una historia de terror. Pero eso da igual, y nunca mejor dicho.

Nietzsche tenía razón en algo muy importante. Y es que el avance de las ciencias naturales trae como consecuencia el auge del nihilismo.  Aquí no hay que entender nihilismo de manera peyorativa, sino descriptiva. El nihilismo es la pérdida de valor y credibilidad de todo lo que parecía sólido y estable. Así, como señala Alexander Rosenberg, en el nihilismo todo término normativo (bien, mal, etcétera) no se corresponde a nada existente o es falso. Lo bueno y lo malo sólo tiene un sentido instrumental dentro del marco de la evolución, así como un caramelo no es dulce en sí, sino únicamente lo es para nosotros porque es útil adaptativamente para identificar el azúcar presente en el entorno y consumirla. Asimismo, de los resultados de las ciencias contemporáneas podemos deducir, al igual que lo hizo el postestructuralismo francés, que el sujeto no existe y que el hombre ha muerto. Desde la metáfora del gen egoísta, que es otra manera de representar el darwinismo,  todos los seres vivos somos vehículos o interactores (la expresión es de David Hull) de los genes inmortales. La darwinización del mundo, tal y como la llamó Carlos Castrodeza, nos deja ante un universo repleto de ambigüedades, sin esencias y sin límites creíbles. Por ejemplo, qué sea vida y qué sea materia inerte es una mera distinción lingüística. Nos ha tocado lidiar con un mundo inestable que debemos sortear como seres frágiles, pues nuestra supervivencia no está asegurada por los designios de ningún creador ni ninguna supuesta característica especial, como la cultura.

Gracias a los descubrimientos de la ciencia contemporánea es posible concluir que el “yo” no existe. No hay un teatro cartesiano ni un “yo” indivisible y de sustancia mental, sino nuestro “yo” es una ilusión producida por la síntesis de una multiplicidad de sinapsis, elaboradas por esos robots orgánicos sin mente que llamamos neuronas. Tampoco podemos creer hoy en día en el libre albedrío, de tomarnos los experimentos en neurociencia en serio. Así pues, la imagen científica nos deja con un montón de bosones y fermiones en constante interacción. Esto se parece bastante a los paisajes desérticos que tanto le gustaban a Quine. O, sin irnos tan lejos, a la naturaleza de Lucrecio en De rerum natura.  Por lo demás, la naturalización de la sociología nos muestra que nuestras relaciones sociales no están más allá de la etología humana, por mucho que creamos trascenderla. La cultura humana, como dispositivo biológico, es una surtidora de cosmovisiones que nos permiten medrar en un entorno social más o menos conflictivo. Los relatos éticos, metafísicos, políticos o estéticos se usan como armas arrojadizas como estrategias racionales de supervivencia. Como es lógico, esta cosmovisión también es un relato más, aunque su fortaleza está conectada con lo establecido en las ciencias naturales. No es una cosmovisión elegante ni bella y hace verdadero aquello de Shakespeare de que la vida era un cuento, contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa.

La cuestión es que día a día no vivimos dentro de la imagen científica, sino en la imagen manifiesta, por seguir con los términos de Sellars. Es decir, que habitamos en un mundo de andar por casa, repleto de sesgos, heurísticos, prejuicios e ilusiones ópticas. Es la esfera de la psicología de masas, de los memes, de las decisiones instintivas (Gigerenzer) y de la racionalidad acotada, que está bajo el eterno influjo de las emociones. Es el mundo sin reducción teórica, donde las mesas son sólidas; el de los qualia y el autoengaño que no se conoce como autoengaño. Es el reino de la moral y de la política, donde se lucha por grandes palabras como la dignidad y la libertad. Ahí todo tiene sentido, tiene su relato, hay teleología. Las ilusiones que produce nuestro encéfalo, como máquina de realidad virtual de supervivencia que es, son el pan de cada día.

Quizá se prefiere un mundo u otro por razones de temperamento. Al fin y al cabo, el nihilismo es agotador y no se puede vivir mucho tiempo con él. La vida fenoménica tiene sus propias razones y viene de serie. No se puede abandonar la metáfora, ni el antropocentrismo ni el mundo áspero de la imagen manifiesta mientras se siga siendo humano, aunque sepamos teóricamente que las mesas no son sólidas y que no existe lo dulce fuera de nosotros mismos. En el ámbito de la divulgación científica se pretende conectar la imagen científica con la imagen manifiesta, para acercarse al lector o al espectador. La imagen científica a secas es neutral, poco entregada al cariño, como la Natura de Spinoza. Incluso nos parece hostil, ya que al fin y al cabo nos condena a lo efímero y a la irrelevancia: somos un mero accidente, pura temporalidad. Que se haga querer, que la imagen científica se vuelva hogareña es un producto de su enraizamiento con la imagen manifiesta a través de la apelación a nuestras emociones. No hay nada que nos llegue más dentro que un buen relato y eso es Cosmos. Y para bien.

Anuncios

Kant

Publicado: mayo 16, 2013 en Filosofía política
Etiquetas:, ,

Kant sobre la metafísica, primera parte:

No puedo esconder mi repugnancia, y un cierto odio, ante la vana arrogancia de todos los volúmenes llenos de lo que hoy pasa por evidencias, pues estoy completamente convencido de que el camino que se ha elegido hoy es completamente erróneo, que los métodos de moda en nuestros días deben incrementar infinitamente la cantidad de locura y error en el mundo y que incluso la total aniquilación de estas visiones sería menos dañina que el sueño mismo de la ciencia.

Kant sobre la metafísica, segunda parte:

Estoy lejos de considerar la metafísica misma como trivial o como algo de lo que pudiéramos prescindir. De hecho, desde hace un tiempo estoy convencido, ahora que he comprendido su naturaleza y su lugar apropiado en el conocimiento humano, que la felicidad auténtica y duradera del género humano depende de ella.

En la saga de ciencia ficción Hyperion, Dan Simmons describe dos grandes civilizaciones humanas. La primera es la Hegemonía, gobernada por las inteligencias artificiales del Tecnonúcleo y basada en la tecnología de los teleyectores: teletransportes instantáneos entre una red enorme de mundos. La segunda, en cambio, se retiró de la esfera de dominio de las IAs y decidió habitar en el vacío del espacio exterior, en asteroides y naves errantes. Los éxters modificaron su naturaleza, abandonando la morfología “humana”, la biología “humana” el arte “humano” y las convenciones “humanas”. Así, reivindican su sociedad como el triunfo del cambio y el progreso frente al estancamiento decadente de la Hegemonía, que ha permanecido siglos prácticamente idéntica.

Hace unos días, comenté en Twitter que toda teoría política decente depende de una teoría de la naturaleza humana realista. Si no recuerdo mal, la frase es de Richard Lewontin. De hecho, el debate que empezó a mediados de los setenta sobre la polémica de la sociobiología, donde participó el propio Lewontin, es un claro ejemplo de la importancia que tiene conocer científicamente a nuestra especie y su comportamiento en el ámbito de las ideologías. Y de la polvareda que levanta.

Un experimento mental para ver los casos límite de este asunto es el siguiente. Supongamos que es posible modificar la naturaleza humana (que de ningún modo, me parece, hay que imaginar como una entidad “esencialista”) de un modo sustancial. No estamos hablando simplemente de ingeniería genética al uso, sino también de dispositivos y cosas más o menos hipotéticas y cyberpunk que permitan modificar la conducta de un modo más o menos permanente. ¿Qué hacemos? ¿Cómo afectaría eso a nuestras ideas políticas? Porque, además, ¿qué demonios es un ser humano?

Al contrario de lo que generalmente se cree, el Homo sapiens no ha dejado de evolucionar biológicamente. De ahí podemos inferir que si nuestra especie sobrevive unos dos mil millones de años (por ejemplo) se habrá convertido en otra cosa, o en varias cosas, quizá inimaginables para el hombre actual. El cambio está asegurado, claro está, siempre que no intervenga un proceso tecnológico de por medio que pretenda “volver a la imagen de nuestros ancestros”, a los Homo sapiens originales. Esto es onanismo mental, pero puede dar pie a un debate sobre el concepto de especie, a si es preferible y deseable la modificación humana, y otros temas interesantes en filosofía de la biología y ética.

1) Por lo visto, todos somos críticos y nadie es una oveja de nadie. Es muy difícil que alguien se describa sinceramente como un sujeto bovino aunque lo sea, pues todos nos queremos mucho a nosotros mismos y tenemos algo de pudor. La expresión “pensamiento crítico” la emplean y abanderan marxistas que critican al capitalismo, antisistemas anarquistas, posmodernos, liberales que critican al marxismo, críticos de la demagogia habitual en las redes sociales, los mismos demagogos criticados y demás. A “pensamiento crítico” le pasa hoy como a “democracia”, “pueblo” o “librepensador”: significan de todo o cualquier cosa. Para un quinceemista o un asambleísta nuestras democracias representativas no son auténticas democracias y para un defensor de la democracia representativa (entre los que me encuentro) la única democracia real ya es la democracia realmente existente y terrenal que parece probadamente superior, que se sepa, al resto de sistemas como mecanismo de agregación de preferencias, de legitimación política y eficacia técnica. La democracia participativa y pura del reino de los cielos aunque suena bien y todos los que apoyamos el Bien y estamos en contra del Mal parece que deberíamos estar a favor, arrastra una serie de problemas bien conocidos. Recapitulando, cuando observamos que una expresión se arroja con un sentido y con su contrario (como el insulto “fascista”) desde múltiples coordenadas ideológicas es que estamos ante una idea confusa, desgastada y ambigua que pide a gritos ser analizada.

2) Quizá consideremos como lo más deseable filosóficamente la existencia de un pensamiento crítico que sea fuertemente crítico con sus propios fundamentos. Eso implica un pensamiento crítico coherente consigo mismo, un pensamiento descreído. Pero generalmente de lo que somos testigos es de un pensamiento crítico ejercido desde algún tipo de fundamento muy sólido o cuasi axiomático. Es una postura frecuente en el terreno político y el ideológico y no tiene por qué ser irracional a priori en términos políticos. La contumacia de un apostolado puede servir de mucho, sobre todo si está sostenida institucionalmente. Yo tampoco estoy seguro de si podemos “escapar” a todos nuestros sesgos ni tampoco de si todos son realmente “malos”. Sin darle muchas vueltas, se me ocurren algunos que pueden ser heurísticamente muy útiles y racionales frente a la imposible asimilación, gestión y criba racional de cantidades inmensas de información.

3) Un pensamiento crítico descreído y consciente de la debilidad de sus presupuestos lleva aparejado unos costes cognitivos y sociales altísimos. Saber esto nos lleva a preguntar: ¿es posible una sociedad política democrática con una amplia mayoría de ciudadanos con pensamiento crítico descreído? Aunque algunas creencias mitológicas (en el peor sentido) se pasen de moda, ¿no nacerán eternamente otras? Es decir, ¿no estaremos siempre en el mismo punto de partida? O  dicho de otra manera: ¿es todavía posible el sueño ilustrado? ¿Hay respuesta a esto? Yo no tengo la menor idea.

4) La mejor manera personal que he encontrado para comprobar qué crítico es el (denominado) pensamiento crítico de una persona es enterándome de sus ideas políticas. He notado una especie de corte entre opiniones racionalistas en general y posturas políticas racionales. Y por lo visto la maquinaria sigue funcionando sin problemas, sin que exploten cabezas ni  se salpique nada de sesos como en Pulp Fiction. ¿Será que los costes cognitivos y sociales de un pensamiento crítico descreído en temas políticos son superiores al coste cognitivo y social del rechazo a la homeopatía?

5) A lo mejor la secularización total de la política es imposible aunque vivamos a la sombra del desencantamiento weberiano. En ocasiones parece que nos encanta vestir a las cifras con bonitos relatos, que las historias épicas mueven más pasiones que la aburrida contabilidad o la estadística.  Parece una eterna tensión con la que hay que lidiar y que, sobre todo, hay que comprender. Tampoco veo solución en el horizonte.

Desde un punto de vista puramente biológico la respuesta parece obvia: claro que existe. Pero la humanidad biológica de la especie Homo sapiens sapiens no es la Humanidad de la que quiero hablar hoy. Me refiero a la Humanidad de la promoción de la ciudadanía global, del cosmopolitismo y también considerada como una especie de sujeto histórico. La Humanidad hace tal cosa, la Humanidad se encamina hacia tal objetivo, la Humanidad quiere y piensa.

Yo estoy de acuerdo con los autores que afirman que esa Humanidad política no existe y que incluso no sería conveniente que existiera si ello supone el fin absoluto del ἀγών propio de la política. El Estado universal de Kojève del fin de la historia, que conduce a la homogenización de todas las creencias, no creo que sea deseable ni posible sin un grado inmenso de violencia previa pacificadora. Como ya defendí hace unos meses, mi impresión es que lo que tenemos son grupos humanos diversos dentro de naciones políticas particulares, cada una defendiendo (oh, sorpresa) sus propios intereses. Mientras que hay una cierta clase de parecido biológico entre todos los habitantes humanos de la Tierra (genético y fenotípico), a nivel social y político hay múltiples intereses contrapuestos y rivalidades, coexistencias, apoyos y conflictos sin fin. El campo de la política rezuma diferencias e incluso en algunos temas es, por así decirlo, geométricamente imposible el acuerdo: se impone el “o nosotros, o ellos”. El escenario de la dinámica entre Estados es hobbesiano, polémico y muchas veces desalmado. En ese sentido, el hecho de que aparezca la idea de ciudadanía global y de la posibilidad de una Humanidad con valores compartidos recuerda a la esfera de pensamiento del helenismo y el Imperio romano. Ambas épocas comparten la existencia de un Estado hegemónico o al menos una ecúmene cultural y políticamente predominante y también la nuestra, aunque cada día menos. También en ellas aparecieron filósofos que iban más allá de las clásicas reflexiones sobre la naturaleza de la polis y la πολιτεία y proclamaban que lo importante era ser un ciudadano del cosmos. O, como decía Séneca, que su patria era el mundo entero.

No es extraño que un ciudadano de un imperio universal se considere ciudadano del mundo. Al fin y al cabo, el mundo es el imperio, el imperio es la civilización y detrás del limes sólo hay naturaleza agreste y bárbaros.  El imperio es el poder por excelencia y un poder palpable, digno de ser admirado o temido. La ley del imperio, respaldada por su fuerza y potestas, invalidaba automáticamente todas las demás leyes si entraban en conflicto con ella. Cuando el filósofo Plotino le propuso al emperador romano fundar la ciudad de los filósofos, Platonópolis, el emperador (o el Senado) se dio cuenta de que la ciudad justa, la ciudad de la justicia universal supondría una desvaloración de todas las demás leyes, incluidas las del imperio. Y eso es el caos. En tanto que ley universal, la ley del imperio es la ley natural:

Hoy en día quizá suceda algo parecido y por eso está en boga la idea de cosmopolitismo. Cuando se piensa en la ciudadanía global se tiene en mente a los Derechos Humanos, que creo que son un producto característico de eso que denominamos civilización occidental (es decir, no bajaron del cielo) y que tuvieron un papel importante en la posguerra frente a los horrores del nazismo todavía frescos y como denuncia en la Guerra Fría de los regímenes del bloque comunista. Los Derechos Humanos, desde luego, no son propiamente políticos ni legales sino eminentemente éticos. Quizá cuando son respaldados y promocionados fuertemente (institucionalmente) por un Estado cobran una dimensión política. Alguien podría decir que la ONU es una especie de protoestado mundial pero se asemeja más bien a un club de países (democracias, dictaduras y tiranías) con un poder legitimador más bien a nivel formal, algo así como el Papado en el pasado. Por supuesto, la imagen hay que cuidarla y mejor tener legitimidad que no tenerla.

Uno de mis sesgos en política (si es erróneo espero quitármelo pronto) es asumir casi de manera intuitiva el llamado realismo político. Eso no significa que ignore las formas o lo que los politólogos llaman el soft power. Tampoco que me tome siempre muy en serio a analistas que tienden al determinismo geográfico como Kaplan. Significa que en el reino de la política tiendo a pensar a nivel de Estado y que considero que Maquiavelo básicamente tenía razón. Por ejemplo, me parece convincente la idea de que la integración europea y la pax europea debe mucho más al paraguas nuclear norteamericano y a sus soldados que a buenas voluntades, al comercio o a que el Espíritu soplaba en la historia en una determinada dirección. La integración europea actual no empieza en un momento cero tras la Segunda Guerra Mundial, sino que podría ser un proceso heredero justamente de la pacificación de Europa, la neutralización bélica de las tensiones acumuladas y el posterior despliegue de 400.000-350.000 tropas estadounidenses en suelo europeo. Sin esas condiciones a mi entender es muy difícil imaginarla, aunque esto sea un contrafáctico muy discutible. La cuestión sigue abierta.

La perspectiva globalista a veces olvida que Brooklyn no se expande. Pensar en términos cósmicos o apolíticos no nos exime del hecho de que somos ciudadanos de naciones políticas concretas en las que vivimos día a día y en las que estamos socializados. Las fronteras sí que existen pues el Estado tiene el monopolio de la violencia dentro de sus límites (excepto en los Estados fallidos que no pueden controlar parte o todo su territorio, claro). Y creo que pocas cosas hay más reales que el peso del poder y, sobre todo, que los efectos del poder sobre el mundo. ¿No se manifiesta la materialidad del poder político en toda su magnitud cuando se aprueba un test de explosión nuclear? Si Ian Hacking suele decir que la ciencia es transformación del mundo (y esa transformación es real y efectiva, parte de la ciencia), lo mismo ocurre con el poder político. Por todo eso tengo la idea de que la Humanidad está efectivamente separada y se trata de una separación tajante y material. Así pues, es como si no existiera.

PS: Por alguna extraña razón WordPress no me deja insertar enlaces.

«Spinoza, en cambio [a diferencia de Hobbes], concibe a los individuos como representantes, desde el punto de vista humano, de la articulación del orden eterno en una jerarquía de partes y todos. Por tanto, puede aceptar las diferencias naturales (y no las convencionales) en los hombres como políticamente fundamentales. El carácter inexpugnable de estas diferencias naturales impondrá siempre una variedad de tipos y funciones entre los hombres en sociedad, y por tanto, de opiniones que no pueden ser destruidas en la unidad del poder gobernante, salvo al precio de destruir el propio orden social. Por consiguiente, Spinoza es un defensor de la democracia en que, por el bien de la filosofía (que salvaguarda los intereses de todos) debe permitirse la libertad de expresión para reflejar y satisfacer las diferencias naturales que hay en los hombres. En la medida en que la democracia es la encarnación de la enseñanza filosófica adecuada, regulará las opiniones de los hombres por medio de instituciones religiosas, sociales y políticas, pero no insistirá en una uniformidad de opinión.

[…]

Pero, para conservar la filosofía, el filósofo debe apoyar la democracia (que es en realidad la manifestación de su enseñanza política). De otro modo, cuando la opinión es tiranizada, la filosofía queda destruida por el dogma y la superstición. A la inversa, para conservar la democracia, debe apoyar la libertad de la filosofía. Los intereses de la filosofía y de la democracia coinciden, cuando unos y otros son debidamente definidos».

Stanley Rosen, “Baruch de Spinoza”, en Historia de la filosofía política.