La naturaleza del naturalismo

Publicado: octubre 15, 2011 en Naturalismo
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El mes pasado se produjo un debate intelectualmente interesante en torno a la naturaleza del naturalismo. Siendo el naturalismo tan popular y estando tan en boga actualmente en ámbitos como la filosofía de la mente, la filosofía del lenguaje y la epistemología (a veces planteado para escapar de callejones sin salida filosóficos), este tipo de discusiones son muy pertinentes. El profesor de lógica de Oxford Tymothy Williamson escribió un artículo para la sección Opinionator del New York Times posicionándose en contra de algunos postulados del naturalismo. A continuación, Alex Rosenberg contestó directamente los argumentos de Williamson haciendo una defensa de la postura naturalista. Esta contienda filosófica ha sido seguida por el biólogo Jerry Coyne, que comparte la crítica de Rosenberg, y por el filósofo de la biología John Wilkins, que le dedica un sendo post. Gracias a Coyne he podido conocer el magnífico paper de Barbara Forrest Methodological Naturalism and Philosophical Naturalism: Clarifying the Connection, donde explica qué es y qué no es eso del naturalismo en su vertiente metodológica (o epistemológica) y filosófica (o metafísica, ontológica).

El naturalismo metodológico está implícito en el núcleo epistemológico de las ciencias. Un ejemplo de ello es el episodio que se cuenta de Laplace con Napoleón, cuando el científico aseguró al emperador de los franceses que la hipótesis de Dios no era necesaria en su tratado determinista y materialista sobre mecánica celeste. En ciencia se buscan causas naturales (físicas, químicas, biológicas, sociales) y se prescinde de cualquier explicación mágica, animista o sobrenatural. Aunque a veces se han supuesto causas naturales ficticias (el flogisto, el éter, el calórico), han acabado siendo descartadas y arrojadas al basurero de la historia. Forrest considera que el éxito del naturalismo metodológico es apabullante en comparación con la falta de resultados en la búsqueda de un método de estudio de lo sobrenatural, hasta el punto de que la existencia de lo sobrenatural es severamente cuestionada y negada. Bajo los fuertes cimientos del naturalismo metodológico (cristalizados en resultados prácticos y en el aumento corroborado de conocimientos cognitivos) se sustenta el naturalismo filosófico.

El naturalismo filosófico no se puede definir como un sistema específico o una doctrina, sino más bien como una suerte de actitud operativa o un programa abierto que toma como marco ontológico la cosmovisión que nos proporcionan las mejores teorías científicas disponibles. Aunque no hay formulaciones claras y distintas de qué es el naturalismo, muchos autores están de acuerdo en que se opone principalmente al supernaturalismo. Así pues, los filósofos naturalistas apuestan a que todas las entidades que existen en la realidad son naturales y, por consiguiente, están sometidas necesariamente a causas y leyes físicas o naturales. Desde las coordenadas naturalistas no habría lugar para la actuación de causas sobrenaturales o de agentes trascendentes como dioses, ángeles, energías místicas o voluntades cósmicas. Además y como punto importante, el naturalismo asume que el ser humano es un ser natural y examinable (él, sus fenómenos y sus productos) a la luz del escrutinio empírico y no es, en cambio, alguna clase de esencia misteriosa, eterna e indescifrable de carácter divino, sagrado o simplemente impenetrable.

He leído muchos de los comentarios que ha generado el debate al que hacía alusión anteriormente. Mi intención era buscar las críticas más habituales al naturalismo e intentar aquí bosquejar una repuesta.

Una crítica muy repetida por los comentaristas al artículo de Alex Rosenberg es que el naturalismo como tal es tautológico porque declara que lo único que existe es lo que nos permite conocer el método científico, y estamos seguro de ello porque el método científico nos lo dice. Pero realmente esta objeción se derrumba cuando tenemos en cuenta que el naturalismo filosófico no es una filosofía primera que esté más allá de las ciencias naturales. Tampoco es una consecuencia lógica. Es más bien, en el sentido de W. O. Quine, un continuo con la ciencia. El naturalismo no es una metafísica a priori sino una hipótesis confrontada con la realidad. Si se llegara a descubrir científicamente que no hay cierre causal físico (à la Papineau) o que hay causas no-naturales, el naturalismo quedaría falsado. Eso podría ocurrir si nos quedásemos estancados en la investigación de la conciencia humana, llegando a cierto punto en el que no podamos indagar más con métodos empíricos por alguna razón sobrenatural. El naturalismo no tiene una coraza fundacionalista que le proteja y, por tanto, es una posición sumamente modesta y vulnerable ante la refutación. Ahora bien, dentro de lo plétora de cosmovisiones u ontologías disponibles en la plaza filosófica, la naturalista es una de las menos “dogmáticas” en el sentido en el que la critica Williamson. Como señala Forrest en su trabajo, el naturalismo filosófico no es una preferencia arbitraria; es más bien la única conclusión metafísica razonable en el terreno de lo empírico y lo lógicamente coherente.

La segunda crítica común se refiere a que la experiencia humana, el mundo de la vida (Lebenswelt) husserliano, es inabarcable por las estrechas herramientas de los científicos, y que la vida biográfica de los individuos, rica en eventos subjetivos, no puede ser reducida ontológicamente. Pero de la real complejidad del comportamiento humano y de la mecánica de sus sociedades no se sigue que el mundo humano es irreductible, cerrado a un estudio y abordaje empírico. La climatología también tiene como objeto el análisis de un sistema altamente complejo, hace predicciones probabilísticas y es una ciencia empírica reconocida sin problemas. En este sentido, se puede considerar que las denominadas “ciencias sociales” que incorporan una metodología empirista son científicas aunque su capacidad predictiva no sea exacta. La capacidad predictiva es importante pero no la veo razonable como único criterio de demarcación.

Otro habitual juicio negativo al naturalismo filosófico es que conduce inevitablemente a la “desintegración sociocultural”. Es el viejo adagio de que el desencantamiento secular desemboca en un nihilismo atroz ya que, como decía el personaje Iván Karamazov,  “si Dios no existe todo está permitido.” Sin embargo, algunos estudios apuntan a que ocurre justo lo contrario y que hay cierta relación entre mayor salud pública y mayor grado de secularismo en una sociedad. Los países escandinavos, Países Bajos e Islandia son sociedades en buena parte seculares y gozan de importantes índices de bienestar. Sus sociedades no parecen desintegrarse en el caos y la violencia nihilista que debería caracterizar, según Dostoyevski, a la sociedades seculares modernas.

Por último, también se cuestiona el artículo de Rosenberg porque éste cree que exclusivamente la ciencia nos proporciona conocimientos nuevos y que otras disciplinas (sobre todo los saberes exclusivamente humanísticos y no-empíricos) solo entretienen. Creo que en este punto Rosenberg tiene razón. La única manera de acceder a un conocimiento contrastado, fiable y serio sobre el mundo es el empleo del método científico y sus estándares y filtros. La literatura no nos aporta conocimientos nuevos, sino que cuenta relatos, historias o refleja el estado de ánimo del autor. Pero entretener o transmitir información no es poca cosa.  La divulgación científica misma conecta en ocasiones la ciencia con la literatura usando numerosas metáforas y trucos retóricos. En todo caso, a veces se dice que la literatura le da sentido al mundo (Rorty ve un valor de formación moral en la literatura) y que la ciencia no debe ni puede proporcionar ningún sentido ni cosmovisión última. No creo que sea justo que únicamente las religiones o la formación humanística tengan el monopolio legítimo del suministro de sentido del mundo (y esto nos remite a los non-overlapping magisteria). También la cosmovisión naturalista puede dotar de sentido a las cosas.

Tengo un amigo artista que suele adoptar una postura con la que yo no estoy muy de acuerdo. Él sostiene una flor y dice: «Mira qué bonita es», y en eso coincidimos. Pero sigue diciendo: «Ves, yo, como artista, puedo ver lo bello que es esto, pero tú, como científico, lo desmontas todo y lo conviertes en algo anodino».

Y entonces pienso que él está diciendo tonterías. Para empezar, la belleza que él ve también es accesible para mí y para otras personas, creo yo. Quizá yo no tenga su refinamiento estético, pero puedo apreciar la belleza de una flor.

Pero al mismo tiempo, yo veo mucho más en la flor que lo que ve él. Puedo imaginar las células que hay en ella, las complicadas acciones que tienen lugar en su interior y que también tienen su belleza. Lo que quiero decir es que no sólo hay belleza en la dimensión que capta la vista, sino que se puede ir mas allá, hacia la estructura interior.

También los procesos, por ejemplo, el hecho de que los colores hayan evolucionado para atraer a los insectos significa que los insectos pueden apreciar el color. Y entonces se crea la pregunta: ¿El sentido de la estética también lo tienen las formas de vida menores de la naturaleza? ¿Por qué razón les resulta estético?

Toda clase de interesantes cuestiones de la ciencia que no hacen sino sumarle misterio e interés a la impresión que deja una simple flor, no entiendo cómo podría restárselo.

R. Feynman. 1981.

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comentarios
  1. pit dice:

    Excelente blog amigo, yo no conocia a Laplace hasta que lo menciono Stephen Hawking, no recuerdo si en cascara de nuez o el gran diseño, pero opino que sus premisas son irrefutables…

  2. carlos dice:

    esta informacion me ha sido muy interesante y necesaria se los agradesco mucho sigan asiendo este buen trabajo

  3. Themistokles dice:

    Muy buena información de igual manera nos encataria que entraras a nuestro blog y nos comentaras tu aporte es muy importante: http://clasicosarchivohistoricour.org/2013/05/20/nicolas-gomez-davila/

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