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«—¿Por qué quieres arrebatarle el poder a las Moiras?

—¿Es que ahora tienes dudas? —Una chispa peligrosa brilló en los ojos de Tubilok. Por un instante, los tres globos rojos destellaron en su rostro como fantasmas del pasado.

—Las dudas son una consecuencia inevitable de la inteligencia.

—¿Y por qué deben gobernar las Moiras inmutables el Onkos? —preguntó Tubilok en tono irritado.

—Nunca ha sido de otra forma. Entre las syfrõnes se cree que las Moiras son el origen de toda la realidad y que preexisten antes que todos los universos.

—¿Que algo haya sido siempre de una forma en el pasado significa que deba seguir siéndolo en el futuro?

—Futuro y pasado son lo mismo para las Moiras.

—¡Pues van a dejar de serlo! ¿Sabes por qué quiero derrocarlas?

—La verdad es que no —reconoció Mikhon Tiq.

—¡Porque la realidad debe evolucionar!

—Ya lo hace. Las Moiras han creado y crean todo tipo de universos.

Tubilok sacudió la cabeza.

—Está bien. Te diré la verdad, pero tú no se la repetirás a nadie, ni siquiera a ti mismo.

—No lo haré.

—Quiero derrocarlas porque soy un hombre. Porque en mi naturaleza está levantar la mirada a las estrellas y estirar la mano para tocarlas. Pero si un hombre, un hombre de verdad, descubre que detrás de las estrellas hay otras estrellas, querrá alcanzarlas. Y si se entera de que hay algo que supera a las estrellas en brillo y belleza querrá alcanzarlo. Y si descubre que detrás del horizonte hay otro horizonte, y uno más al otro lado, y que hay infinitos horizontes querrá llegar a todos ellos y asomarse para ver qué hay más allá. Saber es poseer y poseer es saber, y un hombre de verdad no puede vivir siendo consciente de que en algún lugar de algún universo hay algo que ignora y que por tanto no posee.».

Javier Negrete. El corazón de Tramórea.

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 «Entierros sin cuento rivalizaban por hacerse a la carrera sin comitiva y, enfrentados unos a otros por dar sepultura a la gente de su parentela, regresaban hartos de llorar y lamentarse; de ahí buena parte de ellos con la tristeza entraba en cama. Y no era posible hallar ni uno solo que no se hubiera visto afectado por enfermedad o muerte o duelo en ese tiempo.

Además, ya todo pastor y ganadero, e igualmente el robusto conductor del corvo arado, desfallecían y en lo hondo de su cabaña quedaban postrados sus cuerpos maltrechos por la pobreza y entregados por la enfermedad a la muerte; sobre sus hijos exánimes podías ver exánimes los cuerpos de los progenitores y, al revés, sobre sus padres y madres, rendir sus vidas los hijos. Y en no pequeña parte desde los campos confluyó en la ciudad la dolencia, que allí una masa afectada de campesinos, venidos con la enfermedad de todas partes, fue juntando. Llenaban todos los ensanches y edificios; cuanto más se apretaban entre sus vahos, iba así la mortandad creciendo a montones. Muchos cuerpos había por la calle acostados o cubrían el suelo arrodillados junto a los caños de las fuentes, perdido el resuello ante el dulzor excesivo de las aguas; y acá y allá, por los parajes públicos disponibles y por las calles, verías que muchos cuerpos languidecientes con las carnes ya miedo muertas, costrosos de mugre y cubiertos de andrajos, perecían entre excrementos, con solo la piel sobre los huesos ya casi sepultada bajo llagas asquerosas y podredumbre.

Todos los santuarios venerables de los dioses, en fin, los había llenado de cuerpos sin vida la muerte, acá y allá los templos de los celestiales quedaban todos cargados de cadáveres, pues estos sitios los sacristanes los habían ido llenando de huéspedes. Y ya ni la religión ni el poder de las divinidades pesaban mucho: tan recio abotargamiento regía ya todos <los corazones; a las divinidades>, pues, les ganaba la angustia presente.

Ni en la ciudad se mantenían aquellos usos funerarios que la gente devota solía siembre seguir en los entierros, pues andaba toda ella alterada y temerosa, y cada uno según sus recursos y <el momento> enterraba dolorido a su pariente. Lo repentino <del golpe> y la indigencia invitó a cometer muchas ignominias; porque es que a los allegados, con gran vocerío, los ponían sobre las piras ajenas ya levantadas y metían por debajo las teas, enzarzándose en peleas a menudo de mucha sangre antes que dejar los cuerpos abandonados».

Lucrecio. Final de De rerum natura.

«En los capítulos precedentes de este libro he intentado poner en claro, dentro de una esfera específica de creencias, la lenta formación a través de los siglos y sobre la base del depósito dejado por sucesivos movimientos religiosos, de lo que Gilbert Murray ha llamado, en una conferencia recientemente publicada, “el Conglomerado heredado”. La metáfora geológica es apropiada, porque el crecimiento religioso es geológico: su principio es, en conjunto y salvo excepciones, la aglomeración, no la sustitución. Un nuevo esquema de creencias rara vez borra por completo el esquema anterior: o el antiguo sigue viviendo como un elemento del nuevo —a veces como un elemento inconfesado y semi-inconsciente— o bien los dos persisten yuxtapuestos, lógicamente incompatibles, pero aceptados contemporáneamente por diferentes individuos e incluso por el mismo individuo.

[…]

Heráclito tuvo la temeridad de atacar lo que hasta el día de hoy constituye un rasgo de la creencia popular griega, el culto a las imágenes que era, según él, como hablar a la casa de un hombre en lugar de hablar a su dueño. Si Heráclito hubiera sido ateniense, es casi seguro que habría sido condenado por blasfemia, como dice Wilamowitz.

[…]

“Sé natural” [o “Da rienda suelta a tu naturaleza”], dice la Causa Injusta en Las Nubes; “cocea, riéte del mundo, no te avergüences de nada”. [χρῶ τῇ φύσει, σκίρτα, γέλα, νόμιζε μηδὲν αἰσχρόν].

[…]

Hacia el 432 a. C. o un año o dos después, se declararon [en Atenas] delitos denunciables el no creer en lo sobrenatural y el enseñar astronomía. Los treinta años siguientes, aproximadamente, fueron testigos de una serie de juicios por herejía, únicos en la historia ateniense. Entre sus víctimas se cuenta la mayoría de los jefes de la ideología progresista de Atenas: Anaxágoras, Diágoras, Sócrates, casi seguramente Protágoras también, y posiblemente Eurípides.  En todos estos casos, salvo en el último, triunfó la acusación: Anaxágoras fue probablemente multado y desterrado; Diágoras se salvó con la huida; lo mismo probablemente, hizo Protágoras; Sócrates, que podía haber hecho lo propio, o podía haber pedido una sentencia de destierro, prefirió quedarse y beber la cicuta. Todos éstos eran hombres famosos. No sabemos cuántas personas, más oscuras, sufrieron por sus ideas. […] La Gran Época de la Ilustración griega fue al mismo tiempo […] una época de persecusión, de destierro de estudiosos, de trabas para el pensamiento, e incluso (si podemos creer en la tradición sobre Protágoras) de quema de libros».

E. R. Dodds. Los griegos y lo irracional.

«El temor supersticioso al rayo, ante el que no hay protección, está ampliamente difundido. Los mongoles, dice el monje franciscano Rubruk, que llegó hasta ellos como enviado de San Luis, temen sobre todo al trueno y al rayo. Durante el temporal expulsan de sus yurtas a todos los extranjeros, se envuelven ellos mismos en fieltros negros y se esconden allí hasta que todo haya pasado. Se abstienen (informa el historiador persa Rashid, que estaba a sus servicios) de comer la carne de un animal alcanzado por el rayo, y ni siquiera osan acercársele. Entre los mongoles todo tipo de prohibiciones sirven para obtener el favor del rayo. Ha de evitarse todo lo que pueda atraerlo. El rayo es a menudo el arma principal del dios más poderoso».

Elías Canetti. Masa y poder.

«Pero al pretender mostrar que la naturaleza no hace nada en vano (esto es: no hace nada que no sea útil a los hombres) no han mostrado —parece— otra cosa sino que la naturaleza y los dioses deliran lo mismo que los hombres. […] la naturaleza no tiene fin alguno prefijado, y que todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas […]».

Baruch Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico.

«[…] los hombres se guían más por el ciego deseo que por la razón […] la naturaleza no está encerrada dentro de las leyes de la razón humana, que tan sólo buscan la verdadera utilidad y la conservación de los hombres, sino que se rige por infinitas otras, que se orientan al orden eterno de toda la naturaleza, de la que el hombre es una partícula […]».

Baruch Spinoza. Tratado político.

«Under the pen of Thucydides, the heroic legend thus becomes history, and the very name of the Aegean Sea carries within it the aetiological relationship between the colonial and economic power of Minos over the islands of which the center is Delos and the enthroning of Theseus in Athens as a democratic king following his father’s suicide. Foreshadowed in an early era by Minos’ civilizing activities in the former Cretan Sea, the taking of political and economic control by Athens in the Aegean Sea would be consecrated by the creation of the Delian League just after the Persian Wars, with Delian Apollo’s sanctuary serving as its cultic and administrative center […]».

Claude Calame. “Greek Myth and Greek Religion” en The Cambridge companion to Greek Mythology.

«La filosofía griega en su conjunto tiene un marco mítico. […] El mito no es algo de lo que el hombre se pueda liberar radicalmente, como si tal cosa. […] En nuestros días, se suele calificar como mitos a ciertas representaciones y motivos del pensamiento común, operativos pero acríticamente aceptados, constituidos con fines ideológicos o que irreflexivamente descansan sobre fundamentos ideológicos. En el sentido profundo y radical del término, el mito es otra cosa.

Tal y como yo lo entiendo, el mito es algo sin lo cual el hombre difícilmente podría vivir. No por motivos externos, como en el caso de la ideología, en el que el hombre plantea en cierto modo exigencias ante la realidad. El hombre no puede vivir sin el mito porque el mito es verdadero».

Jan Patočka. Platón y Europa.

«Por un lado, Platón presenta el mito en una clara oposición al logos. Por otro, no se debe ignorar que, aparte de la claridad de la oposición semántica, Platón difumina conscientemente en algunos casos la frontera entre el mito y el logos».

Thomas Szlezák. Leer a Platón.

«La convicción de que el hombre era el producto necesario de las fuerzas universales de la naturaleza enseñó a Lincoln la indulgencia y la tolerancia hacia los otros, de modo que no tuvo “malevolencia hacia nadie, sino caridad con todos”; a pesar de las amargas experiencias de su vida privada y política. Pero esta actitud fatalista se fusionaba en él, como en Spinoza, con un profundo respeto por el valor natural y la dignidad del hombre, y el inalienable derecho de cada persona a ser su propio amo. El éxito de Lincoln en emancipar a los esclavos de América fue uno de los actos creativos supremos de la historia, y alteró lo que parecía ser un inevitable destino para millones de personas. En este sentido, llevó a la práctica de la vida social aquellos principios sobre los que Spinoza había fundado su Ética».

«En muchos aspectos Spinoza representa una cruda e insensible visión del universo, en la que se fuerza al individuo a confrontar su soledad con la inmensidad inimaginable del espacio vacío. La disposición a concebir la situación humana sin apelar a la consolación metafísica, pero sin tampoco desesperar, representa un nuevo tipo de valor que Spinoza llama fortitudo o fortaleza del ánimo -algo que tiempo después, Nietzsche llamó “probidad intelectual”. Si esta probidad se funda sobre los bancos de arena de su propio racionalismo, como mantuvo Jacobi y luego Strauss, esto no resuelve el problema moral y político. Por encima de todo, la fortitudo es la virtud del hombre libre, alguien que entiende el contexto causal de su situación y que usa este conocimiento para actuar decididamente y con responsabilidad. Y Spinoza recalca la cualidad interna de esta virtud: no depende del reconocimiento o de la buena opinión de otros, sino que deriva de la buena opinión que tenemos de nosotros mismos. Bien entendida, esta virtud podría llamarse autoestima: la virtud primera del nuevo individuo democrático».

Steven B. Smith. Spinoza y el libro de la vida. Libertad y Redención en la Ética.

 

«Hoy en día [1970] resulta imprudente, por parte de un hombre de ciencia, emplear la palabra “filosofía”, aun siendo “natural”, en el título (o incluso en el subtítulo) de una obra. Se tiene la seguridad de que será acogida con desconfianza por los científicos y, a lo mejor, con condescendencia por los filósofos. Sólo tengo una excusa, pero la creo legítima: el deber que se impone, hoy más que nunca, a los hombres de ciencia de considerar a su disciplina dentro del conjunto de la cultura moderna, para enriquecerla no sólo con conocimientos técnicos importantes, sino también con las ideas salidas de su ciencia, que puedan considerarse humanamente significativas. La ingenuidad misma de una visión nueva (la de la ciencia siempre lo es) puede a veces iluminar con nueva luz antiguos problemas.

Desde luego, hay que evitar toda confusión entre las ideas sugeridas por la ciencia y la ciencia misma; pero también hay que llevar sin titubeos hasta sus límites las conclusiones que la ciencia autoriza, a fin de revelar su plena significación».

Jacques Monod. El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna.

«Es conocida la respuesta de un personaje de Oscar Wilde a la exigencia de una “verdad pura y simple”: “La verdad raramente es pura, y nunca es simple”. Popper (“conjetura y refutación”) y Feyerabend (“todo vale”) tienen el encanto de la simplicidad, si no el de la pureza. Pero la verdad acerca de la naturaleza de la ciencia no es simple, y los científicos no son puramente racionales ni puramente no racionales. Si se quiere un slogan, helo aquí: el realismo es la verdad; el racionalismo moderado, el camino».

W. H. Newton-Smith. La racionalidad de la ciencia.

«[…] mirando con ojos de filósofo las acciones y las empresas de los hombres no veo en ellas casi ninguna que no me parezca vana e inútil […]».

René Descartes. Discurso del método.

«[…] tan pronto como se establezca algún sistema para volar [al espacio], no faltarán colonos de nuestra especie humana. ¿Quién creería antaño que la navegación por el vastísimo océano sería más tranquila y segura que por el angostísimo golfo del Adriático, por el mar Báltico o por el estrecho inglés? Supón que haya naves o velas adecuadas a los vientos celestes y habrá quienes no teman ni siquiera a esa inmensidad».

Johannes Kepler. Dissertatio cum Nuncio Sidereo.

 «La falacia naturalista tiene un reverso: la falacia antinaturalista. Algunos tienen una visión exaltada de lo que significa ser humano. Según una de estas concepciones, los seres humanos “naturales” viven de acuerdo con la naturaleza, coexistiendo pacíficamente con las plantas, los animales y entre sí. La guerra, la agresión y la competencia son consideradas manifestaciones corrompidas de esta naturaleza humana esencialmente pacífica provocadas por condiciones como el patriarcado y el capitalismo. A pesar de las pruebas en contra, la gente se sigue aferrando a tales ilusiones. […] La falacia antinaturalista tiene lugar cuando nos contemplamos a través de las lentes de la visión utópica de cómo querríamos ser».

David Buss. La evolución del deseo. Estrategias de emparejamiento humano.