Archivos para julio, 2012

En un discurso de 1894, el físico y futuro premio Nobel (1907) Albert Abraham Michelson dijo lo siguiente:

«Las leyes fundamentales y los hechos más importantes de la ciencia física ya han sido descubiertos, y actualmente están tan firmemente establecidos que la posibilidad de que sean alguna vez suplantados como consecuencia de nuevos descubrimientos es sumamente remota. […] Nuestros futuros descubrimientos habrá que buscarlos en la sexta posición de la coma decimal».

Lo curioso es muy pocos años más tarde, gracias a sus experimentos sobre la velocidad de la luz con Edward Morley, el propio Michelson contribuyó a colocar los fundamentos de la relatividad especial de Albert Einstein. Una teoría novedosa que rompía con el modelo del universo newtoniano que tanta seguridad y certeza le daba a Michelson en 1894. La física ya no estaba completa y acabada, como la cosmología de Aristóteles. Quedaba todavía mucho por hacer.

Hay dos grandes corrientes más o menos reconocidas internacionalmente en el ámbito de la filosofía, al menos a nivel sociológico. Se trata de la filosofía analítica y la filosofía continental. Según la definición convencional, la filosofía analítica está más conectada con la lógica formal, las ciencias naturales y la aversión por los grandes sistemas filosóficos “totalizadores”. Por contra, la filosofía continental se relacionaría más con las artes, la literatura y la disciplina histórica, con las Geisteswissenschaften según la clásica noción de Dilthey. El problema es que dentro de tales tendencias, en la actualidad, hay demasiados autores que no representan las supuestas directrices generales donde se enmarcan teóricamente. Así se entiende que al decir que me atrae “la filosofía analítica” en el grupo no-oficial de mi facultad se me llame la atención sobre la pertinencia o la legitimidad filosófica de la distinción analíticos/continentales.

David Cáceres ha presentado una serie de objeciones muy interesantes. Considera que estamos tratando con un criterio demarcador de la filosofía de origen anglosajón y que parte de la ignorancia de la historia del pensamiento.  Además, cree que se suele asociar la filosofía continental con la hermenéutica y eso es un gran error: la filosofía continental no se agota en la hermenéutica. La tesis principal de David es que lo importante es tener en cuenta los argumentos, no las escuelas o las corrientes, pues prestar demasiada atención a estas últimas o “enmarcarse” en ellas revelaría infantilismo y pensamiento tribal.

Amparo Romero ha recalcado que la distinción analíticos/continentales se usa operativamente, especialmente en los congresos analíticos. En ese sentido, todos los contertulios estamos de acuerdo en que este criterio tiene cierta operatividad o utilidad, aunque David matiza en que es una operatividad muy básica y simplona, sin rigor filosófico. No encuentra ningún tipo de unidad o criterio unificador entre, por ejemplo, la totalidad de los denominados “filósofos continentales”.

En primer lugar, estoy de acuerdo en que estamos hablando de un criterio difuso. Especialmente la etiqueta “filosofía continental”, donde cabe desde Lukács hasta Heidegger, pasando por Nietzsche, Hegel y Foucault. Tenemos un grupo lleno de gente muy diversa e incluso enfrentada polémicamente entre sí. Una clase heterogénea con mucho barullo y fracturas internas. ¿Sirve entonces la etiqueta para aclarar algo? En realidad, esta etiqueta la he visto empleada sobre todo desde los filósofos analíticos pero nunca desde los filósofos continentales. Un filósofo continental no se concibe como filósofo continental sino como marxista [de tal tipo], marxiano, hermeneuta, fenomenólogo y demás. No hay congresos de filosofía continental con ese nombre.

En cambio, sí hay congresos de filosofía analítica, libros sobre filosofía analítica realizados por filósofos analíticos que se enmarcan fuertemente como analíticos y demás. Creo que hay una unidad más consciente entre los analíticos aunque sea entendiendo a la filosofía analítica como un biotopo donde luego los autores se enfrentan y “devoran” filosóficamente entre sí. Que reconocer la existencia de la unidad, aunque sea como biotopo, de la filosofía analítica sea bueno, malo, legítimo o ilegítimo filosóficamente dependerá en última instancia de qué consideremos filosofía. A fin de cuentas, si nos ponemos estrictos, todas las etiquetas son convencionales en sentido fundamental. Por lo demás, sí veo que la conexión con la lógica formal y con el principio de no contradicción sigue siendo bastante más fuerte en la filosofía analítica que en el marxismo, la hermenéutica, la fenomenología en sus diversas modalidades y demás. Aquí se podría hablar mucho y buscar excepciones, pero creo que es una tónica general.

En segundo lugar, no creo que sea posible tomar los argumentos independientemente de su procedencia como aboga David Cáceres. No defiendo caer en ad hominem, sino que considero que todos los argumentos están más o menos arraigados en un marco teórico hasta el punto de que es imposible cotejar o recibir ciertos argumentos si el marco teórico en el que se insertan es incompatible con el que sostenemos o del que partimos. No  recibimos o damos argumentos desde una posición sub specie aeternitatis sino con unas ciertas coordenadas ontológicas, epistemológicas, gnoseológicas, etc. de partida. Incluso el marco teórico puede acabar determinando los argumentos, como apunta Amparo Romero. Creo que hacer un collage pintoresco o una macedonia de ideas tomando argumentos por aquí y por allá independientemente de donde provengan acabará reflejando una posición endeble en sus fundamentos básicos o en la propia estructura de esos argumentos (los argumentos no pueden ser mónadas).

En conclusión, los que estudiamos esto de la filosofía somos muy testarudos y los debates (a veces puramente semánticos) se pueden alargar hasta que al adversario le explote la cabeza y acabemos ganando. Pero parece que hemos extraído aquí una serie de consideraciones de las que es posible tirar de la madeja hasta que salga algo.

Nota inicial: Éste es uno de esos post que me hubiera gustado leer hace años, cuando tenía una idea muy vaga y confusa acerca de estos temas. Después de varias lecturas hoy sé un par de cosillas adicionales, aunque no las suficientes. Pero sirven para ir tirando mucho mejor.

1) El famoso debate nature/nurture (naturaleza/crianza), en sentido fuerte, tuvo su momento álgido en los 70 y 80. Realmente fue una polémica engañosa desde el principio: unos acusaban a los otros de deterministas genéticos, otros a los demás de ambientalistas totales o defensores de la tabula rasa, pero a la hora de la verdad no había ningún auténtico espécimen que fuera tan extremo (o bien acababan reculando o moderándose por la propia dinámica del debate). Por las implicaciones extracientíficas e ideológicas de las posiciones defendidas, la polémica nature/nurture tomó incluso tintes violentos, pues afectaba a la propia concepción de eso que podríamos llamar “naturaleza humana” y todo lo que le rodea social, política e institucionalmente.  En cualquier caso, hay una aceptación general de que existe una interacción dinámica y compleja entre genética, epigenética, ambiente e incluso puro azar que conforma finalmente al organismo vivo. No es posible concebir la influencia genética aislada de todos los demás factores y viceversa. Aunque según tus genes tengas tendencia a crecer hasta medir 2 metros de altura, una pobre alimentación probablemente lo impedirá. Al fin y al cabo, como ha dicho algún autor que no recuerdo, una pierna está hecha también de “comida”.

2) Podría parecer que está muy claro qué es un gen. Pero no lo está. Hay múltiples definiciones y no es lo mismo el gen de la biología molecular que el gen de la biología evolutiva o el gen mendeliano clásico (y ahí hay más distinciones, como el gen como unidad de información relevante para la selección natural,  tal y como lo entendía G. C. Williams y fue popularizado por R. Dawkins).  A veces hay confusiones al respecto, sobre todo en el ámbito periodístico (del mal periodismo).

3) Hay un largo trecho entre un gen y un comportamiento. Aunque leamos mil veces en la prensa que se ha descubierto “el gen que determina X comportamiento” habrá que analizar realmente qué quiere decir eso. Las experiencias fallidas con el supuesto “gen gay” y el “gen de Dios” deberían ser motivos de precaución.  Así pues, hay que tener en cuenta que la interacción entre el gen (o los genes, más habitualmente) y el comportamiento es muy indirecta y opaca. Los genes que se suelen tomar en consideración generalmente codifican y sintetizan cadenas de polipéptidos (que conforman proteínas). Digo “que se suelen tomar en consideración” porque también tenemos una inmensa cantidad de ADN “basura” cuya función es desconocida,  y de genes o secuencias de ADN que hacen otras cosas (genes reguladores, enhancers, etc.). Entre las proteínas (que pueden tomar la forma de enzimas, hormonas, neurotransmisores, etc.) y el comportamiento presuntamente resultante hay (en el caso en que exista), como decimos, una relación muy compleja donde no podemos pasar por alto otro tipo de componentes no-genéticos. Esa relación a veces aparece como un porcentaje y no como una conexión necesaria del tipo “si…siempre”, propia del determinismo.

4) Así pues, no hay una relación uno-a-uno entre el genotipo y el fenotipo. Eso invalida cualquier clase de “determinismo genético” en sentido fuerte: es biológicamente imposible. El genotipo no es un plano de un edificio (nosotros) sino más bien la receta de la tarta que somos. No hay una relación directa ni determinista entre la receta (y una receta ambigua en ciertas partes) y la tarta final. Algunos efectos fenotípicos aparecen exclusivamente por activación externa o ambiental. Incluso ciertos genes pueden activarse de maneras muy distintas según el estímulo. Tanto los llamados “deterministas genéticos” (según los “ambientalistas”) como los “ambientalistas extremos” (según los “deterministas”) han reconocido esto.

5) Nuestra civilización moderna no ha impedido ni ha estancado la evolución humana, como a veces se cree. Por lo visto, el aumento de la población acelera la aparición de mutaciones (y el cambio en el acervo génico de una población, que es lo que define a la evolución). Además, la cultura acaba delimitando a los propios genes.

Lecturas de verano

Publicado: julio 27, 2012 en Libros
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