Archivos para abril, 2012

En La revolución naturalista se publicó un post que denunciaba, con Victor Davis Hanson, que la guerra sea un tabú y generalmente esté marginada en el debate público. De inmediato aparecen las primeras reacciones que ven la tesis anterior autocumplida: algunos interpretan de una manera simplista que la entrada es un alegato belicista, etcétera. Pero no tiene nada que ver.  Explicar no es justificar. Las cosas simplemente ocurren y hay que estudiarlas con seriedad. Y con mayor razón cuando tienen relevancia y han determinado nuestro presente.

1) Como sugiere el artículo, conceptos como “paz”, “resolución de conflictos” y “diálogo” han venido a anegar y oscurecer este tipo de cuestiones. Conceptos políticos son formalmente sofisticados hasta el punto de que se vuelve difícil distinguir claramente su naturaleza material e históricamente compleja. Habrá quien piense que la democracia ateniense surgió por un genuino amor al diálogo, o porque el pueblo lo decidió por consenso en una asamblea del Pnyx. No obstante, la realidad es que en la génesis de la democracia ateniense podemos encontrar multitud de factores distintos y muy polémicos: un intento de amortiguar la stásis (guerra civil o lucha de clases), endémica de las poleis; o bien la configuración política que integraría en su seno a una mayor porción de los combatientes de la “muralla de madera” de Temístocles tras la batalla naval de Salamina, que fue el auténtico punto de inflexión en las guerras greco-persas. Después de Salamina nada sería igual. Materialmente,  fueron los trirremes los que forjaron el imperio comercial ateniense de la pentecontecia y los que cimentaron la bases de la democracia radical de tipo antiguo de Pericles. Y una armada poderosa es cara y necesita más recursos humanos que un ejército terrestre. El modelo hoplítico y agrario decayó en beneficio de los remeros de clases populares, que hicieron suya la defensa de la polis y empezaron a sentirse tan políticamente cruciales como los mismos eupátridas.

2) Nuestras democracias liberales modernas son diferentes. Y sin embargo, aunque en Europa creemos vivir en una burbuja donde reina la paz perpetua o el reino de la libertad se ha desplegado al fin, las realidades políticas actuales no son tan distintas de las que operaban en el mundo clásico. En nuestro tiempo la hegemonía (supremacía, imperio, poderío, llámese como se quiera)  la tiene EEUU, cuyas flotas patrullan los mares y aseguran el flujo del comercio marítimo internacional. Desde la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental ha permanecido bajo el paraguas nuclear que le otorga mayor grado de paz que en las zonas periféricas a sus fronteras. Gracias a la Pax Americana, las rivalidades bélicas ancestrales entre los países europeos se han contenido relativamente bien. Esto ha ocurrido así y hay que tenerlo en cuenta y analizarlo con la cabeza fría necesaria.

3) Quizá algo importante que revela el estudio de la guerra es la fragilidad de la democracia y de la “paz”. La paz no es el estado de naturaleza. Al contrario, el escenario geopolítico parece hobbesiano y la paz es artificial; debe ser impuesta por las instituciones y el imperio de la ley, respaldadas por la fuerza. Si mañana aboliéramos la policía y los ejércitos en todo el mundo, dudo mucho que el género humano una sus manos y todos cantemos como hermanos. La racionalidad tiene sus límites y el diálogo y la diplomacia  también. Nadie desea la guerra, pero al final se acaba produciendo si todos los demás cauces se desbordan.

4) El tabú de la guerra recuerda al tabú de hablar acerca de la violencia de algunas tribus, que prevalece en algunos antropólogos culturales. Napoleon Chagnon lo cuenta en el prólogo de Yanomamö:

 «Otros antropólogos admiten la existencia de violencia en el mundo tribal, pero piensan que no debemos hablar de ello. Recuerdo a una colega que en sus primeros años de carrera me instó completamente en serio a dejar de escribir sobre la guerra y la violencia que presenciaba diciendo: “Aunque sea así, preferimos que los demás no lo sepan para no causar una mala impresión”. ¿Una mala impresión de qué? Se dice que, al tener conocimiento de la teoría de Darwin, según la cual el hombre descendía del mono, la mujer del obispo exclamó: “¡Buen Dios, esperemos que no sea verdad! ¡Y si lo fuera, esperemos que nadie se entere!».

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Leyendo la última entrada de Pablo Cáceres sobre relativismo moral y la inexistencia de universales éticos, recordé un pasaje de la novela gráfica Watchmen  de Alan Moore. Se trata del fragmento final del relato que cuenta Walter Kovacs al psicólogo del centro penitenciario donde lo han recluido, para justificar su conversión en el siniestro personaje Rorschach:

 «Vivimos nuestras vidas, puesto que no tenemos nada mejor que hacer. Más adelante, ya les buscaremos un sentido. Venimos de la nada; tenemos hijos, que se encuentran atados a este infierno al igual que nosotros, y volvemos a la nada. No hay nada más. La existencia es algo fortuito. No hay ningún patrón salvo el que imaginamos cuando nos quedamos mirando fijamente durante mucho tiempo. No tiene ningún sentido, salvo el que decidimos imponer. Este mundo que vaga a la deriva no está moldeado por vagas fuerzas metafísicas. No es Dios quien mata a los niños. Ni es el destino el que los despedaza, ni es la casualidad la que se los da de comer a los perros. Somos nosotros. Sólo nosotros. Las calles hedían a fuego. El vacío respiraba con fuerza en mi corazón, convirtiendo sus ilusiones en hielo, haciéndolas añicos. Entonces renací, libre de garabatear mi propio diseño sobre el lienzo en blanco, en cuestiones morales, que es este mundo. Era Rorschach».

Es un tanto paradójico que una vez con el lienzo del campo moral disponible a su voluntad, Rorschach adoptara una visión totalmente absolutista del Bien y del Mal, sin mácula. Pero esa es otra historia. Lo que me llamó la atención de esto fue su brillante ilustración (que, lo sé, ya está en otros autores anteriores y académicamente desarrollada) de la contingencia de nuestros valores morales. Estoy totalmente de acuerdo con Pablo, pues, en que nuestros sistemas éticos son contingentes y no pueden sustentarse realmente en entidades extramundanas. El gran sofista Protágoras ya decía que el hombre era la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son, y eso incluye desde luego a ese espectro sociocultural que llamamos “las costumbres”. Aunque las creencias morales estuviesen a la sombra del paraguas sacro de la religión o de la política (o la teología política) no dejan de ser productos históricos propios de sociedades humanas determinadas. Tan históricos, por lo demás, como las propias ideas religiosas, políticas, muchas de las cuales (la democracia liberal, el capitalismo, la representatividad política, el secularismo, el Estado-nación moderno) no habitaban desde el principio de los tiempos en un  kósmos noetós, ni están aseguradas en nuestra naturaleza humana per se, sino que se han desarrollado históricamente. Y por tanto, no están garantizadas por ningún principio metafísico ni por el avance hegeliano, sin freno y sin demora, del Espíritu hacia la libertad. Son frágiles y hay que estudiarlas, entenderlas y, según el caso, protegerlas y mejorarlas. La contingencia parece la única constante.  Y sin embargo, contingencia no es sinónimo de falta de importancia o irrelevancia.

Las investigaciones en neurociencias, primatología, teoría de juegos e incluso en economía sobre la naturaleza de la moral y la racionalidad moral nos proporcionan datos interesantes. Compartimos con el resto de primates, mamíferos y criaturas determinado cableado bioquímico, genético o epigenético que supone constraints naturales a lo que podemos hacer o no en el campo moral, así como el mismo marco natural de nuestra moralidad. Pero no parecen existir respuestas claras y distintas a nuestros problemas morales ocultos en nuestra naturaleza, y mucho menos recetas para obtener un código ético objetivo y cristalino, tan universal como el teorema de Pitágoras. En cualquier caso, si por algo destaca la naturaleza humana es por su enorme versatilidad y adaptación cultural.  Incluso el mismo E. O. Wilson, promotor de la sociobiología, llegó a decir que hay una fuerte evidencia de que casi todas, pero probablemente no todas, las diferencias entre culturas tienen su base en el aprendizaje y en la socialización más que en los genes (1977, “Biology and the Social Sciences”). Meternos en qué es o qué no es cultura es un interesante berenjenal. La palabra ha sido tan usada en contextos de discurso un tanto vulgares y ambiguos que algunos al oír la palabra cultura casi que comenzamos a sacar la pistola, como quien dice.  Pero es funcional para estos debates, sobre todo si se entiende en términos de información o incluso de memes. 

Tenemos a la Humanidad dividida en un número de grupos culturales tremendamente heterogéneos. Lo que se suele denominar la cultura occidental incluye en su composición elementos muy diferentes, una gran vocación de apertura en el círculo inclusivo moral y preocupación por los derechos individuales, las democracias liberales y los Derechos Humanos. Pero es una reivindicación que no se hace desde un punto de vista objetivo, sino el del ciudadano occidental o influido por valores de la comunidad occidental. Aunque sospecho que la misma idea de Occidente y de occidentales es confusa, en este nuevo tiempo de globalización (la penúltima fue en el siglo XIX, gracias al Imperio británico) las instituciones que han hecho a Occidente exitoso ya no son patrimonio de los occidentales. Y más allá, parece poco probable trazar fronteras claras entre los bloques culturales.

Para concluir, creo que es comprensible que bastantes antropólogos culturales hayan adoptado el relativismo cultural fuerte y la idea de que todas las costumbres son respetables como principio metodológico en relación a la cosmovisión étnica de los grupos. Es una situación análoga a la del biólogo o al naturalista (como vocación) que defiende la biodiversidad: entre otras cosas, es una manera racional de preservar los materiales concretos de su investigación.

Cambios y traslaciones

Publicado: abril 8, 2012 en Metablog
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Como habrán podido notar, aquí aparece material nuevo más o menos una vez cada eón. Quizá se deba a que soy obsesivamente enfermizo a la hora de publicar una entrada y le doy vueltas y vueltas, la modifico, le quito la imagen, le pongo otra, incluyo una línea, la borro y demás hasta que veo que vale la pena o me pierde el agotamiento. Por no decir que escribir una línea me cuesta cien latigazos. Así pues, creo que para aumentar el ritmo de publicación incluiré más informalidad en los posts. Eso no significa que a partir de ahora esto será un eterno carnaval y me olvidaré del imperio de la ley. Más bien supone que usaré un 20% más de palabras llanas, acortaré un tanto las entradas, meteré más listas (a todo el mundo le gusta las listas) y más comentarios a vuelapluma, sin tanto ronroneo ni ínfulas. Reformas, vaya.

También han cambiado más cosas. Por ejemplo, mis intereses se han desarrollado (¿y ampliado?) bastante desde que abrí este blog. Ahora me interesan mucho más las ciencias sociales y las tengo más en cuenta, incluso más que la filosofía de la física, que era mi interés número uno al escribir la primera entrada. Como es natural, por aquel entonces contemplaba a las ciencias sociales con cierta curiosidad pero mis preferencias epistemológicas me hacían mirarlas un tanto por encima del hombro. Ahora tengo una concepción de la ciencia más abierta y tras leer un par de cosas sobre el tema, les otorgo la importancia que merecen, que es grande.

Por lo demás, sólo me queda lamentar el cierre del estupendo blog A bordo del Otto Neurath, que era el único de los pocos activos en español. Aprendí mucho con sus entradas y, sobre todo, con los comentarios y las discusiones kilométricas que seguía en silencio. Espero que todo marche bien.