Archivos para septiembre, 2012

Supongamos por un momento que podemos construir un duplicado físico perfecto de un determinado fragmento de nuestro universo. Por ejemplo, una copia idéntica de nuestro planeta Tierra (con todo lo que contiene, incluyendo a los humanos) o de nuestro sistema solar. Se trataría de un reflejo total, partícula elemental por partícula elemental, de su referencia. Como hablamos de un experimento mental, nuestra copia comparte con el original el mismo lugar espacio-temporal, algo imposible en el mundo real. Es de imaginar, por tanto, que la copia tendrá exactamente las mismas propiedades (ni una más, ni una menos) que el original. Y no hablamos sólo de propiedades físicas, sino de todas: las biológicas, las sociológicas, las políticas y las económicas. Y eso se debe a que todas las propiedades se reducen o supervienen de las propiedades físicas. Dicho en pocas palabras: the physical facts fix all the facts. O como decía David Lewis:  “El mundo es lo que la física dice que es, y no hay nada más que decir. La historia del mundo escrita en el lenguaje de la física es toda la historia del mundo”.

Esta es la tesis del filósofo de la ciencia Alexander Rosenberg (por supuesto, no la inventó él) y así desarrolla el ejemplo en esta entrevista. Si empezamos a atomizar “grandes sistemas”, como una sociedad política, al final nos encontraremos con lo más fundamental que conocemos, los bosones, los fermiones y las entidades de la física. Según Rosenberg, la mecánica cuántica y la física de partículas contemporánea representan lo más certero y probablemente real que conocemos. Su precisión en las predicciones es insuperable, como ya mencionaba el propio Richard Feynman. Desde ese punto de vista reduccionista, podemos estar muy seguros de que existen los bosones y los fermiones que forman todo lo existente y mucho menos seguros del resto. Conforme vayamos “ascendiendo de nivel”, habrá más ilusiones. Por eso Rosenberg cree que conceptos como el libre albedrío, el yo, o los hechos morales no existen intrínsecamente. La ciencia justamente los desmontaría y chocaría frontalmente con nuestras autoexplicaciones intuitivas, cotidianas. Tampoco el cosmos tendría ningún tipo de sentido ni propósito. Sólo hay un montón de partículas y, como heurística, algunos hechos científicos importantes como la selección natural o los descubrimientos de la neurociencia.

Por supuesto, el reduccionismo total de Rosenberg va a contracorriente a la mayoría de las posturas filosóficas de los científicos y los filósofos actuales. Este fisicalismo no es más que una actualización del que ya sostuvieron algunos empiristas lógicos hace décadas y ha recibido numerosas críticas. Es lógico que, por emplear una analogía informática, los píxeles de la foto de lo real son partículas fundamentales. Pero derivar desde ahí que todo en la foto es en cierto modo ilusorio creo que es un criterio demasiado restringido. Por otro lado, cuando se le pregunta a Rosenberg por qué tantas teorías biológicas no se han reducido a la física (o las económicas a la biología), siempre responde que aunque ahora no se ha podido, en el futuro sí se podrá (como se resolvió la paradoja de Zenón del movimiento con herramientas matemáticas y físicas más adelante). Eso significaría una disolución de todas las ciencias en la física y, por tanto, una unificación de la ciencia. Pero ese “se podrá” creo que tiene un fallo. ¿Y si no se puede? ¿Y si conviene una diferencia metodológica con fines explicativos? Rosenberg ya reconoce la utilidad de la teoría de la evolución en biología. ¿Por qué no podría extenderse ese criterio a otras ciencias útiles explicativamente hablando? Aunque creo que la postura reduccionista de Rosenberg es interesante, en general otros de sus postulados -me parece- se justifican menos.

Esta entrada participa en la XXXIV Edición del Carnaval de la Física, organizada por Hablando de Ciencia.

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Como parece evidente, la mejor manera de ponderar la fuerza de una postura filosófica es leyendo a sus críticos. Aunque a nadie le guste realmente ser refutado,  a veces es mucho más interesante y provechoso leer una crítica tras otra que únicamente artículos autorreferenciales y triunfalistas, masajes ideológicos que abonan un determinado tipo de pensamiento grupal (de cuya tentación, por cierto, nadie está libre y la filosofía no es, ni mucho menos, una salvaguarda sino todo lo contrario. Y no se arregla calificando al concepto de pensamiento grupal como “psicologismo” y muy buenas). De esto me he acordado cuando ayer por la tarde abrí casualmente el último número de la revista de filosofía del CSIC Isegoría, donde podemos toparnos con este artículo del zubiriano Jesús Conill-Sancho en el que presenta una serie de objeciones al “naturalismo”  desde el ínclito Ortega y Gasset. Vista desde la actualidad, la postura historicista y antirrealista de Gasset que hace suya Conill-Sancho tiene demasiados agujeros. En cierto modo, es una versión algo más sofisticada de las críticas románticas y hermenéuticas de hace más de dos siglos: la vida es irreductible; el hombre es sobre todo historia, biografía y narración y no tiene naturaleza; lo humano es algo más que materia; lo mundano frente a la conceptualización; el conocimiento tiene sus límites insalvables y hay un reino del significado impenetrable ante el escrutinio empírico. Pero no es eso lo que me llevó a escribir este post, sino más bien la descripción que Conill-Sancho hace del naturalismo y de su influencia en el ámbito académico al principio del artículo:

«Hoy en día nos encontramos inmersos en un medio intelectual en que predomina cada vez más el naturalismo. Y no sólo en el mundo angloamericano, donde el programa naturalista es invasivo, sino hasta en Europa un  pensador como Jürgen Habermas también ha sido seducido por la terminología de moda, abogando por un «naturalismo blando» […]

Es patente un resurgimiento del naturalismo a partir de los crecientes conocimientos científicos. Todos los conceptos son sometidos a la naturalización, que se convierte en una especie de «programa» general del conocimiento y de la acción. Desde la epistemología hasta la ética impera la objetivación naturalista, que se está convirtiendo en una moda y hasta en una nueva ideología, en la medida en que se sustenta en una «fe cientificista», que más que ciencia es filosofía deficiente («mala filosofía», afirma tajantemente Habermas).

[…]

En nuestro momento el naturalismo arrasa, intentando naturalizar los conceptos filosóficos tradicionales y llegando hasta la naturalización de la normatividad moral. Se recurre a las diversas ciencias naturales, pero en los últimos tiempos, tras el imperio de la Física, ha ido adquiriendo especial relevancia la Biología, primero la Genética y actualmente las Neurociencias. En virtud de todas estas tendencias, la filosofía contemporánea se está decantando hacia posiciones naturalizadas en todos los ámbitos. La animalidad del ser humano ha adquirido de nuevo una relevancia casi espectacular, a pesar de estar viviendo la época más tecnologizada de la historia».

Entre líneas se respira mucho temor y temblor (¡se van a cargar la ética, estos nihilistas!); es incluso una especie de diagnóstico de, por así decirlo, el tema de nuestro tiempo. Desde un punto de vista puramente gremial y sociológico, es comprensible que la llamada “naturalización” (que tiene muchos grados) de las disciplinas filosóficas clásicas despierte un rechazo furibundo. Lo raro sería lo contrario. Cuando algunos sociobiólogos presentaron hace años la ambiciosa propuesta de “biologizar” la ética y resolver more naturalista el principal problema de la filosofía según Camus, mucha gente frunció el ceño en los departamentos de las facultades de filosofía al imaginar que eso traía consigo el dilema de aprender biología evolucionista y etología humana o hacer las maletas. Dejando de lado las críticas académicas aceptables a ese algo tosco intento de naturalización de la ética, ante una situación de competencia gremial, los profesores de ética tenían incentivos racionales claros para oponerse a una socavación radical de la autoridad de su campo. A veces me da la impresión de que el temor a la naturalización de la filosofía se intensifica por una mala comprensión de lo que significa “lo biológico” que viene aparejado a ella. Las contraposiciones entre lo biológico y lo cultural, que dan lugar incluso a largos y sesudos ensayos, ya son casi un tópico. Sin embargo, como ya nos avisa Joseph Henrich, lo cultural es una parte de lo biológico. Puede que nos fuera mejor si comprendemos la expresión “lo biológico” como una esfera más amplia y flexible y no simplemente como un “determinismo genético” que se enfrenta a un independiente reino cultural-histórico (de lo que ya hablamos aquí). El mismo Marvin Harris, al que creo que nadie acusará de sociobiólogo biologicista, veía la cultura como un posible rasgo adaptativo que favorecía en ciertas circunstancias el éxito biológico. El hecho de que asociemos con tozudez “lo biológico” a “lo fijo”, incluso a “lo invariable” es muy problemático.

Como ya dijo Richard Rorty, a la filosofía contemporánea sólo le queda arrimarse o bien a las ciencias naturales o bien a las humanidades más artísticas, subjetivas y literarias (y quizá sea absorbida por alguna de ellas. O no).  Ninguna de las antiguas y pretendidas philosophiae perennes fueron tampoco autónomas ni independientes de forma absoluta de los saberes científicos y técnicos ámbito de su reflexión, pero es otra historia. En ese sentido, las polémicas probablemente aumenten cada día más y el miedo al naturalismo, el terror ante una posición que, efectivamente, va tomando fuerza gracias a su gran impulso en el mundo anglosajón (aunque creo que Conill-Sancho exagera) será cada vez más intenso y fuerte. No creo que se quede en una simple moda, señor Conill-Sancho. Aunque, por supuesto, lo que yo crea sobre un futuro posible es irrelevante.

 

«Hoy en día [1970] resulta imprudente, por parte de un hombre de ciencia, emplear la palabra “filosofía”, aun siendo “natural”, en el título (o incluso en el subtítulo) de una obra. Se tiene la seguridad de que será acogida con desconfianza por los científicos y, a lo mejor, con condescendencia por los filósofos. Sólo tengo una excusa, pero la creo legítima: el deber que se impone, hoy más que nunca, a los hombres de ciencia de considerar a su disciplina dentro del conjunto de la cultura moderna, para enriquecerla no sólo con conocimientos técnicos importantes, sino también con las ideas salidas de su ciencia, que puedan considerarse humanamente significativas. La ingenuidad misma de una visión nueva (la de la ciencia siempre lo es) puede a veces iluminar con nueva luz antiguos problemas.

Desde luego, hay que evitar toda confusión entre las ideas sugeridas por la ciencia y la ciencia misma; pero también hay que llevar sin titubeos hasta sus límites las conclusiones que la ciencia autoriza, a fin de revelar su plena significación».

Jacques Monod. El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna.

Hasta hace unos veinte o treinta años, filosofía de la ciencia y filosofía de la física eran una y la misma cosa. Los filósofos de la ciencia más importantes (los neopositivistas, Popper, Kuhn, Lakatos, etc.) habían convertido la reflexión sobre la física en el tema hegemónico. Más allá, la nada. A fin de cuentas, la física se consideraba la ciencia paradigmática y cuasiperfecta. Pero con el tiempo la situación ha ido cambiando. La filosofía de la física actual parece estar cada vez más desgastada y manida; hay además muy pocos visos de que vaya a cambiar. ¿Qué podría ocupar su lugar?

La filosofía de la biología se presenta como una candidata con mucha fuerza y ya ha traído a su campo a ex-filósofos de la física reciclados. Aunque sus teorías no tienen una estructura matemática tan desarrollada como las teorías físicas (incluso se debate si es una “ciencia dura”, con leyes), de la biología contemporánea se derivan unas consecuencias más directas para el Homo sapiens sapiens, su naturaleza y su lugar en el mundo. Entendido de forma amplia, el darwinismo -sé que algunos tienen reparos con ese “-ismo”- tiene una fuerza demoledora y vitriólica sobre la vieja antropología filosófica. El ser humano es algo temporal y convencional, una forma (desde nuestra perspectiva) relativamente estable que adopta un acervo génico determinado. No existimos desde siempre y nuestra existencia no está metafísicamente garantizada en el futuro. A su vez, la singularidad de las teorías biológicas y de sus conceptos abre un entorno interesante donde reflexionar.

En 2007, John Wilkins propuso una serie de libros básicos para adentrarse en el intrincado universo de la filosofía de la biología. Son muy buenos (en especial el de Sober) y no los repetiré aquí. Ahora haré mi propia selección, que tiene una (obvia) impronta personal y arbitraria.

Manuales:

  • Un manual realmente viejuno (publicado en inglés en 1973) es La filosofía de la biología de Michael Ruse. Todo un clásico que no se reduce al tratamiento teórico de la teoría de la evolución, como suele ser habitual. También habla de genética (mendeliana y de poblaciones), de taxonomía, del problema de la teleología y de la relación entre la biología y la física.
  • La vida bajo escrutinio: Una introducción a la filosofía de la biología, de Antonio Diéguez. Lo estoy leyendo ahora y es de 2012. Creo que es el más adecuado para estudiantes y gente que quiere un primer contacto con este tema (además, incluye un glosario muy sencillo con términos científicos). El de Ruse empieza mucho más hardcore. Tiene un capítulo final sobre evolución y naturaleza humana donde toca temas como el de la psicología evolucionista y sus críticas, así como las distintas epistemologías evolucionistas que se han formulado.

Temas:

  • El azar y la necesidad: ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna, del biólogo francés Jacques L. Monod. Indispensable. Una visión materialista y desencantada del universo. Algunos biólogos lo ven como un mero ejercicio periodístico.
  • La peligrosa idea de Darwin, de Dan Dennett. La traducción al español es horrorosa y merece un buen chorro de napalm. En general, se trata de un libro que toca muchos temas relacionados con el darwinismo (quizá demasiados) desde el particular sentido del humor de Dennett. Su tesis principal es que la teoría de la selección natural tiene una naturaleza algorítmica que no se reduce a la biología. Asimismo, Dennett entra en la polémica del panadaptacionismo panglossiano (el error de considerar que todos los rasgos son adaptativos) con Jay Gould y Lewontin. Es mucho más justo con ellos que Steven Pinker, por ejemplo.
  • Evolución para todos de Dylan Evans y Howard Sellina. Probablemente lo más divulgativo que existe sobre evolución. Tiene dibujos y viñetas en cada página y el nivel general es el más básico posible. Trata desde la cladística al altruismo recíproco de Trivers. El tono es claramente favorable al gen egoísta de Dawkins y a la psicología evolucionista.
  • Sociobiología: la nueva síntesis, de Edward O. Wilson. Un libro de 1975 que causó una tremenda polémica y por eso tiene gran interés para nosotros. Es muy caro comprárselo (es una Biblia muy gorda con dos columnas por página) y creo que eso entra dentro del ámbito del frikismo. Pero al menos vale la pena leer alguno de sus capítulos, sobre todo el final, dedicado al ser humano. Muy bonitas ilustraciones.
  • El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta, de Richard Dawkins. Lo conoce todo Dios y es una obra de divulgación fundamental en una estantería. Explica las teorías sobre el altruismo animal que se barajaban en torno a la década de los 70. Las secciones sobre teoría de juegos pueden marear a algunos, pero valen la pena. Es indispensable comprárselo con los comentarios de 1989, algunos muy humorísticos.
  • No está en los genes. Racismo, genética e ideología de Lewontin, Rose y Kamin. Los autores critican lo que llaman “determinismo genético”, que según ellos impregnaría los dos libros anteriores y tantos otros. Pero no se limitan a atacar la sociobiología de su época, sino también cualquier exceso “biologicista” de la biología, también en el pasado. Tiene un toque de denuncia muy pronunciado, a veces derivando hacia posturas extracientíficas, políticas. Lo de la “biología dialéctica” es una trivialidad.
  • The Extended Phenotype, de Richard Dawkins. Aunque parezca increíble, este libro de 1989 no está traducido al español. En algunos aspectos es mucho más importante y controvertido que El gen egoísta. Dawkins se dedica a contestar críticas y a seguir con la polémica.
  • La vida maravillosa. Burgess shale y la naturaleza de la historia, de Stephen Jay Gould. No se trata de la simple descripción del yacimiento de fósiles de Burgess shale (con muchas inexactitudes). Es un ensayo sobre el papel de la contingencia histórica en la evolución y en nuestra propia existencia. Establecer “leyes” parecería imposible o increíblemente complicado.
  • La hormiga y el pavo real: el altruismo y la selección sexual desde Darwin hasta hoy, de la filósofa Helena Cronin.  Otra obra que trata el altruismo y la selección sexual con una buena prosa.
  • Evolutionary Genetics, de John Maynard Smith. No todo va a ser divulgación. Droga dura.
  • La revolución darwinista (La ciencia al rojo vivo), de Michael Ruse. Un recorrido histórico genial por la sociedad británica del siglo XIX. Se habla de Lamarck, de la polémica con la geología de Charles Lyell, de toda la obra de Darwin y su proceso de formación (y su faceta como geólogo autodidacta). Recomendadísimo.
  • El misterio de los misterios, de Michael Ruse. El autor investiga la relación entre las vidas de los principales autores evolucionistas y sus teorías, intentando saber si tenía razón Kuhn o Popper. Curioso y bastantes cotilleos personales.
  • Cualquier obra recopilatoria de los ensayos de Stephen Jay Gould es interesante desde un punto de vista teórico. Tiene un estilo algo barroco y complejo, pero al final acaba enganchando. Espero que te guste el béisbol.
  • The Spandrels of San Marco and the Panglossian Paradigm: A Critique of the Adaptationist Programme de Jay Gould y Lewontin. No es un libro sino un famoso artículo crítico con las narrativas panadaptacionistas en auge. Obviamente los autores no reniegan del adaptacionismo como programa de investigación en biología, sino de su empleo exagerado.
  • Evolución de Andrés Moya. Una perspectiva muy interesante y unitaria entre ciencias y humanidades, donde el darwinismo actúa de espacio común explicativo. El autor sabe muy bien de lo que habla.
  • Vidas sintéticas de Ricard Solé. Un libro divulgativo sobre lo último de lo último en ese ámbito tan impresionante de la biología contemporánea llamado biología sintética. El autor es algo hostil con la filosofía (dice que ahora la ciencia responde las preguntas filosóficas, pero es que la filosofía no pretende responder preguntas científicas), aunque es un libro eminentemente filosófico.

Y eso. Se me han quedado muchos en el tintero y existirán otros mejores que éstos que todavía no conozco. Pero espero que esta guía sea útil.