Como parece evidente, la mejor manera de ponderar la fuerza de una postura filosófica es leyendo a sus críticos. Aunque a nadie le guste realmente ser refutado,  a veces es mucho más interesante y provechoso leer una crítica tras otra que únicamente artículos autorreferenciales y triunfalistas, masajes ideológicos que abonan un determinado tipo de pensamiento grupal (de cuya tentación, por cierto, nadie está libre y la filosofía no es, ni mucho menos, una salvaguarda sino todo lo contrario. Y no se arregla calificando al concepto de pensamiento grupal como “psicologismo” y muy buenas). De esto me he acordado cuando ayer por la tarde abrí casualmente el último número de la revista de filosofía del CSIC Isegoría, donde podemos toparnos con este artículo del zubiriano Jesús Conill-Sancho en el que presenta una serie de objeciones al “naturalismo”  desde el ínclito Ortega y Gasset. Vista desde la actualidad, la postura historicista y antirrealista de Gasset que hace suya Conill-Sancho tiene demasiados agujeros. En cierto modo, es una versión algo más sofisticada de las críticas románticas y hermenéuticas de hace más de dos siglos: la vida es irreductible; el hombre es sobre todo historia, biografía y narración y no tiene naturaleza; lo humano es algo más que materia; lo mundano frente a la conceptualización; el conocimiento tiene sus límites insalvables y hay un reino del significado impenetrable ante el escrutinio empírico. Pero no es eso lo que me llevó a escribir este post, sino más bien la descripción que Conill-Sancho hace del naturalismo y de su influencia en el ámbito académico al principio del artículo:

«Hoy en día nos encontramos inmersos en un medio intelectual en que predomina cada vez más el naturalismo. Y no sólo en el mundo angloamericano, donde el programa naturalista es invasivo, sino hasta en Europa un  pensador como Jürgen Habermas también ha sido seducido por la terminología de moda, abogando por un «naturalismo blando» […]

Es patente un resurgimiento del naturalismo a partir de los crecientes conocimientos científicos. Todos los conceptos son sometidos a la naturalización, que se convierte en una especie de «programa» general del conocimiento y de la acción. Desde la epistemología hasta la ética impera la objetivación naturalista, que se está convirtiendo en una moda y hasta en una nueva ideología, en la medida en que se sustenta en una «fe cientificista», que más que ciencia es filosofía deficiente («mala filosofía», afirma tajantemente Habermas).

[…]

En nuestro momento el naturalismo arrasa, intentando naturalizar los conceptos filosóficos tradicionales y llegando hasta la naturalización de la normatividad moral. Se recurre a las diversas ciencias naturales, pero en los últimos tiempos, tras el imperio de la Física, ha ido adquiriendo especial relevancia la Biología, primero la Genética y actualmente las Neurociencias. En virtud de todas estas tendencias, la filosofía contemporánea se está decantando hacia posiciones naturalizadas en todos los ámbitos. La animalidad del ser humano ha adquirido de nuevo una relevancia casi espectacular, a pesar de estar viviendo la época más tecnologizada de la historia».

Entre líneas se respira mucho temor y temblor (¡se van a cargar la ética, estos nihilistas!); es incluso una especie de diagnóstico de, por así decirlo, el tema de nuestro tiempo. Desde un punto de vista puramente gremial y sociológico, es comprensible que la llamada “naturalización” (que tiene muchos grados) de las disciplinas filosóficas clásicas despierte un rechazo furibundo. Lo raro sería lo contrario. Cuando algunos sociobiólogos presentaron hace años la ambiciosa propuesta de “biologizar” la ética y resolver more naturalista el principal problema de la filosofía según Camus, mucha gente frunció el ceño en los departamentos de las facultades de filosofía al imaginar que eso traía consigo el dilema de aprender biología evolucionista y etología humana o hacer las maletas. Dejando de lado las críticas académicas aceptables a ese algo tosco intento de naturalización de la ética, ante una situación de competencia gremial, los profesores de ética tenían incentivos racionales claros para oponerse a una socavación radical de la autoridad de su campo. A veces me da la impresión de que el temor a la naturalización de la filosofía se intensifica por una mala comprensión de lo que significa “lo biológico” que viene aparejado a ella. Las contraposiciones entre lo biológico y lo cultural, que dan lugar incluso a largos y sesudos ensayos, ya son casi un tópico. Sin embargo, como ya nos avisa Joseph Henrich, lo cultural es una parte de lo biológico. Puede que nos fuera mejor si comprendemos la expresión “lo biológico” como una esfera más amplia y flexible y no simplemente como un “determinismo genético” que se enfrenta a un independiente reino cultural-histórico (de lo que ya hablamos aquí). El mismo Marvin Harris, al que creo que nadie acusará de sociobiólogo biologicista, veía la cultura como un posible rasgo adaptativo que favorecía en ciertas circunstancias el éxito biológico. El hecho de que asociemos con tozudez “lo biológico” a “lo fijo”, incluso a “lo invariable” es muy problemático.

Como ya dijo Richard Rorty, a la filosofía contemporánea sólo le queda arrimarse o bien a las ciencias naturales o bien a las humanidades más artísticas, subjetivas y literarias (y quizá sea absorbida por alguna de ellas. O no).  Ninguna de las antiguas y pretendidas philosophiae perennes fueron tampoco autónomas ni independientes de forma absoluta de los saberes científicos y técnicos ámbito de su reflexión, pero es otra historia. En ese sentido, las polémicas probablemente aumenten cada día más y el miedo al naturalismo, el terror ante una posición que, efectivamente, va tomando fuerza gracias a su gran impulso en el mundo anglosajón (aunque creo que Conill-Sancho exagera) será cada vez más intenso y fuerte. No creo que se quede en una simple moda, señor Conill-Sancho. Aunque, por supuesto, lo que yo crea sobre un futuro posible es irrelevante.

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comentarios
  1. Pablo C. dice:

    Una vez mas estoy de acuerdo. El punto de que lo cultural, puede ser leído como un aspecto propiamente biológico -en sentido amplio-, yo en algún momento lo pensé (pero que original soy), y después me di cuenta que se le había ocurrido a otros antes que a mi. Como sea, vivir en mundo donde el naturalismo sea la posición dominante me ayuda a dorrmir mas tranquilo.

  2. Rubén dice:

    “Sin embargo, como ya nos avisa Joseph Henrich, lo cultural es una parte de lo biológico. Puede que nos fuera mejor si comprendemos la expresión “lo biológico” como una esfera más amplia y flexible y no simplemente como un “determinismo genético” que se enfrenta a un independiente reino cultural-histórico”

    O es lo biológico una parte de lo cultural o lo histórico. También puede verse así. Es difícil decantarse. El problema, me parece a mi, es que al ampliar la esfera de “lo biológico” (ampliación con la que estoy de acuerdo) no se sostiene el naturalismo filosófico. Tirando de wikipedia: no se puede considerar a la naturaleza como principio único de todo lo que es real. A menos que naturaleza funcione como un concepto ad hoc, vacío de contenido. Es imprescindible partir del pluralismo y superar el monismo que se encierra bajo la idea de una naturaleza (madre naturaleza) de lo que deriva todo, como si el todo partiese de algo unitario y simple y no fuese siempre algo diverso, complejo.

    Los problemas del naturalismo los detecto sobre todo en la neurociencia moderna. Ese proyecto de naturalización de la mente concibe unas veces el comportamiento como un mero resultado, producido por el cerebro, por ejemplo. Otras veces, sin embargo, admite el papel conformador del comportamiento, pero asumiendo al tiempo que el comportamiento se puede reducir a fisiología o lo que es peor: a cómputo, a algoritmo, a trigonometría. De manera tal, entonces, que en teoría podría prescindirse del comportamiento si descubriésemos las sinapsis o los algoritmos ocultos tras la “expresión comportamental” La neurociencia moderna está recorriendo de nuevo el camino sin salida que ya recorrió la fisiología del sistema nervioso central en el siglo XIX.

    • Hola, Rubén:
      No creo que el enunciado “lo cultural es parte de lo biológico” se pueda revertir. Antes de que apareciera lo cultural -como extensión biológica- ya existían formas de vida funcionales. En cualquier caso, la idea principal es que no hay un corte ni un abismo total entre lo cultural y lo biológico, sino que forman un continuo. En cuanto al naturalismo: hay muchísimas definiciones. La Wikipedia en español da cuenta de una muy genérica y que, a mi entender, no le hace juicio a las múltiples dimensiones del naturalismo ontológico (aquí hay algo mejor, de David Papineau: http://bit.ly/QgfEDu). Te puedes encontrar tanto al naturalismo pragmatista como al naturalismo de Hume o incluso al naturalismo del realismo estructural. En ese sentido, normalmente buena parte de las ontologías naturalistas lo que aceptan como existente es lo que dicen nuestras teorías científicas -especialmente las físicas- que existe.

      Lo que comentas sobre los problemas de la naturalización de la mente es cierto y hay debate sobre ello. Principalmente, en las neurociencias se busca una especie de teoría maestra o integradora (como la síntesis moderna en teoría evolutiva) que haga las veces de macromarco teórico o paradigma de una teoría de la mente-cerebro decente. Todavía se trabaja en ello y se seguirá trabajando, porque es bastante complicado. Hay un popurrí de modelos, desde el materialismo eliminativo a los diversos tipos de funcionalismo, etc. Habrá que ver cómo acaba todo eso. Saludos.

  3. Rubén. dice:

    Paulo, disculpa que deje un nuevo comentario tanto tiempo después. Perdí la referencia de la página. Solo dos cosillas. Aunque en principio, en efecto, podríamos hablar de un continuo de lo biológico a lo cultural, en esa dirección creo que sí se puede decir en dirección contraria, constituyendo así biología-cultura un circularismo dialéctico. Es algo defendido, por ejemplo, por Eva Jabloka. Pero es que es algo implícitamente aceptado por todo el mundo cuando por ejemplo se dice que el bipedismo permitió la liberación de las manos y permitió la manipulación sistemática, la elaboración manofacturada y la comunicación gestual compleja. Todo ello transformó nuestro cerebro. Por tanto la elaboración de herramientas y la comunicación gestual, cultura, afectaron a nuestra biología. Esto se puede extender a los animales, que también tienen cultura, porque los animales participan activamente en la construcción de sus nichos ecológicos (los transforman) de manera que revierte finalmente en su biología (en su transformación biológica).

    Con respecto a la naturalización de la mente creo yo que la salida está mucho más cerca de Darwin, en los que fueron sus hijos, los funcionalistas americanos de finales del XIX y principios del XX, que en los funcionalistas en el sentido moderno (internalistas, computacionales). Aunque constituían un grupo heterogéneo su funcionalismo tenía vocación ecológica frente a la mecanicista-computacional.

    • Hola Rubén:

      Has explicado de una manera convincente lo de la circularidad cultura-biología y por supuesto estoy de acuerdo. Antes te había entendido mal. Por supuesto, no se entiende ese proceso que se ha llamado “hominización” y la evolución (muy rápida, por lo visto) del cerebro humano en complejidad y sofisticación sin tener en cuenta la retroalimentación entre la cultura, el propio cerebro y la transformación de la cultura del medio ecológico (y viceversa). A fin de cuentas, una visión materialista del hombre debe tener claro estos procesos.

      Lo del funcionalismo ecológico frente al funcionalismo computacional me interesa y espero que podamos hablar más sobre ello. A mí me parece que el funcionalismo de corte más computacional o interno-algorítmico se ha ido desinflando desde sus orígenes. Me explico. El funcionalismo computacional vino también aupado por la ambición de la investigación en inteligencias artificiales y la fascinación con esa rama de la informática. Se creía que se podría entender al cerebro básicamente como un ordenador en sentido fuerte. Luego hubo problemas y se ha ido abandonando ese funcionalismo computacional fuerte en beneficio de una funcionalismo computacional que concibe al cerebro no exactamente como un ordenador real, sino más bien como una computadora biológica con particularidades. Se cree que las metáforas informáticas son aplicables a ciertas cuestiones. Nace el conexionismo, la visión neurocognitiva más biológica y demás.

      Al funcionalismo computacional se han opuesto sobre todo muchos antropólogos culturales. En efecto, estoy de acuerdo con la idea de que enfocarnos en la investigación del cerebro individual pura y dura puede llevarnos a un callejón sin salida si no tenemos presente la socialización, el efecto de las instituciones en los hombres y que un biologicismo o un computacionalismo vulgar puede generar más problemas de los que resuelve. Si una investigación de neurociencia cognitiva revela que somos buenos genéticamente (o que las neuronas espejo nos hacen empáticos con la humanidad), ¿cómo explicamos la barbarie nazi, las matanzas en los llamados estados fallidos o demás? A veces además se confunde la causa y el efecto, entre otras cosas. Y, a fin de cuentas, los sujetos de los experimentos casi siempre están socializados, son individuos de sociedades políticas determinadas y demás. Mucho se ha criticado que en bastantes experimentos psicológicos sólo se empleen individuos universitarios de Estados Unidos y se infieran resultados aplicables a “la naturaleza humana”.

      ¡Un saludo y espero verte más por aquí!

  4. Rubén dice:

    Gracias Paulo por tu amable e inteligente comentario. Por aquí seguiré. Espero que sigas tratando estos temas. Solo añadir, quizás lo podamos tratar en otro momento, que ni la visión débil de la metáfora del ordenador ni el conexionismo me convencen. Cada vez me siento más cercano a lo que algunos llaman el enfoque corporizado y ecológico, donde ecológico no significa estar contra los experimentos de laboratorio o a favor de la observación en contextos “naturales” como defendían algunos etólogos clásicos que sin embargo no tenían más remedio que manipular esos contextos para conocer los comportamientos de algunos animales. Tal enfoque se orienta básicamente a entender que el comportamiento cognoscitivo (orientado) es fundamentalmente un flujo dinámico de operaciones de un sujeto que no se explican desde dentro (maquinaria lógica, neuronal) porque ese “dentro” está participando en un flujo dinámico circular, es decir, que ese “dentro” tiene que explicarse también por el “fuera” (operaciones del sujeto en el mundo-entorno percibido distalmente) Los neurocientíficos computacionales débiles o fuertes y en general los cerebralistas nunca se han planteado en serio los problemas del “brain in a vat” y no han caído en la cuenta de que el funcionamiento del cerebro es simplemente parte del funcionamiento conductual. Si el cerebro es importante para la comprensión del comportamiento y lo consideramos el centro de racionalidad del cuerpo es porque, como en el caso del centro urbano, por allí pasa todo, pero nada sale de allí; y si se interrumpe la circulación o si se reduce a una rotonda electroquímica o algorítmica tenemos un brain in a vat, casquería sin mayor importancia. Podríamos pensar que el cerebro representa la naturaleza y el comportamiento la cultura. El enfoque corporizado y ecológico pretende sortear la sustancialización.

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