Archivos para abril, 2011

Al parecer, se ha extendido el rumor, basado en la primera frase de un informe interno, de que la sección ATLAS de colaboración del Gran Colisionador de Hadrones del CERN ha observado el famoso bosón de Higgs. Hay que recalcar que es una información dudosa y que, en el caso de que fuese cierta, habría que esperar a que ese informe sea sometido a una rigurosa y seguramente larga revisión por pares que confirme o niegue esa tesis. A posibles descubrimientos extraordinarios les corresponden comprobaciones extraordinarias. Lo importante de esta noticia es que nos permite reflexionar acerca de la íntima vinculación que existe entre la predicción científica y el avance tecnológico.

En primer lugar, podríamos decir que una característica típica de las teorías de las ciencias empíricas es que permiten a los seres humanos predecir hechos futuros. Como dice Jose María Chamorro en su Positivismos y antipositivismos (p. 38), aunque la predicción no sea aplicable a algunas subdisciplinas como la cosmología o la paleontología (que serían, usando su expresión, ciencias históricas), sí lo es en cuanto al núcleo de teorías o hipótesis de sus correspondientes ciencias. Desde luego, tanto la magia como las supersticiones, organizadas o no, pretenden poseer capacidad predictiva, pero en ese caso no viene aunada con el concepto de objetividad. Sin objetividad, esto es, el «grado comprobable en que una afirmación se acomode a los hechos» (p. 33), el posible acierto del método de alguna superstición en una predicción dada es sólo ruido aleatorio, no conocimiento científico.

La eficacia en la predicción es tan potente como criterio epistemológico, de hecho, que incluso puede coronar a una hipótesis y darle el rango de teoría científica. Así, la teoría de la relatividad general de Albert Einstein fue una hipótesis matemática más hasta que el astrónomo Sir Arthur Eddington contempló el eclipse total de sol del 29 de mayo de 1919. Tal y como predecía el modelo físico de Einstein, la luz se curvaba debido al efecto del campo gravitatorio solar en el espacio-tiempo, y a partir de entonces la mera hipótesis matemática se convirtió con derecho propio en teoría física empírica, después de la confirmación objetiva de tal predicción, a la par con la mecánica newtoniana.

En segundo lugar y en relación con la búsqueda del bosón de Higgs, parece que la tecnología tiene un papel cada vez más explícito en la ratificación de las teorías científicas. La certeza íntegra del modelo estándar depende de la existencia empírica de la partícula y el mecanismo de Higgs sobre los que ha teorizado, pues sin ellos aquél dejaría excesivos cabos sueltos. Chamorro comenta este asunto (p. 36):

«[…] el modelo estándar de la física de partículas aún no es seguro porque no se han podido comprobar algunas de sus predicciones, como la existencia de los quark top [ya comprobada] o del mecanismo de Higgs. Pero precisamente no se ha podido comprobar el mecanismo de Higgs porque nuestros aceleradores de partículas no son los suficientemente potentes como para generar las energías que podrían transformarse en las partículas aún no detectadas. Hay toda una serie de nuevas teorías (de gran unificación, supersimetría, supercuerdas, etc) más avanzadas que el modelo estándar, incompatibles entre sí aunque compatibles con los datos disponibles, pero entras las que no podemos deicidir racionalmente. Y no podemos decidir racionalmente precisamente porque sus predicciones sólo discrepan en dominios de energía superiores a los alcanzables en nuestros actuales [el libro se publicó en 2009] aceleradores de partículas. De momento se puede decir, y así se dice, que son mera metafísica matemática, no física empírica. Pero esto es lo mismo que decir que lo que puede convertir en física empírica una mera metafísica matemática es el éxito predictivo inserto en procesos tecnológicos».

Por tanto, los dispositivos tecnológicos no pueden verse únicamente como una derivación o excrecencia de la ciencia básica, un subproducto o simple ciencia aplicada a la práctica, sino que más coherentemente son «el criterio implícito en la propia lógica de la investigación». Sólo mediante los recursos tecnológicos que ofrece el LHC a la física de altas energías podremos saber si el modelo estándar está o no en lo cierto en sus predicciones. Si lo está, como la teoría de la relatividad general en su momento, acabará formando parte del conocimiento científico consolidado de la física empírica. En todo caso, si no existiera el bosón ni el mecanismo de Higgs nos veríamos obligados a modificar o derrumbar nuestro actual modelo estándar, ya que requiere de un mecanismo que dote a las partículas de masa. En otro orden de cosas, ¿cabe la posibilidad de que necesitemos construir aceleradores cada vez mayores para comprobar la existencia de nuevas partículas, que a su vez hayan sido teorizadas por las hipótesis que han surgido a partir de éxitos (o fracasos) predictivos en el LHC? Es un bucle muy interesante al que nos puede conducir el desarrollo mismo de la física teórica contemporánea.

En suma, la tecnología nos da la oportunidad de realizar predicciones activas, donde los propios científicos determinan el medio experimental técnico que demostrará los hechos que predicen su conjetura. Esto no es una muestra de circularidad porque la objetividad de la experimentación conlleva su universalidad y capacidad de replicación.

En estos días de sordidez sacra, estoy leyendo la sugerente obra Positivismos y antipositivismos: la herencia del siglo XX (2009) de Jose María Chamorro, así que dedicaré las primeras entradas de este blog a las impresiones que me cause. Chamorro es un prácticamente desconocido ex-profesor de la facultad de Filosofía de la Universidad de La Laguna que he tenido el placer de descubrir. Es naturalista y materialista, pero no fisicalista, ya que prefiere una posición sistémica y lo que él denomina una «epistemología pragmatista», a la que dedicaré uno o dos post. En el capítulo Rasgos de un positivismo razonable (p. 28), Chamorro describe qué entiende por una persona materialista:

«Así que voy a considerar que es materialista el que cree que toda la realidad está hecha con la misma sustancia y que por tanto el hombre, como producto de la evolución, pertenece a esa realidad, en la que las distintas entidades se diferencian por el tipo y grado de complejidad, no por su composición última. De lo que se sigue que tanto en los grandes sistemas sociales – en la evolución social en general – como en la conducta humana individual funcionan las determinaciones causales propias de lo material (podamos describirlas o no en un momento dado o respecto a un momento dado)».

Como me comentó en Twitter el autor del blog La Revolución Naturalista , la apuesta ontológica por la existencia de una única sustancia como constitutiva última del cosmos es, hoy por hoy, una cuestión científica abierta. ¿Y si resulta que realmente hay más de una o múltiples sustancias e incompatibles entre sí? ¿Falsaría ese descubrimiento al materialismo, del mismo modo que si el hecho de que el universo no estuviese causalmente cerrado echaría por tierra al fisicalismo?  A falta de mejores datos, apostar por una única sustancia es racional según el principio de parsimonia hasta que se demuestre lo contrario. Tampoco creo que la corroboración de un universo plurisustancial conllevase la aniquilación de validez de la ontología materialista, sino más bien de esta definición concreta de materialismo, de carácter monista. El materialismo puede adoptar formulaciones pluralistas, a tenor de lo que entendamos por materia. La idea principal, creo, es que no existe intervención de agentes sobrenaturales como almas o dioses, esto es, de entidades no materiales. Dice el propio Chamorro en una nota que «algunos que no desean pronunciarse sobre la alternativa materialismo-dualismo aducen que no se ha conseguido definir con precisión qué es la materia. Bien, menos precisión se ha conseguido aún a la hora de describir qué es lo no material».

En todo caso, la posibilidad de que la propia ontología materialista pueda ser falsada es un punto positivo popperiano a su favor. Al fin y al cabo, supondría que es una hipótesis científica más, dependiente del avance en las ciencias empíricas. No es, ni mucho menos, una postura propedéutica o una filosofía primera, para decirlo con Quine, sino que formaría parte del corpus de conjeturas científicas.