Notas sobre agresión y guerra

Publicado: abril 24, 2012 en Antropología
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En La revolución naturalista se publicó un post que denunciaba, con Victor Davis Hanson, que la guerra sea un tabú y generalmente esté marginada en el debate público. De inmediato aparecen las primeras reacciones que ven la tesis anterior autocumplida: algunos interpretan de una manera simplista que la entrada es un alegato belicista, etcétera. Pero no tiene nada que ver.  Explicar no es justificar. Las cosas simplemente ocurren y hay que estudiarlas con seriedad. Y con mayor razón cuando tienen relevancia y han determinado nuestro presente.

1) Como sugiere el artículo, conceptos como “paz”, “resolución de conflictos” y “diálogo” han venido a anegar y oscurecer este tipo de cuestiones. Conceptos políticos son formalmente sofisticados hasta el punto de que se vuelve difícil distinguir claramente su naturaleza material e históricamente compleja. Habrá quien piense que la democracia ateniense surgió por un genuino amor al diálogo, o porque el pueblo lo decidió por consenso en una asamblea del Pnyx. No obstante, la realidad es que en la génesis de la democracia ateniense podemos encontrar multitud de factores distintos y muy polémicos: un intento de amortiguar la stásis (guerra civil o lucha de clases), endémica de las poleis; o bien la configuración política que integraría en su seno a una mayor porción de los combatientes de la “muralla de madera” de Temístocles tras la batalla naval de Salamina, que fue el auténtico punto de inflexión en las guerras greco-persas. Después de Salamina nada sería igual. Materialmente,  fueron los trirremes los que forjaron el imperio comercial ateniense de la pentecontecia y los que cimentaron la bases de la democracia radical de tipo antiguo de Pericles. Y una armada poderosa es cara y necesita más recursos humanos que un ejército terrestre. El modelo hoplítico y agrario decayó en beneficio de los remeros de clases populares, que hicieron suya la defensa de la polis y empezaron a sentirse tan políticamente cruciales como los mismos eupátridas.

2) Nuestras democracias liberales modernas son diferentes. Y sin embargo, aunque en Europa creemos vivir en una burbuja donde reina la paz perpetua o el reino de la libertad se ha desplegado al fin, las realidades políticas actuales no son tan distintas de las que operaban en el mundo clásico. En nuestro tiempo la hegemonía (supremacía, imperio, poderío, llámese como se quiera)  la tiene EEUU, cuyas flotas patrullan los mares y aseguran el flujo del comercio marítimo internacional. Desde la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental ha permanecido bajo el paraguas nuclear que le otorga mayor grado de paz que en las zonas periféricas a sus fronteras. Gracias a la Pax Americana, las rivalidades bélicas ancestrales entre los países europeos se han contenido relativamente bien. Esto ha ocurrido así y hay que tenerlo en cuenta y analizarlo con la cabeza fría necesaria.

3) Quizá algo importante que revela el estudio de la guerra es la fragilidad de la democracia y de la “paz”. La paz no es el estado de naturaleza. Al contrario, el escenario geopolítico parece hobbesiano y la paz es artificial; debe ser impuesta por las instituciones y el imperio de la ley, respaldadas por la fuerza. Si mañana aboliéramos la policía y los ejércitos en todo el mundo, dudo mucho que el género humano una sus manos y todos cantemos como hermanos. La racionalidad tiene sus límites y el diálogo y la diplomacia  también. Nadie desea la guerra, pero al final se acaba produciendo si todos los demás cauces se desbordan.

4) El tabú de la guerra recuerda al tabú de hablar acerca de la violencia de algunas tribus, que prevalece en algunos antropólogos culturales. Napoleon Chagnon lo cuenta en el prólogo de Yanomamö:

 «Otros antropólogos admiten la existencia de violencia en el mundo tribal, pero piensan que no debemos hablar de ello. Recuerdo a una colega que en sus primeros años de carrera me instó completamente en serio a dejar de escribir sobre la guerra y la violencia que presenciaba diciendo: “Aunque sea así, preferimos que los demás no lo sepan para no causar una mala impresión”. ¿Una mala impresión de qué? Se dice que, al tener conocimiento de la teoría de Darwin, según la cual el hombre descendía del mono, la mujer del obispo exclamó: “¡Buen Dios, esperemos que no sea verdad! ¡Y si lo fuera, esperemos que nadie se entere!».

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