Kant

Publicado: mayo 16, 2013 en Filosofía política
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Kant sobre la metafísica, primera parte:

No puedo esconder mi repugnancia, y un cierto odio, ante la vana arrogancia de todos los volúmenes llenos de lo que hoy pasa por evidencias, pues estoy completamente convencido de que el camino que se ha elegido hoy es completamente erróneo, que los métodos de moda en nuestros días deben incrementar infinitamente la cantidad de locura y error en el mundo y que incluso la total aniquilación de estas visiones sería menos dañina que el sueño mismo de la ciencia.

Kant sobre la metafísica, segunda parte:

Estoy lejos de considerar la metafísica misma como trivial o como algo de lo que pudiéramos prescindir. De hecho, desde hace un tiempo estoy convencido, ahora que he comprendido su naturaleza y su lugar apropiado en el conocimiento humano, que la felicidad auténtica y duradera del género humano depende de ella.

«Mecanismos genéticamente determinados no implican una conducta genéticamente determinada. Así como la arquitectura universal genéticamente determinada de huesos y músculos puede generar una enorme variedad de movimientos diferentes, así también una arquitectura psicológica universal genéticamente determinada que evolucionara para estar exquisitamente ajustada a las circunstancias ambientales locales puede producir innumerables resultados conductuales en diferentes individuos con diferentes experiencias y en diferentes situaciones. Si el cerebro tuviera sólo 20 mecanismos independientes, cada uno de los cuales pudiera estar sólo en uno de dos estados en función de las condiciones ambientales, el cerebro tendría 220, esto es, alrededor de un millón de estados diferentes y, potencialmente, el correspondiente número de conductas diferentes. Puesto que el modelo del cerebro de la psicología evolucionista postula un gran número de mecanismos especificados de forma innata (quizá cientos o miles), la mayor parte de los cuales es sensible a las condiciones ambientales, el cerebro puede estar potencialmente en un número astronómicamente grande de diferentes estados con diferentes resultados conductuales, incluso si muchos de estos módulos no fueran independientes unos de otros».

Edward H. Hagen. Citado en La vida bajo escrutinio, de Antonio Diéguez.

En la saga de ciencia ficción Hyperion, Dan Simmons describe dos grandes civilizaciones humanas. La primera es la Hegemonía, gobernada por las inteligencias artificiales del Tecnonúcleo y basada en la tecnología de los teleyectores: teletransportes instantáneos entre una red enorme de mundos. La segunda, en cambio, se retiró de la esfera de dominio de las IAs y decidió habitar en el vacío del espacio exterior, en asteroides y naves errantes. Los éxters modificaron su naturaleza, abandonando la morfología “humana”, la biología “humana” el arte “humano” y las convenciones “humanas”. Así, reivindican su sociedad como el triunfo del cambio y el progreso frente al estancamiento decadente de la Hegemonía, que ha permanecido siglos prácticamente idéntica.

Hace unos días, comenté en Twitter que toda teoría política decente depende de una teoría de la naturaleza humana realista. Si no recuerdo mal, la frase es de Richard Lewontin. De hecho, el debate que empezó a mediados de los setenta sobre la polémica de la sociobiología, donde participó el propio Lewontin, es un claro ejemplo de la importancia que tiene conocer científicamente a nuestra especie y su comportamiento en el ámbito de las ideologías. Y de la polvareda que levanta.

Un experimento mental para ver los casos límite de este asunto es el siguiente. Supongamos que es posible modificar la naturaleza humana (que de ningún modo, me parece, hay que imaginar como una entidad “esencialista”) de un modo sustancial. No estamos hablando simplemente de ingeniería genética al uso, sino también de dispositivos y cosas más o menos hipotéticas y cyberpunk que permitan modificar la conducta de un modo más o menos permanente. ¿Qué hacemos? ¿Cómo afectaría eso a nuestras ideas políticas? Porque, además, ¿qué demonios es un ser humano?

Al contrario de lo que generalmente se cree, el Homo sapiens no ha dejado de evolucionar biológicamente. De ahí podemos inferir que si nuestra especie sobrevive unos dos mil millones de años (por ejemplo) se habrá convertido en otra cosa, o en varias cosas, quizá inimaginables para el hombre actual. El cambio está asegurado, claro está, siempre que no intervenga un proceso tecnológico de por medio que pretenda “volver a la imagen de nuestros ancestros”, a los Homo sapiens originales. Esto es onanismo mental, pero puede dar pie a un debate sobre el concepto de especie, a si es preferible y deseable la modificación humana, y otros temas interesantes en filosofía de la biología y ética.

Con todo el berenjenal de la LOMCE y la situación problemática de la filosofía en la educación, he tenido la oportunidad de leer apologías del papel de la asignatura muy buenas, regulares y, por desgracia, también bastante malas. Una idea que aparece mucho es la siguiente: los alumnos de educación media jamás aprenderán nada de filosofía (en la vida, se supone) si no tienen la asignatura en el plan de estudios. ¿Eso es cierto? Probablemente sí. O no. Sin datos estadísticos es complicado hablar alegremente sobre el tema, pero una intuición a partir de mi experiencia personal me dice que algunos alumnos sí tienen un primer contacto positivo con la disciplina, otros (¿muchos?) la odian y el resto, como el cosmos insondable, permanece indiferente.

Mi primera vez con la filosofía no fue en el instituto, ni leyendo las obras completas de Bertrand Russell, ni viendo películas independientes de cinco horas. Fue en los foros de Internet. En mi adolescencia temprana pasé por una fase de obsesión con la cuestión de la existencia de Dios, que me parecía la pregunta más importante del mundo. De hecho, no encontraba otro debate con unas consecuencias (metafísicas, epistemológicas, éticas, políticas) tan tremebundas como ése. Como a muy pocos (o a nadie) les parecía tan interesante como a mí, busqué refugio en los foros de Internet. Gracias a los dioses olímpicos, en Internet las aguas son anchas como el vinoso ponto y hay p0rn de todo, incluso grandes foros como Creencias, Ateos/Teístas y un par más. Y ahí gasté las horas muertas. Horas y horas. Aparecían conceptos como la navaja de Occam, la teoría de la evolución (que me habían explicado en secundaria del modo más desastroso posible), el argumento ontológico de san Anselmo o el cosmológico de santo Tomás,  filosofía de la ciencia más o menos pop, falacias lógicas de todo pelaje, la tetera de Russell, el libre albedrío y el determinismo y en fin. Un aluvión de entidades y hechos particulares que tenía que digerir y rápido. Porque si no articulaba con detalle y precisión de relojero un mensaje en el foro, pues bien,  discreparían conmigo los contertulios más educados y sería absolutamente linchado por los trolls. Los trolls. A eso iba.

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Los trolls eran especiales. Todos los que encontraba eran inmunes a los poderosos ataques de la artillería de la lógica clásica, pero conocían de memoria toda la lista de falacias existente e incluso habían añadido un par nuevas. Si entre dos contertulios educados, no-trolls, al final se llegaba a un punto muerto y de manera ilustrada se abandonaba el debate, una discusión con un troll se alargaba con total seguridad hasta la muerte térmica del universo. Pero esos debates de besugos, cíclicos y nominalistas las más de las veces, requerían un gasto ingente de ATP para contestar con tino cada objeción, por larga o absurda que fuese. Porque cuando uno es un niño y comienza en esto de los foros siente que la racionalidad misma está en peligro si pierde la discusión, si te acaban colando el argumento ontológico hasta las trancas aunque le sacaras en su momento, con gesto victorioso, la crítica de Kant. Del mismo modo que antes la mili templaba el carácter, el enfrentamiento con un troll potencia la capacidad discursiva y convierte a un usuario medio de Internet, a un mindundi, en un señor, preparado y dispuesto a cualquier cosa; una máquina de refutar sedienta de sofismas. El interés general por tener la razón y demostrar su voluntad de poder movía a todos los foreros, en cierto modo, a emprender una carrera armamentista de argumentos para no quedar en un completo ridículo, de dimensiones incluso ontológicas, delante de centenares de personas. En esa época, los trolls de Internet representaron el motor que me condujo, de manera inexorable e irreversible, al gran debate. Luego, cuando uno crece, debe prescindir de ellos.

 «Faith is a myth and beliefs shift like mists on the shore; thoughts vanish; words, once pronounced, die; and the memory of yesterday is as shadowy as the hope of tomorrow… In this world — as I have known it — we are made to suffer without the shadow of a reason, of a cause or of guilt… There is no morality, no knowledge and no hope; there is only the consciousness of ourselves which drives us about a world that… is always but a vain and floating appearance… A moment, a twinkling of an eye and nothing remains — but a clot of mud, of cold mud, of dead mud cast into black space, rolling around an extinguished sun. Nothing. Neither thought, nor sound, nor soul. Nothing».

Joseph Conrad, Letter to Robert Bontine Cunninghame Graham.

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1) Sólo en nuestro tiempo sabemos que hay un problema con la pregunta de Leibniz ¿por qué hay algo y no más bien nada? Y es que desde que conocemos la mecánica cuántica y otras virguerías y suponemos que el origen del universo fue probablemente un fenómeno cuántico complejo de narices, la preguntas por qué cosmológicas podrían no tener sentido alguno. Preguntarnos por la causa del mundo sería el equivalente a preguntarnos, como diría el buen Zamora Bonilla, si una bacteria es del Madrid o del Barça. Al fin y al cabo, hay fenómenos cuánticos acausales que simplemente ocurren, sin una razón de fondo. Por supuesto, no hay que descartar otras hipótesis como los choques de branas y ese tipo de cosas. En definitiva, con este telón de fondo, la pregunta es; ¿no habrá entonces un límite de lo que podemos conocer efectivamente en cosmología? Y si es así, ¿cómo estamos seguros de saber si estamos lejos, cerca o rozando ese límite?  ¿Alguien imagina realmente que se llegue a un punto muerto en el que los cosmólogos digan: bueno, señores, ya no hay nada más que decir?.

2) Si el universo empezó for the lulz (o sea, por un fenómeno cuántico acausal), ¿no podría acabarse mañana mismo for the lulz? Inducciones aparte.

3) Tenemos un tipo y nos cargamos sus neuronas. Qué demonios, nos cargamos todo su encéfalo. Más tarde, le generamos otro con la misma estructura, con el mismo “módulo del yo”, con los mismos recuerdos y esas cosas. Podríamos usar, no sé, la última tecnología del año 2050 en células madre y nanotecnología molona. Como ya todo Dios imagina, la pregunta es: ¿estamos ante el mismo tipo? ¿Hasta qué punto podemos “estirar” su módulo del yo? ¿Podemos implantar un trozo de su módulo del yo en un perro?

«Y en general se puede decir que ninguno de cuantos escribieron o enseñaron a finales del siglo V en Atenas se atrevió a emitir con sinceridad el juicio que le merecían los dioses de la tradición; ni el mismo Demócrito, que de hecho los eliminó del gobierno del mundo, ni el propio Pródico, que vino a asimilarlos a los fenómenos de la naturaleza. Tan sólo Critias, el execrado y sanguinario tirano pariente de Platón, se atrevió a proclamar en una obra teatral, quizás representada durante el régimen de los Treinta, que los dioses habían sido el invento de un sabio y antiguo legislador para atemorizar a los hombres y obligarles en todo momento a la observancia de las leyes».

Luis Gil. Censura en el mundo antiguo.

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