Archivos de la categoría ‘Epistemología’

 «Faith is a myth and beliefs shift like mists on the shore; thoughts vanish; words, once pronounced, die; and the memory of yesterday is as shadowy as the hope of tomorrow… In this world — as I have known it — we are made to suffer without the shadow of a reason, of a cause or of guilt… There is no morality, no knowledge and no hope; there is only the consciousness of ourselves which drives us about a world that… is always but a vain and floating appearance… A moment, a twinkling of an eye and nothing remains — but a clot of mud, of cold mud, of dead mud cast into black space, rolling around an extinguished sun. Nothing. Neither thought, nor sound, nor soul. Nothing».

Joseph Conrad, Letter to Robert Bontine Cunninghame Graham.

Amazon_river

Anuncios

A veces he comentado que H. P. Lovecraft es uno de mis metafísicos favoritos. Esto es algo que requiere de cierta explicación. A fin de cuentas, ¿no fue Lovecraft un afamado escritor de relatos de terror? Ciertamente, creo que a nadie le dan miedo ya los relatos lovecraftianos de terror cósmico, aunque siempre queda algún rezagado. Mientras las generaciones que vivieron a principios del siglo XX apenas se habían empezado a asomar seriamente al firmamento, nosotros ya estamos mapeando las infinitas negruras del cielo que tanta ansiedad le producían a Pascal.  Y sin embargo, aunque tuviésemos una representación exacta del mundo probablemente no cesarían algunas preguntas propias de la naturaleza humana sobre las auténticas dimensiones de ese mundo representado.

Pero, ¿qué tendrá que ver la metafísica con la literatura de ficción? ¿No supone eso degradar la excelsa metafísica? Aquí voy a asumir, animus iocandi y parafraseando a Borges, que la metafísica es la rama más noble de la literatura de ficción o incluso de la ciencia ficción. A mi entender, esa definición da en el clavo y no necesariamente implica un juicio peyorativo contra la metafísica, sino más bien la revaloración de su importancia y dignidad como el reino de las apuestas. Porque hacer metafísica es en sentido último apostar.  Algunos apuestan a que todo tiene causas naturales o que la φύσις se reduce a la materia (sea lo que sea) y la energía. Otros apuestan a que detrás del telón de lo aparente hay alguna entidad racional. Para todos, hacer metafísica es apostar por un punto de salida, por una cosmovisión más o menos coherente de la que sea posible partir para edificar un mundo. Hay tanto metafísica positiva (hay X) como metafísica negativa (no hay X). Hay posturas metafísicas que se definen como negación de otras. Pero en cualquier caso, toda apuesta supone un riesgo: la posibilidad de que estemos fatalmente equivocados. Nuestras posturas metafísicas siempre hay que entenderlas como mitos que creamos sobre la posible naturaleza del Todo.

La cuestión que pone Lovecraft (aunque no es suya) sobre la mesa es que el Todo, la realidad, el noúmeno, la φύσις o como queramos llamar a la totalidad de lo existente podría ser incomprensible para un ser racional. Hasta el punto de que si alguien llegara a entenderla perdería inmediatamente todo atisbo de cordura, se volvería loco. La realidad podría ser como un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia que nada significa, como leemos en el Macbeth de Shakespeare. Y eso va mucho más allá de la popular idea de absurdo de Camus y otros porque el sinsentido lovecraftiano (personificado por sus fuerzas extraterrenas ancestrales y balbuceantes) supera nuestra frágil capacidad cognitiva. Si el absurdo se puede llegar a asumir e incluso Camus nos deja claro en El mito de Sísifo que se puede integrar en nuestro proyecto vital, la mera intuición del sinsentido supondría la total aniquilación de la integridad mental del sujeto.

Que la búsqueda de patrones en un posible trasfondo ontológico caótico parezca un capricho cognitivo de los animales superiores es muy compatible con el darwinismo. De hecho, podría ser profundamente antidarwinista lo contrario: creer que hay algo así como una conexión intrínseca entre la mente de nuestra especie y la auténtica realidad del mundo, si es que la hay. Por supuesto, también por comodidad podemos hacer una poda y creer que no tiene la mayor importancia si el Todo tiene un sentido o no, que sería como preguntarnos por qué el sistema solar tiene precisamente ocho planetas y no tres o siete. O que suponer un sentido a la φύσις es creer que tiene una especie de esencia y eso es imposible o no vale la pena hablar de ello. Pero la pregunta sigue ahí y me parece que ninguno de nosotros tiene la más mínima idea, ni hay horizonte a la vista de respuesta. Si es que pudiera haber respuesta, claro.

A mí me parece que el nihilismo está muy bien para escribir entradas en blogs, libros y artículos para revistas especializadas de filosofía. Incluso podríamos presentárselo a las visitas. Pero tampoco creo que sea muy sano salir con él puesto demasiado tiempo. Los nihilistas nunca viven según los principios del nihilismo, porque una sociedad nihilista es un imposible.

PD: En breve contestaré a todos los comentarios de estos últimos días, que se me han ido acumulando. En otro orden de cosas, he pensado en montar otro blog (no supone la destrucción de El demonio de Laplace) enfocado más bien a temas de filosofía en general, literatura y teoría/filosofía política. Otra opción sería hacer reformas en este e incluir todos los temas juntos, pero no sé si podría haber incompatibilidad de gustos por parte del público asiduo a este blog, que tiene la mirada puesta más bien en la epistemología y en la filosofía de la ciencia.

Le cedo la palabra a Hume:

«Aunque no hubiera azar en este mundo, nuestra ignorancia de la causa real de un suceso tendría la misma influencia sobre el entendimiento y engendraría un tipo de creencia u opinión similar».

David Hume. Investigación sobre el entendimiento humano. 

Supongamos por un momento que podemos construir un duplicado físico perfecto de un determinado fragmento de nuestro universo. Por ejemplo, una copia idéntica de nuestro planeta Tierra (con todo lo que contiene, incluyendo a los humanos) o de nuestro sistema solar. Se trataría de un reflejo total, partícula elemental por partícula elemental, de su referencia. Como hablamos de un experimento mental, nuestra copia comparte con el original el mismo lugar espacio-temporal, algo imposible en el mundo real. Es de imaginar, por tanto, que la copia tendrá exactamente las mismas propiedades (ni una más, ni una menos) que el original. Y no hablamos sólo de propiedades físicas, sino de todas: las biológicas, las sociológicas, las políticas y las económicas. Y eso se debe a que todas las propiedades se reducen o supervienen de las propiedades físicas. Dicho en pocas palabras: the physical facts fix all the facts. O como decía David Lewis:  “El mundo es lo que la física dice que es, y no hay nada más que decir. La historia del mundo escrita en el lenguaje de la física es toda la historia del mundo”.

Esta es la tesis del filósofo de la ciencia Alexander Rosenberg (por supuesto, no la inventó él) y así desarrolla el ejemplo en esta entrevista. Si empezamos a atomizar “grandes sistemas”, como una sociedad política, al final nos encontraremos con lo más fundamental que conocemos, los bosones, los fermiones y las entidades de la física. Según Rosenberg, la mecánica cuántica y la física de partículas contemporánea representan lo más certero y probablemente real que conocemos. Su precisión en las predicciones es insuperable, como ya mencionaba el propio Richard Feynman. Desde ese punto de vista reduccionista, podemos estar muy seguros de que existen los bosones y los fermiones que forman todo lo existente y mucho menos seguros del resto. Conforme vayamos “ascendiendo de nivel”, habrá más ilusiones. Por eso Rosenberg cree que conceptos como el libre albedrío, el yo, o los hechos morales no existen intrínsecamente. La ciencia justamente los desmontaría y chocaría frontalmente con nuestras autoexplicaciones intuitivas, cotidianas. Tampoco el cosmos tendría ningún tipo de sentido ni propósito. Sólo hay un montón de partículas y, como heurística, algunos hechos científicos importantes como la selección natural o los descubrimientos de la neurociencia.

Por supuesto, el reduccionismo total de Rosenberg va a contracorriente a la mayoría de las posturas filosóficas de los científicos y los filósofos actuales. Este fisicalismo no es más que una actualización del que ya sostuvieron algunos empiristas lógicos hace décadas y ha recibido numerosas críticas. Es lógico que, por emplear una analogía informática, los píxeles de la foto de lo real son partículas fundamentales. Pero derivar desde ahí que todo en la foto es en cierto modo ilusorio creo que es un criterio demasiado restringido. Por otro lado, cuando se le pregunta a Rosenberg por qué tantas teorías biológicas no se han reducido a la física (o las económicas a la biología), siempre responde que aunque ahora no se ha podido, en el futuro sí se podrá (como se resolvió la paradoja de Zenón del movimiento con herramientas matemáticas y físicas más adelante). Eso significaría una disolución de todas las ciencias en la física y, por tanto, una unificación de la ciencia. Pero ese “se podrá” creo que tiene un fallo. ¿Y si no se puede? ¿Y si conviene una diferencia metodológica con fines explicativos? Rosenberg ya reconoce la utilidad de la teoría de la evolución en biología. ¿Por qué no podría extenderse ese criterio a otras ciencias útiles explicativamente hablando? Aunque creo que la postura reduccionista de Rosenberg es interesante, en general otros de sus postulados -me parece- se justifican menos.

Esta entrada participa en la XXXIV Edición del Carnaval de la Física, organizada por Hablando de Ciencia.

Hace unos días quería escribir algo sobre el ensayo-reseña (aquíaquí) del filósofo Massimo Pigliucci del seguramente recomendable (no lo he leído) libro Every Thing Must Gode James Ladyman y Don Ross. Este post de Cives me lo ha recordado, así que intentaré decir algo sobre la posición mantenida en este libro (el realismo estructural óntico) y, en general, sobre la metafísica actual.

La metafísica era la rama de la filosofía que pretendía dilucidar qué hay en el sentido más general posible. ¿Qué ha sido de ella? ¿Ha muerto? Creo que la metafísica (o la ontología) más sofisticada de hoy en día es la que se toma en serio la física y el corpus científico contemporáneo. De lo contrario estaríamos hablando, por decirlo suavemente, sobre lo que unas palabras dicen de otras palabras, algo de lo más interesante en literatura pero poco relevante en el ámbito del conocimiento real e intersubjetivo. Algunos filósofos analíticos han montado también sus propias metafísicas, cargadas de intuiciones y elementos a priori que recuerdan a los viejos vicios neoescolásticos del positivismo lógico. Por eso Ladyman y Ross defienden una metafísica naturalizada, esto es, que esté a la par con la ciencia (como decía Quine) y en el mismo barco.

En general, el realismo estructural está a caballo entre ciertas posturas de la familia de los realismos clásicos y la de los antirrealismos (e instrumentalismos varios). No es, por cierto, una idea absolutamente novedosa, pues ya hay posiciones parecidas en Russell, el primer Wittgenstein o incluso en Poincaré (y si nos ponemos laxos, hasta en Platón y Pitágoras). Según sus defensores, esta singularidad la dota de las ventajas de ambas, lo mejor de ambos mundos. Así se evitarían de forma elegante los eternos problemas derivados de la dicotomía y la fricción entre realismos y antirrealismos. Por un lado, se toma del realismo la idea de que las teorías científicas refieren o describen algo que efectivamente existe o que tiene dimensión ontológica y verdadera. De otro modo, el éxito predictivo de la ciencia parecería un milagro completo y sería inexplicable. Del antirrealismo, el realismo estructural tiene en cuenta (según la formulación clásica de Larry Laudan de la meta-inducción pesimista) que las teorías consideradas empíricamente verdaderas y útiles han sido sustituidas constantemente en la historia y, de hecho, sus términos o entidades teóricas no concuerdan con los de nuestras teorías actualmente aceptadas. De ahí se sigue que nuestras modernas teorías exitosas no tienen por qué ser diferentes de esas teorías desacreditadas. Conceptos como el de aproximación progresiva a la verdad o el de referencia exitosa entre los términos de las teorías (aceptadas y desacreditadas) se cuestionan fuertemente porque no serían necesarios para explicar el éxito predictivo de una teoría científica.

El punto central del realismo estructural, tal y como lo sostuvo en un principio John Worrall, es que lo que explica el éxito predictivo de la ciencia es la continuidad estructural (matemática) entre las teorías científicas y no la de sus términos concretos o su ontología: ni  las entidades o cosas a las que la teoría refiere. Las relaciones (y las ecuaciones) son lo real, no las cosas o la ontología individual que contiene una teoría. En especial, Ladyman, Ross y French sostienen la naturaleza ontológica de las estructuras matemáticas, mientras que Worrall mantiene un realismo estructural de carácter más epistémico, enfocado en las teorías, y no se mete demasiado en berenjenales ontológicos. La cuestión es que, además, las estructuras matemáticas que describe el realismo estructural óntico serían compatibles con diversas ontologías, incluso muy diferentes entre sí. Asimismo, si ya no hay cosas ni entidades individuales ontológicas, conceptos clave como el de causalidad dejan de tener sentido en física fundamental, aunque sigan siendo temporalmente operativos en otras disciplinas.

Las críticas al realismo estructural (en su vertiente epistémica u óntica) son importantes. Parece una posición metafísica demasiado centrada en la física. En lo que Ladyman y Ross llaman “ciencias especiales”, como la biología, no hay tantas estructuras matemáticas como en las ciencias físicas. Como recuerda Pugliucci, en biología evolutiva el nivel matemático es todavía -comparativamente- pequeño. También la relativa originalidad de esta postura colisiona con quizá demasiadas objeciones, incluyendo las del realismo clásico, que pone en duda los puntos antirrealistas que hace suyos el realismo estructural. Por ejemplo, conocidos autores realistas critican la meta-inducción pesimista de Laudan que formulamos arriba: consideran que los ejemplos tomados por Laudan no son propios de una ciencia madura y que las teorías actuales son metodológicamente más fuertes; se amplía el concepto de referencia;  se pone en duda la efectividad predictiva de esas presuntas teorías exitosas desechadas y demás. A su vez, hay contrarréplicas y este asunto no está zanjado para nada. De hecho, las publicaciones a favor o en contra de la meta-inducción pesimista se siguen llevando a cabo ahora mismo y es un tema muy relevante en filosofía de la ciencia.

Para terminar, ¿qué cabe destacar de todo esto? Pues que el realismo estructural aporta frescura a un debate larguísimo y a veces sencillamente estancado. Es una síntesis curiosa que hay que apoyar o refutar, según sea el caso. Pero no se puede permanecer indiferente.

Esta entrada es una respuesta a este interesante post de La Máquina de Von Neumann. Aunque podría contestar en su caja de comentarios (y de hecho lo hice) creo que conviene fomentar el debate e incluso la polémica entre los cuatro o cinco gatos que tenemos un blog en español sobre filosofía y, en concreto, sobre filosofía de la ciencia básicamente.

Partiendo de una imagen del siempre magnífico Escher, Santiago sostiene principalmente que la realidad es un puro fluir y que los modelos matemáticos que generamos para explicarla son presa de una intrínseca rigidez geométrica. Así, la imagen científica sostenida por esos modelos y teorías jamás daría cuenta de la auténtica complejidad de las cosas, que se escaparía a la pretensión de medición y formalización como el agua del mar entre las manos. Esa tensión irresoluble es la tragedia del conocimiento humano y un reflejo de sus propios límites. Me recuerda al Nietzsche de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, que señalaba el papel limitado de la cognición y el conocimiento humano respecto a la pluralidad inabarcable del cosmos teniendo en cuenta el darwinismo.  Santiago entiende que nuestros modelos matemáticos quieren ser isomorfos respecto a las cosas que explican. Es decir, que quieren representarlas de una manera fiel, en una correspondencia de uno-a-uno. Pero ese ideal estaría constreñido por la inmensa complejidad de lo real, que a veces no responde a regularidades ni a figuras geométricas concretas, claras y distintas.

Yo no estoy de acuerdo con la concepción de la realidad de Santiago, ni tampoco con su idea de qué es un modelo matemático explicativo. Empezamos por el segundo punto. Como se ha sugerido también en los comentarios, los modelos no buscan exactamente simular la realidad ni siquiera ser completamente isomorfos respecto a ella.  Un modelo teórico no pretende agotar la parcela de realidad en la que se basa ni tampoco ser una representación especular de ella. No es su objetivo. A mi entender, es mejor tomar el criterio de la potencia explicativa: un modelo será adecuado y eficiente cuando de él se extrae un gran número de predicciones o retrodicciones (reconstrucciones del pasado)  o simplemente un buen nivel de explicaciones. No es necesario, por tanto, que el modelo contenga en sí toda la información del fenómeno que modela o que lo simule en toda su magnitud de variables posibles. El poder de la explicación reside en su enorme (¿infinita?) potencialidad, incluso para usos prácticos inimaginables por su primer teorizador. Newton no podía haber pensado en las sondas especiales ni Maxwell en la radio o en la televisión. En ese sentido, los modelos matemáticos explicativos no es que sean simplemente “imperfectos” (no isomorfos) respecto a la realidad, es que tienen que serlo si quieren ser modelos explicativos. Desde luego, el tema de la explicación es muchísimo más complejo y es central en filosofía de la ciencia. Han corrido ya ríos de tinta sobre él desde hace muchísimo tiempo. En un post no lo vamos a abarcar ni resolver.

Por último, el tema de la realidad. Como plantea Santiago en los comentarios, en la realidad existen las suficientes semejanzas, regularidades y repeticiones como para que el conocimiento sea posible. Si la realidad fuera el Caos, con el que comienza la Teogonía de Hesíodo, sería imposible dar cuenta del mundo científicamente. No habría cosmos ni orden, ni posibilidad de leyes universales y necesarias. No habría matemáticas, el lenguaje de la ciencia según Galileo. En definitiva, no habría ciencia como tal. Sería todo muy parecido al País de las Maravillas, sin lógica posible. Por tanto, nuestro universo, en cierto sentido, es racional o computable. Yo aventuro o apuesto que esas regularidades responden a la estructura misma del universo y no son simples “presupuestos antrópicos” (elementos que ponemos nosotros en el universo para entenderlo y manejarlo, a la manera de paralelos y meridianos) sino que además tienen un trasfondo ontológico. O sea, que aunque no veamos en la realidad fenoménica figuras geométricas exactas o ideales, la geometría euclídea y la geometría de Riemann tienen un contenido de verdad ontológico. Pero esto es demasiado arriesgado. Como he comentado antes, no es más que una apuesta porque quizá no se pueda dirimir jamás empíricamente.

Adenda: Es muy popular la observación de que las matemáticas son como un corsé, una especie de camisa de fuerza de la razón. Las críticas hacia la matematización de la realidad, según algunos irreductible, tienen un fondo de incomprensión muy fuerte sobre qué son las matemáticas y qué hacen los matemáticos (y los físicos) hoy en día. Las matemáticas son mucho más. Los modelos matemáticos de la meteorología o los que nos parecen más “irracionales” o “caóticos” son también parte de nuestras matemáticas y están cada vez mejor desarrollados. La estadística y la teoría de la probabilidad también demuestran que las matemáticas contemporáneas son más sofisticadas que lo que hace entender la caricatura extendida sobre ellas.

En un discurso de 1894, el físico y futuro premio Nobel (1907) Albert Abraham Michelson dijo lo siguiente:

«Las leyes fundamentales y los hechos más importantes de la ciencia física ya han sido descubiertos, y actualmente están tan firmemente establecidos que la posibilidad de que sean alguna vez suplantados como consecuencia de nuevos descubrimientos es sumamente remota. […] Nuestros futuros descubrimientos habrá que buscarlos en la sexta posición de la coma decimal».

Lo curioso es muy pocos años más tarde, gracias a sus experimentos sobre la velocidad de la luz con Edward Morley, el propio Michelson contribuyó a colocar los fundamentos de la relatividad especial de Albert Einstein. Una teoría novedosa que rompía con el modelo del universo newtoniano que tanta seguridad y certeza le daba a Michelson en 1894. La física ya no estaba completa y acabada, como la cosmología de Aristóteles. Quedaba todavía mucho por hacer.