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Definiciones tentativas

Publicado: marzo 7, 2015 en Antropología
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1) El hombre es el animal que adora al Pueblo, pero odia al vecino. Aunque el Pueblo sea un conjunto compuesto por subconjuntos de ásperos vecinos. La conclusión es que el hombre aprecia al Pueblo si y sólo si el Pueblo es un conjunto vacío, o una abstracción lo bastante etérea para dejarse amar.

2) El hombre es el animal que ama la democracia e incluso quiere más democracia. Pero las asambleas de vecinos le parecen un coñazo.

3) El hombre es esa criatura que defiende el pensamiento crítico porque lo dice Fulano, y Fulano siempre tiene razón.

En la saga de ciencia ficción Hyperion, Dan Simmons describe dos grandes civilizaciones humanas. La primera es la Hegemonía, gobernada por las inteligencias artificiales del Tecnonúcleo y basada en la tecnología de los teleyectores: teletransportes instantáneos entre una red enorme de mundos. La segunda, en cambio, se retiró de la esfera de dominio de las IAs y decidió habitar en el vacío del espacio exterior, en asteroides y naves errantes. Los éxters modificaron su naturaleza, abandonando la morfología “humana”, la biología “humana” el arte “humano” y las convenciones “humanas”. Así, reivindican su sociedad como el triunfo del cambio y el progreso frente al estancamiento decadente de la Hegemonía, que ha permanecido siglos prácticamente idéntica.

Hace unos días, comenté en Twitter que toda teoría política decente depende de una teoría de la naturaleza humana realista. Si no recuerdo mal, la frase es de Richard Lewontin. De hecho, el debate que empezó a mediados de los setenta sobre la polémica de la sociobiología, donde participó el propio Lewontin, es un claro ejemplo de la importancia que tiene conocer científicamente a nuestra especie y su comportamiento en el ámbito de las ideologías. Y de la polvareda que levanta.

Un experimento mental para ver los casos límite de este asunto es el siguiente. Supongamos que es posible modificar la naturaleza humana (que de ningún modo, me parece, hay que imaginar como una entidad “esencialista”) de un modo sustancial. No estamos hablando simplemente de ingeniería genética al uso, sino también de dispositivos y cosas más o menos hipotéticas y cyberpunk que permitan modificar la conducta de un modo más o menos permanente. ¿Qué hacemos? ¿Cómo afectaría eso a nuestras ideas políticas? Porque, además, ¿qué demonios es un ser humano?

Al contrario de lo que generalmente se cree, el Homo sapiens no ha dejado de evolucionar biológicamente. De ahí podemos inferir que si nuestra especie sobrevive unos dos mil millones de años (por ejemplo) se habrá convertido en otra cosa, o en varias cosas, quizá inimaginables para el hombre actual. El cambio está asegurado, claro está, siempre que no intervenga un proceso tecnológico de por medio que pretenda “volver a la imagen de nuestros ancestros”, a los Homo sapiens originales. Esto es onanismo mental, pero puede dar pie a un debate sobre el concepto de especie, a si es preferible y deseable la modificación humana, y otros temas interesantes en filosofía de la biología y ética.

 «Faith is a myth and beliefs shift like mists on the shore; thoughts vanish; words, once pronounced, die; and the memory of yesterday is as shadowy as the hope of tomorrow… In this world — as I have known it — we are made to suffer without the shadow of a reason, of a cause or of guilt… There is no morality, no knowledge and no hope; there is only the consciousness of ourselves which drives us about a world that… is always but a vain and floating appearance… A moment, a twinkling of an eye and nothing remains — but a clot of mud, of cold mud, of dead mud cast into black space, rolling around an extinguished sun. Nothing. Neither thought, nor sound, nor soul. Nothing».

Joseph Conrad, Letter to Robert Bontine Cunninghame Graham.

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Le cedo la palabra a Hume:

«Aunque no hubiera azar en este mundo, nuestra ignorancia de la causa real de un suceso tendría la misma influencia sobre el entendimiento y engendraría un tipo de creencia u opinión similar».

David Hume. Investigación sobre el entendimiento humano. 

«Spinoza, en cambio [a diferencia de Hobbes], concibe a los individuos como representantes, desde el punto de vista humano, de la articulación del orden eterno en una jerarquía de partes y todos. Por tanto, puede aceptar las diferencias naturales (y no las convencionales) en los hombres como políticamente fundamentales. El carácter inexpugnable de estas diferencias naturales impondrá siempre una variedad de tipos y funciones entre los hombres en sociedad, y por tanto, de opiniones que no pueden ser destruidas en la unidad del poder gobernante, salvo al precio de destruir el propio orden social. Por consiguiente, Spinoza es un defensor de la democracia en que, por el bien de la filosofía (que salvaguarda los intereses de todos) debe permitirse la libertad de expresión para reflejar y satisfacer las diferencias naturales que hay en los hombres. En la medida en que la democracia es la encarnación de la enseñanza filosófica adecuada, regulará las opiniones de los hombres por medio de instituciones religiosas, sociales y políticas, pero no insistirá en una uniformidad de opinión.

[…]

Pero, para conservar la filosofía, el filósofo debe apoyar la democracia (que es en realidad la manifestación de su enseñanza política). De otro modo, cuando la opinión es tiranizada, la filosofía queda destruida por el dogma y la superstición. A la inversa, para conservar la democracia, debe apoyar la libertad de la filosofía. Los intereses de la filosofía y de la democracia coinciden, cuando unos y otros son debidamente definidos».

Stanley Rosen, “Baruch de Spinoza”, en Historia de la filosofía política.

En La revolución naturalista se publicó un post que denunciaba, con Victor Davis Hanson, que la guerra sea un tabú y generalmente esté marginada en el debate público. De inmediato aparecen las primeras reacciones que ven la tesis anterior autocumplida: algunos interpretan de una manera simplista que la entrada es un alegato belicista, etcétera. Pero no tiene nada que ver.  Explicar no es justificar. Las cosas simplemente ocurren y hay que estudiarlas con seriedad. Y con mayor razón cuando tienen relevancia y han determinado nuestro presente.

1) Como sugiere el artículo, conceptos como “paz”, “resolución de conflictos” y “diálogo” han venido a anegar y oscurecer este tipo de cuestiones. Conceptos políticos son formalmente sofisticados hasta el punto de que se vuelve difícil distinguir claramente su naturaleza material e históricamente compleja. Habrá quien piense que la democracia ateniense surgió por un genuino amor al diálogo, o porque el pueblo lo decidió por consenso en una asamblea del Pnyx. No obstante, la realidad es que en la génesis de la democracia ateniense podemos encontrar multitud de factores distintos y muy polémicos: un intento de amortiguar la stásis (guerra civil o lucha de clases), endémica de las poleis; o bien la configuración política que integraría en su seno a una mayor porción de los combatientes de la “muralla de madera” de Temístocles tras la batalla naval de Salamina, que fue el auténtico punto de inflexión en las guerras greco-persas. Después de Salamina nada sería igual. Materialmente,  fueron los trirremes los que forjaron el imperio comercial ateniense de la pentecontecia y los que cimentaron la bases de la democracia radical de tipo antiguo de Pericles. Y una armada poderosa es cara y necesita más recursos humanos que un ejército terrestre. El modelo hoplítico y agrario decayó en beneficio de los remeros de clases populares, que hicieron suya la defensa de la polis y empezaron a sentirse tan políticamente cruciales como los mismos eupátridas.

2) Nuestras democracias liberales modernas son diferentes. Y sin embargo, aunque en Europa creemos vivir en una burbuja donde reina la paz perpetua o el reino de la libertad se ha desplegado al fin, las realidades políticas actuales no son tan distintas de las que operaban en el mundo clásico. En nuestro tiempo la hegemonía (supremacía, imperio, poderío, llámese como se quiera)  la tiene EEUU, cuyas flotas patrullan los mares y aseguran el flujo del comercio marítimo internacional. Desde la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental ha permanecido bajo el paraguas nuclear que le otorga mayor grado de paz que en las zonas periféricas a sus fronteras. Gracias a la Pax Americana, las rivalidades bélicas ancestrales entre los países europeos se han contenido relativamente bien. Esto ha ocurrido así y hay que tenerlo en cuenta y analizarlo con la cabeza fría necesaria.

3) Quizá algo importante que revela el estudio de la guerra es la fragilidad de la democracia y de la “paz”. La paz no es el estado de naturaleza. Al contrario, el escenario geopolítico parece hobbesiano y la paz es artificial; debe ser impuesta por las instituciones y el imperio de la ley, respaldadas por la fuerza. Si mañana aboliéramos la policía y los ejércitos en todo el mundo, dudo mucho que el género humano una sus manos y todos cantemos como hermanos. La racionalidad tiene sus límites y el diálogo y la diplomacia  también. Nadie desea la guerra, pero al final se acaba produciendo si todos los demás cauces se desbordan.

4) El tabú de la guerra recuerda al tabú de hablar acerca de la violencia de algunas tribus, que prevalece en algunos antropólogos culturales. Napoleon Chagnon lo cuenta en el prólogo de Yanomamö:

 «Otros antropólogos admiten la existencia de violencia en el mundo tribal, pero piensan que no debemos hablar de ello. Recuerdo a una colega que en sus primeros años de carrera me instó completamente en serio a dejar de escribir sobre la guerra y la violencia que presenciaba diciendo: “Aunque sea así, preferimos que los demás no lo sepan para no causar una mala impresión”. ¿Una mala impresión de qué? Se dice que, al tener conocimiento de la teoría de Darwin, según la cual el hombre descendía del mono, la mujer del obispo exclamó: “¡Buen Dios, esperemos que no sea verdad! ¡Y si lo fuera, esperemos que nadie se entere!».