Citas de la semana VII: De rerum natura (La realidad)

Publicado: noviembre 26, 2012 en Citas de la semana
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 «Entierros sin cuento rivalizaban por hacerse a la carrera sin comitiva y, enfrentados unos a otros por dar sepultura a la gente de su parentela, regresaban hartos de llorar y lamentarse; de ahí buena parte de ellos con la tristeza entraba en cama. Y no era posible hallar ni uno solo que no se hubiera visto afectado por enfermedad o muerte o duelo en ese tiempo.

Además, ya todo pastor y ganadero, e igualmente el robusto conductor del corvo arado, desfallecían y en lo hondo de su cabaña quedaban postrados sus cuerpos maltrechos por la pobreza y entregados por la enfermedad a la muerte; sobre sus hijos exánimes podías ver exánimes los cuerpos de los progenitores y, al revés, sobre sus padres y madres, rendir sus vidas los hijos. Y en no pequeña parte desde los campos confluyó en la ciudad la dolencia, que allí una masa afectada de campesinos, venidos con la enfermedad de todas partes, fue juntando. Llenaban todos los ensanches y edificios; cuanto más se apretaban entre sus vahos, iba así la mortandad creciendo a montones. Muchos cuerpos había por la calle acostados o cubrían el suelo arrodillados junto a los caños de las fuentes, perdido el resuello ante el dulzor excesivo de las aguas; y acá y allá, por los parajes públicos disponibles y por las calles, verías que muchos cuerpos languidecientes con las carnes ya miedo muertas, costrosos de mugre y cubiertos de andrajos, perecían entre excrementos, con solo la piel sobre los huesos ya casi sepultada bajo llagas asquerosas y podredumbre.

Todos los santuarios venerables de los dioses, en fin, los había llenado de cuerpos sin vida la muerte, acá y allá los templos de los celestiales quedaban todos cargados de cadáveres, pues estos sitios los sacristanes los habían ido llenando de huéspedes. Y ya ni la religión ni el poder de las divinidades pesaban mucho: tan recio abotargamiento regía ya todos <los corazones; a las divinidades>, pues, les ganaba la angustia presente.

Ni en la ciudad se mantenían aquellos usos funerarios que la gente devota solía siembre seguir en los entierros, pues andaba toda ella alterada y temerosa, y cada uno según sus recursos y <el momento> enterraba dolorido a su pariente. Lo repentino <del golpe> y la indigencia invitó a cometer muchas ignominias; porque es que a los allegados, con gran vocerío, los ponían sobre las piras ajenas ya levantadas y metían por debajo las teas, enzarzándose en peleas a menudo de mucha sangre antes que dejar los cuerpos abandonados».

Lucrecio. Final de De rerum natura.

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